viernes, 4 de abril de 2008

Encrucijada y horizonte de la catequesis hoy



El malestar en la catequesis hoy es evidente. Lo viven los catequistas en su hacer diario y lo manifiestan con expresiones como: «No sé si lo que hago vale para algo. No sé qué hacer. No les interesa nada. Los padres no quieren saber nada. Te matas a trabajar y después de la comunión (o de la Confirmación) no te queda ni uno».

Lo viven los responsables de la comunidad que no saben tampoco qué hacer y dejan hacer o imponen normas rígidas en orden a que «al menos sepan algo, aprendan de memoria «algo, salgan de la catequesis con algo» porque se presupone que después de recibir el sacramento que sea, abandonarán todo. Lo viven los que están en la catequesis que no se explican muy bien por qué tienen que estar allí tres años o dos años, con unos horarios nada fáciles, si «no hacen nada», si «siempre es lo mismo», si «para aprender lo que aprendemos, en un mes se podría hacer». En un pasado reciente hemos hecho cambios en la catequesis: alargando tiempos de preparación, cambiando los instrumentos (libros y métodos). Pero los resultados no son los esperados.

En este momento nos damos cuenta de que hemos hecho retoques, hemos implantado elementos (proceso, tiempos largos...) extraídos de un modo de hacer catequesis (la iniciación cristiana) y los hemos trasplantado a nuestro esquema de catequesis que está basado, sobre todo, en el funcionamiento de la escuela. Hoy palpamos que los cambios no nos han aportado lo que esperábamos y comenzamos a sospechar que el problema es bastante más global.

Hablamos mucho de mentalidad misionera, pero no tenemos claro qué y cómo hacer en nuestras comunidades la acción misionera. Sabemos y tenemos experiencia de un tipo y estilo de catequesis, pero no tenemos referencias de cómo ser misioneros, es decir, cómo hablar de Dios a quien no ha oído hablar o a quien oyó hablar de Dios y está bautizado, pero no se metió de lleno en la corriente de los seguidores de Jesús. El profesor J. Gavaert explicitaba esta falta de mentalidad misionera con un ejemplo muy sencillo. Decía que cuando recorre el mundo dando conferencias observa que en los países tradicionalmente llamados de misión, los misioneros se frotan las manos cuando después de una convocatoria a la que asisten 100 personas quedan con 4 o 5 interesados en iniciar un proceso de conocimiento de Jesús. Y dicen: «¡Han quedado 5!». Esto mismo, en los países llamados de vieja cristiandad es reflejado así: «¡Bah, para 5 que han quedado no vale la pena gastar esfuerzos!».

Tenemos que admitir que ningún camino del Evangelio se hace para siempre ni es para durar siempre. El Evangelio pide caminos cada día y en cada época para florecer en medio del mundo. Ahora nos toca buscar caminos... Hace falta, como Lucas dice en el capítulo 10:

- emprender el camino como ovejas entre lobos;
- no llevar demasiadas cosas para no concentrar la atención en defender las cosas que tenemos y olvidar el Mensaje que llevamos;
- rebosar paz en el corazón y darla antes de dar los contenidos;
- permanecer allí donde sois acogidos, sin más exigencia; no andéis buscando lugares de la ceca a la meca;
- ser libres para cambiar de lugar si donde estamos no nos sentimos acogidos;
- llevar la salvación a todos, es decir, el mensaje de un Dios que es Padre y quiere que a todos les llegue la Buena Nueva.

1. Dos pilares básicos para un edificio

Los catequistas comenzamos a reflexionar sobre la catequesis desde lo que hacemos. La tarea que tenemos en la Comunidad cristiana nos lleva a afrontar los problemas desde la base. Es decir, palpamos las dificultades reales y decimos: «Esto no va», «esto no sé si será así», «haciendo la catequesis de esta manera me doy cuenta de que hay algo que no funciona...».

En lo que hacemos y en cómo lo hacemos se condensan muchas y serias realidades que van más allá del hacer, por ejemplo, qué es ser creyente hoy, qué imagen de Iglesia presentamos, qué tipo de persona proyectamos con lo que hacemos, qué fe hemos hecho vida en nosotros... Las dificultades que tenemos en la catequesis no se resuelven con retoques ni con soluciones técnicas. Son síntomas que apuntan a realidades profundas y complejas.

Si no tenemos en cuenta las grandes interrogaciones, corremos el riesgo de afrontarlas y de resolverlas mirando al pasado e intentando reproducirlo en el presente sin que nada, de hecho, cambie. El camino de solución fácil, pero erróneo, es echar mano de lo que hicieron con nosotros y, con algún retoque, volver a ponerlo en vigor. No resultará. No nos está resultando. No podemos empeñamos es continuar por ahí.

