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viernes, 12 de septiembre de 2008

El matrimonio homosexual: ubicando la cuestión


Por: Richard McCord

El matrimonio homosexual es una cuestión importante que necesita debatirse y lo más importante en esa discusión es el marco de referencia.

En "Formando la conciencia para ser ciudadanos fieles", los obispos de Estados Unidos urgen a las personas a que estudien los temas antes de ir a votar en las próximas elecciones.

Un aspecto del tema es si a las personas homosexuales se les debería permitir casarse entre ellas. Pero el punto central tiene que ver con la naturaleza y los propósitos del matrimonio como una estructura social fundamental y una institución civil. Primeramente, no se trata de una cuestión de derechos civiles, o de discriminación, o de lograr la completa emancipación de las personas homosexuales, ni tampoco de dar estabilidad a un estilo de vida.

La postura católica no empieza con la teología sacramental, las enseñanzas morales y los pasajes de la Biblia. Empieza con lo que puede observarse en la naturaleza y el comportamiento humano y en lo que podemos deducir usando nuestra razón. Esta es la posición de la ley natural.

Uno no necesita tener fe religiosa para ver que el matrimonio es una relación única entre un hombre y una mujer. Lo que define esta relación es el hecho de que se trata de una sociedad basada en la complementariedad sexual. Ésta hace posible la realización de los dos fines equivalentes del matrimonio: el amor mutuo entre esposos y la procreación de los hijos. Ninguna otra relación humana, sin importar cuánto amor o cariño haya ni cuán generadora sea, puede adjudicarse este propósito ni cumplirlo.

El matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer. Esta verdad puede ser descubierta por la razón humana. Está escrita en la ley de la naturaleza y en el lenguaje del cuerpo y del espíritu humano. Es una verdad enaltecida desde el principio de los tiempos. La enseñanza de la Iglesia comienza con esta verdad.

Dado que el matrimonio es una estructura social fundamental basada en la naturaleza humana, ni la Iglesia ni el estado pueden cambiarla en lo fundamental. El matrimonio, y la familia que éste produce, es una sociedad que precede a todas las demás sociedades. Es una institución que no poseemos, sino que hemos recibido. Esto no significa que la Iglesia y el estado no puedan regular el matrimonio, por ejemplo poniendo límites de edad mínima, pero sí significa que no somos libres de alterar su estructura básica.

El matrimonio de un hombre y una mujer hace una contribución única a la sociedad. Es el patrón fundamental para las relaciones entre hombre y mujer. Es el modelo de la manera en que las mujeres y los hombres viven de forma interdependiente y se comprometen, para toda la vida, a buscar el bien del otro. La unión también sirve al bien de la sociedad. De ella emana la siguiente generación al proporcionar la familia las mejores condiciones para criar a los hijos, esto es, la relación amorosa y estable de un padre y una madre presente sólo en el matrimonio. Otras relaciones pueden contribuir al bien común, pero no realizan en un sentido completo lo que hace el matrimonio.

¿Debería haber matrimonio entre personas del mismo sexo? La Iglesia católica enmarca esta cuestión en términos de la naturaleza del matrimonio y de su contribución al bien común. Como resultado, la Iglesia concluye que el matrimonio entre personas del mismo sexo es, por definición, algo imposible, una contradicción.

Algunas personas buscan localizar la cuestión dentro del marco de los derechos individuales y la justicia. La enseñanza católica afirma la dignidad de las personas homosexuales y pide que sean tratadas con respeto. Esto significa, entre otras cosas, que el estado puede crear leyes para proteger los derechos de estas personas y para proporcionarles beneficios sociales. Algunos ejemplos incluyen medidas para asegurar el acceso a puestos de trabajo, vivienda, cuidado médico, derecho a tener propiedad en común y la potestad de tomar decisiones médicas por la otra persona.

Existen beneficios y derechos que deben estar garantizados para cada persona. Pero el remedio para casos específicos de injusticia - falta de beneficios o de derechos-no puede ser una injusticia aún mayor, es decir, cambiar la definición del matrimonio.

El matrimonio está dirigido al servicio del bien común, no a proporcionar derechos y beneficios dentro de esa relación. No es, pues, necesario ni incluso deseable alterar una estructura social fundamental para proteger los derechos individuales y otorgar a todos los ciudadanos sus legítimos beneficios sociales.
El asunto del matrimonio entre personas del mismo sexo debe entenderse como una cuestión sobre el matrimonio tal como ha sido recibido del Creador y subsecuentemente recibido de cada generación a través de la historia. Percibirlo como una cuestión de justicia para las personas homosexuales supone ubicar la conversación en el lugar equivocado.

United States Conference of Catholic Bishops

Richard McCord es director ejecutivo del Secretariado para los Laicos, la Familia y la Juventud de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos.

Fuente: Ius Canonicum: http://www.iuscanonicum.org/

lunes, 8 de septiembre de 2008

Por qué no retrasar el primer hijo


A Paola Binetti le interesa el fenómeno del aplazamiento de la maternidad y su visión es integral: lo analiza como neuropsiquiatra infantil, psicoterapeuta, presidenta de la Comisión Nacional de Bioética de Italia y senadora del partido La Margarita. Ella observa que en su país una de las causas más frecuentes son las dificultades laborales y la fuerte inseguridad que provoca la falta de garantías en la estabilidad profesional. Pero agrega: “Juega también un papel importante la costumbre de ver satisfechos todos sus deseos: la “ley del placer” hace que a menudo no sepan esperar para obtener lo que quieren. Esto, aplicado a la paternidad, los tiene convencidos de que para los hijos todo es poco”.

