martes, 26 de octubre de 2010

El desafío de educar en la posmodernidad


Mons. Marcelo Raúl Martorell, presidió la misa con ocasión del Jubileo de los docentes.

Desgraciadamente el posmodernismo ha roto el equilibrio entre la razón, los sentimientos y la fe. Ya no existe lo blanco o lo negro. Existen los desequilibrios de los sentimientos del individualismo: ‘ya no pienso, ya no tengo principios, siento y porque siento obro’. La posmodernidad impulsa la desaparición de toda ‘verdad objetiva’, de las virtudes personales y sociales, el bien común y el accionar comunitario para el ‘bien objetivo y moral’.

En este contexto se encuentra el hombre de hoy, especialmente el niño y el joven. Y es por eso que la Iglesia como educadora tiene ante sí un gran desafío: armonizar la fe y la razón para poder tener una percepción equilibrada de la realidad, del mundo que nos dejó Dios como compromiso de construcción”. Así lo expresó el obispo de Puerto Iguazú, monseñor Marcelo Raúl Martorell, durante la misa celebrada el sábado 23 de octubre en la catedral Virgen del Carmen, con ocasión del Jubileo de los docentes por el 25º aniversario de la diócesis.

El prelado señaló que “el posmodernismo propone que todo puede ser ‘deconstruido y construido’ o ‘reconstruido’ a voluntad del sujeto y según las transformaciones sociales del momento”, y sostuvo que “a la luz de esta pretensión ideológica nos damos cuenta por qué el equilibrio y la estabilidad legal o jurídica no son permanentes, por qué las leyes no tienen estabilidad, por qué la identidad de las personas pueden ser cambiadas y la sexualidad de las mismas pueden proclamarse relativas. Este es el gran desafío cultural frente al cual se encuentra hoy la Iglesia, la escuela y por qué no el Estado”.

En ese sentido, afirmó que “el posmodernismo pretende fundar una nueva ética liberal e individualista en la que cada uno tiene derecho a tomar sus propias decisiones y a elegir en nombre de esta nueva ética el derecho a tomar decisiones intrínsecamente malas: considerar como bien el aborto, la homosexualidad, el amor libre, el cambio de identidad y el rol de sexos, la eutanasia, el suicidio asistido, el rechazo de cualquier forma de autoridad legítima o jerarquía e imponer la tolerancia obligatoria a todas las opiniones. La norma para el posmodernismo es el “derecho individual a elegir y hacer legítimo cualquier tipo de sentimiento por más irracional que éste sea".

Monseñor Martorell consideró que “el gran reto que se presenta a la escuela, al Estado y a la Iglesia, consiste en fundar una nueva ética que se sustente en el amor cristiano, restablecer la cultura del amor que la Iglesia llama ‘crear una nueva civilización del amor’". Y advirtió que “el feroz individualismo de esta nueva ética posmoderna genera realidades a las que nos vamos adhiriendo sin darnos cuenta en nuestro afán de ser ‘modernos y actuales’. Así es que vamos aceptando, casi con naturalidad, el desinterés por el estudio y la formación, la exclusión de la educación y del progreso espiritual y cultural, la cultura de la comodidad y del placer hedónico y desmedido, la aparente relación al amor vacío de contenido que lleva a un pansexualismo, a la precoz maternidad y finalmente al ‘aborto’ justificado con leyes llenas de incoherencia moral, llegándose a afirmar que con el aborto estamos defendiendo la vida”.

Por último, afirmó que “educar -tarea propia de un maestro- no es simplemente y nunca lo será tan sólo el comunicar información o proporcionar capacitación en diferentes habilidades. La educación no es y nunca lo será, algo meramente utilitario. La educación consiste en formar personas que sean capaces de vivir en plenitud la vida humana. Se trata de impartir aquella sabiduría que es capaz de hacer tomar conciencia de la presencia del Creador en la vida”. Y aseguró que “la escuela debe convertirse en un templo en donde la Verdad -que es Dios mismo- sea predicada, vivida y llevada a la familia y a la sociedad”.

Fuente: Aica

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