El nuevo reto de la comunidad cristiana hoy es que tenemos que engarzar con la Tradición de la comunidad cristiana de siempre para ser fieles a la fe recibida, y, al mismo tiempo, crear el futuro de transmisión de la fe y de proposición de la fe hoy que no hemos vivido. Para poder hacer este recorrido necesitamos, como en una obra de ingeniería sólidamente construida, tener algunos pilares donde apoyamos y donde apoyar la nueva edificación.

1.1. Dios quiere darse a conocer

Creo que es importante que pongamos como punto de partida que Dios quiere darse a conocer. No tenemos nosotros más interés que Dios en que haya nuevos creyentes. Resolver los problemas de la catequesis es un problema teológico, no sólo teórico y práctico. Este pilar lo cambia todo y es central. Si estamos metidos en la evangelización de otros es porque Dios quiere ser conocido, porque Dios nos envía a predicar y a evangelizar para extender el reino.

Estamos ante un misterio: No entendemos bien por qué Dios quiere darse a conocer y que le conozcamos. No entendemos por qué Dios tiene necesidad de nosotros, de su Iglesia para darse a conocer. «Dios quiere vivir con nosotros y compartir la vida. No quiere ser Dios sin nosotros... Es Dios el que quiere darse a conocer. No es cosa nuestra o de la Iglesia. No es propaganda ni campaña evangelizadora, ni, menos aún, recuperar el terreno perdido; ni que la institución Iglesia soporte mal su marginalización actual. Se trata de que Dios nos quiere y quiere vivir con nosotros. Se trata de que Dios se quiere revelar para hacer alianza»1.

No hacemos cosas de evangelización «porque se nos ocurran», sino porque hemos recibido una misión, un envío. Se le ha ocurrido a Dios darse a conocer. Se le ha ocurrido a Dios encomendamos esta misión y enviamos a anunciar el Reino de Dios. A nosotros se nos pide tratar «algo que no. es nuestro», que es «misterio», que es de Dios. Al misterio nos aproximamos con la escucha de la Palabra de Dios. Tenemos que escuchar a Dios antes de escuchar nuestras razones, nuestras ideas y también antes de escuchar a los 'técnicos' de la comunicación. Tenemos que escuchar a Dios para aprender cómo Dios quiere que le anunciemos, porque la idea ha partido de él.

1.2. Ser persona creyente

Si la idea de anunciar parte de Dios y él tiene protagonismo por ser el inicio de la acción evangelizadora, el segundo aspecto a considerar es cómo se entiende la persona que acepta la misión de anunciar, cómo es, cómo se entiende a sí misma la persona que dice «creo», «estoy de acuerdo contigo y entro en esta dinámica de ser creyente». Si Dios nos busca para comunicarse, para revelarse, para entablar alianza con nosotros, para mantener un diálogo con nosotros es para que realmente podamos desarrollar que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-27). ¡Cada persona es capax Dei! Capaces de estar tú a tú con Dios. Toda persona tiene capacidad de ser interlocutor de Dios. No se pide a nadie nada imposible cuando se le anuncia a Dios.

Hay un pasaje de la Carta a los Hebreos que es fascinante: Por fe obedeció Abrahán a la llamada de salir hacia el país que habría de recibir en herencia; y salió sin saber adónde iba. Por fe se trasladó como forastero al país que el habían prometido y habitó en tiendas con Isaac y Jacob, herederos de la misma promesa. Pues esperaba una ciudad construida sobre cimientos cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hb 11,8-10).

Abrahán es «padre de los creyentes» (Rom 4,18) y lo que vemos en él es una persona que se pone en marcha, que se fía de Alguien. Abrahán parte no porque se le ocurre, sino porque Alguien le lanza a una aventura. Para Abrahán ser y realizar su vida es aceptar el riesgo de partir, de emprender una aventura. Para Abrahán, creer es caminar y caminar, es creer. Para Abrahán caminar y creer no es poseer una fórmula de algo o de Alguien (o a algo o a Alguien en fórmula). Creer es emprender una larga marcha. Decir sí a Dios, decir «creo en Dios» es, ante todo, emprender un camino de dinamismo y de relación y es aceptar que me realizo personalmente, soy el que tengo que ser, lanzándome a esta aventura. Realización personal y fe son inseparables y son plenificadores. Son fuente de felicidad personal.

La fe del Padre de los creyentes es obediencia. Se acepta a Dios obedeciendo a Dios que nos lanza a emprender una marcha. Se «entiende a Dios» obedeciendo a Dios. Se «entiende» a Dios en el camino emprendido, en la aventura inaugurada y aceptada en la que él nos metió. La marcha, el camino o trayecto a recorrer, el lanzarse a la aventura que Dios pide, es a la vez fe y forma de realización personal. Ser persona creyente incluye un aspecto de riesgo o apuesta personal fiados en Dios porque no se te dan demasiados detalles para llegar a la meta. Todo se aprende caminando. Todo se vislumbra caminando. El kilómetro siguiente depende del kilómetro presente. Con todo el saber del mundo sobre Dios y sobre la fe es posible que no exista fe. Abrahán no se pone en marcha porque sepa, sino a pesar de que no sabe. Aprende lo que es Dios y lo que es fiarse en Dios, fiándose en Dios, caminando hacia la tierra que se le mostraría.

