viernes, 12 de diciembre de 2008

Navidad: Unión o disgregación familiar


Por Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación

Nadie puede negar que la Navidad, amén de ser una de las más importantes fiestas de la cristiandad, moviliza a las personas tanto psicológica como socialmente. Las vínculos familiares no se ubican fuera de estas condiciones, de modo que llevan a convertir las fiestas, de paz y amor, en un tiempo y un espacio de desarmonías y discusiones.

La familia es una estructura social básica y, como tal, debe cumplir con ciertas funciones para que sus miembros se relacionen entre sí: función económica, educativa, cultural y afectiva, entre otras. Constituye un sistema donde el mal funcionamiento de una de estas variables incide, directa o indirectamente, en las demás.

De la misma manera, se supone que, cuando algo afecta a uno de sus miembros, afecta también al resto. La realidad nos dice que esto no ocurre siempre así. Los lazos familiares conforman una construcción cultural que, a menudo, no está acompañada por lo afectivo. No existe la familia modelo. Cada familia es como es, y esto responde a sus propias circunstancias y a como cada individualidad encaja o desencaja en el grupo.

La Navidad, vivida desde la obligación, sirve para revivir ciertos litigios que se instauraron en la infancia. Desafectos, baja autoestima, desvalorizaciones, competencias fraternarles, generadas por las figuras parentales, hacen su aparición desde el niño interno de cada persona. No son los adultos los que discuten, sino las rivalidades infantiles nacidas, a veces, de la fuente de frustración de los padres.

Para afianzar las expresiones comunicacionales positivas en la familia, es necesario que cada persona se sienta a gusto con sus vínculos y, así, pueda alimentar una buena autoestima y adquirir seguridad. Las reuniones familiares, sea cual sea el motivo de la celebración, ponen en juego todas estas mezquindades.

La mayoría se manejan desde la hipocresía y desde un deber ser impuesto culturalmente. Muchas familias que, durante largos períodos, no se vinculan toman la Navidad como un espacio de encuentro, pero no como un momento para reconciliarse con sus propias incongruencias ni con las ajenas. Entonces, revisten a la fiesta de un cierto halo de falsedad, rigidez y resistencia, provocando una “enquistación” de los conflictos

En otras familias no sucede lo mismo, ya que mantienen lazos emocionales generalmente estables y sólidos, sobre todo cuando se plantean situaciones de discrepancia. Los conflictos son, para estas familias, un medio para que sus integrantes crezcan y maduren. Por lo tanto, la Navidad será vivida como una fiesta de la familia. Una fiesta donde las demandas afectivas no interferirán en dónde, cómo y con quién se va a festejar y compartir. La Navidad no puede solucionar aquello que los integrantes de una familia no han sabido o no desean solucionar.

Fuente: San Pablo Revista on line

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