La fe de Abrahán se enmarca y se junta en una única existencia humana. La historia de Abrahán no es algo a lo que se añade la fe en Dios. Es tal historia porque ha aceptado ponerse en marcha y aceptar a Dios en su vida. Ser creyente y ser persona coinciden en un dinamismo tal que podemos decir que ser persona es ser creyente y ser creyente es ser persona. La manera que entendamos y vivamos la fe será orientación para transmitir la fe. La manera como entendamos qué es ser creyente nos ayudará a formar a los nuevos creyentes.

2. La tarea: «hacer» nuevos creyentes

«La Iglesia existe para evangelizar, para llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad» (DGC 46). Este mandato del Señor de anunciar, de hacer discípulos, de ser testigos (Mc 16,15; Lc 22,19) es tarea y es misión. No nos interrogamos por la catequesis porque somos «profesionales» de la catequesis sino porque somos enviados. No queremos que las cosas cambien porque no tenemos los éxitos programados como «empresa» de evangelización, sino porque somos unos «enviados» a la viña del Señor.

Damos cuenta de la tierra que pisamos

A Moisés, cuando se le llama para encomendarle una tarea, la vocación de conducir al pueblo de la esclavitud de Egipto hacia la libertad, se le pide que se descalce, que se quite lo que le da seguridad al caminar, «porque la tierra que pisa es terreno sagrado» (Ex 3,5). Dios está donde está la realidad que nos interroga. Está allí donde nosotros creemos que no está y donde no vemos los frutos que esperamos o donde. percibimos que «las cosas no marchan». La tierra que pisamos, la realidad catequética que a veces nos descorazona es «nuestra tierra sagrada» y el lugar donde escuchamos: «descálzate, porque la tierra que pisas es sagrada».

Acercamos a Dios y a su misterio exige descalzamos. Sin ese ejercicio de quitamos algo nuestro no es posible acercamos a la realidad y en ella percibir a
Dios. A los discípulos se les envía a predicar recomendándoles que no lleven nada (Mc 6,8). Lo que tenemos, lo que nos da seguridad es impedimento para descubrir la realidad que tenemos que transformar. O, de otra manera, para transformar la realidad algo nuestro tiene que ser transformado.

La tarea de la nueva catequesis comienza por «asombramos» y descubrir a Dios en la realidad. Muchas veces la realidad nos descorazona y creemos que allí es justamente donde Dios no está. Todos tendemos a decir que «necesitamos determinadas cosas» para nuestra tarea de evangelización. Necesitamos libros, espacios, materiales, tiempo... Nos decimos que «habría que hacer, los destinatarios tendrían que ser, la comunidad tendría que cambiar»... Nos quejamos de que no podemos dar el programa porque no saben... Tenemos como «adquirida y asumida» una manera de hacer, de desarrollar la catequesis y que no nos saquen de ahí... Por ejemplo, muchos manuales comienzan anunciando que Dios es Padre nuestro que nos quiere mucho. Y es verdad. Pero ¿es ese el principio? ¿No será el principio una pregunta por quién soy yo antes de una afirmación de quién es Dios? Descubrir la interpelación de Dios hoy a los que llama implica descalzarse, dejar algo que llevamos puesto.

La zarza desde la que Dios nos llama e interpela es hoy como ayer tierra sagrada. Las interrogaciones que tenemos, los miedos que nos acosan... son llamas de una zarza donde Dios habla y está. Asumir la realidad sin hundirnos, analizarla, rezarla, intentar cambiarla es ver a Dios. Cuando las cosas son sólo nuestras, nos pasará como a las mujeres que van al sepulcro. Van comentando sus dificultades: «¿quién nos removerá la piedra?» (Mc 16,3). No imaginaban que lo que para ellas era dificultad, Dios lo había transformado ya en signo de revelación. La losa estaba removida y encima de ella un ángel que les esperaba con lo que ellas no esperaban.

Alvaro Ginel Vielva SDB

Álvaro Ginel es un sacerdote salesiano especializado en temas de catequesis. En 1985 fundó la revista Catequistas de la que es Director actualmente. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Misión Joven desde 1980, es el encargado de las publicaciones de pastoral y catequesis en la Editorial CCS, de Madrid. Ha escrito unos 25 libros todos relacionados con la liturgia y la catequesis, además de colaborar en revistas especializadas de la catequesis y pastoral.

Fuente: "Comunicándonos"- Boletín del ISCA- www.isca.org.ar

Aclaración: las frases o palabras remarcadas en "negrita" son las que más me impactaron; cada uno de los lectores tendrá las suyas para remarcar. María Inés.

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