La doctora Binetti explica que la combinación de ambas cosas da como resultado adultos que si no tienen un trabajo seguro y bien remunerado como el que sus padres tuvieron desencadenan una crisis de madurez que los lleva a aplazar el nacimiento de los hijos. “De hecho, no son maduros para tenerlos, porque muchas veces en sus familias no han tenido la oportunidad de madurar en el sentido de responsabilidad que conlleva, por ejemplo, el cuidado de un hermano menor o de los abuelos... Son adultos que de niños se sentían y eran efectivamente el centro del universo socio-afectivo, y a menudo también económico-organizativo, de sus padres”, explica.

Según la senadora se da una situación paradojal: los matrimonios quieren esperar hasta estar preparados para tener un hijo, cuando en la realidad sólo cuando se deciden a tener un hijo logran la madurez necesaria para cuidar de ellos. “Sólo la responsabilidad hacia los demás permite salir de uno mismo y lleva consigo la esperanza de la madurez, del interés auténtico por los demás”, asegura Paola Binetti.

1. Un hijo, generalmente, contribuye a dar solidez y flexibilidad a la relación entre el hombre y la mujer.

Es común que en la primera etapa del matrimonio el hombre haga una fuerte inversión en sí mismo, en su trabajo y ascenso profesional, centrándose en sus propios desarrollos y sin darse cuenta de las necesidades de la mujer que son mucho más integradoras. Ella está convencida de la importancia de su papel en el contexto social, pero quiere que su compañero de vida la ayude a compatibilizar su futuro profesional con la familia que anhela formar. Un hijo es un proyecto de ambos, en el que los dos deberán invertir de su preciado tiempo. Es el proyecto común en que ambos deben mostrar lo dispuestos que están a darse y salir de sí mismos.

2. Un hijo enriquece el vínculo matrimonial.

Existen tres aspectos que caracterizan la calidad del vínculo: complementariedad, reciprocidad y asimetría. La complementariedad aparece como la expresión del deseo que uno tiene del otro y por ello la pareja vive la intimidad con una intensidad que no existe en otro tipo de relación. La reciprocidad es una dimensión ética importante, una plataforma relacional que le permite a cada uno salir adelante, sentir el matrimonio como un verdadero trampolín que lo protege y da fuerzas para expresarse hacia fuera de la relación. Y la simetría puede definirse como el elemento que da mayor solidez porque lleva a cada uno a definirse en la vida teniendo en cuenta las necesidades del otro sin perder de vista las propias. Al postergar o suspender a los hijos se corre el peligro de quedarse sólo en la complementariedad.

3. Los padres crecen junto con sus hijos.

La postergación del rol paterno va unido al “síndrome del retardo en la maduración”: retrasa la transición a la edad adulta porque trae tardanza en el desempeño sentimental. El hombre que no se vuelve padre sigue siendo un “hijo grande” empeñado en su realización personal y profesional, que pide a su propio padre legitimar este proceso, mejorando una autoestima que no logra darse a sí adecuadamente. Al tener un hijo, eso cambia y el “hijo grande” da paso al padre joven.

4. Tener un hijo lleva a un estilo de vida más sobrio y responsable.

Cuando un hijo nace en los inicios de la vida profesional, cuando la competitividad todavía no es excesiva, es posible que el hombre y la mujer decidan crearse modelos de organización flexibles y compatibles. Pero cuando el hijo nace en medio de la etapa de mayor exigencia profesional ya es más difícil echar pie atrás en un estilo de vida con altas exigencias competitivas. Tener un hijo a los 25 años permite soñar con otro a los 27 y un tercero a los 30…, pero también permite proyectarse para tener una vida más completa, creativa y plena incluso después de la jubilación.

5. Un hijo da un nuevo fundamento al pacto intergeneracional.

Con la baja y el retardo de la natalidad, en Italia no se habla ya de familias extendidas sino de familias “alargadas”, con una base pequeña y un alto grado de longevidad de abuelos y bis abuelos que están cada vez más solos y desvalidos. La solidaridad entre tres generaciones se vive con la llegada del nieto: los abuelos ayudan a los padres a cuidarlo para que los primeros puedan hacer frente a las exigencias profesionales, pero ellos a su vez transmiten la importancia de cultivar el cuidarse unos a otros, lo que garantiza a cada uno la ayuda que ha necesitado y soñado, con la gratuidad que naturalmente se da en una familia.

6. Un hijo necesita de la valoración y de la amistad de sus padres, lo cual es más fácil y natural cuando existe cercanía de edad.

Hoy se entiende como “bienestar” alargar la vida, pero el auténtico bienestar humano -a nivel social y familiar- lo brinda muchas veces la gente joven con su creatividad, la frescura de sus ideales, su humor y energía. Apostar por hijos es apostar por el propio futuro, pero esos hijos también necesitan de padres que puedan compartir sus ideales y vivencias. El reloj biológico define la calidad de las relaciones intergeneracionales mucho más de lo que las personas calculan.

7. En el plano social, tener hijos permite comprender más y mejor a los demás.

Cuidar a un hijo hace superar la cultura de los derechos individuales por una mayor responsabilidad social y vuelve a los padres personas más empáticas, capaces de captar las necesidades de los demás. Por otro lado, la mayor y mejor escuela de democracia es la experiencia familiar de hermandad. Llegado cierto punto puede decirse que la experiencia de paternidad y maternidad redunda en el propio desempeño profesional. Las herramientas para el éxito se enriquecen con las herramientas que brinda la experiencia familiar, llena de necesidades de organización, visión de futuro, entrega, comprensión y sacrificio.

8. Postergar un hijo significa valorar más otras cosas que, al final, no dan la felicidad.

No hay ningún trabajo profesional que dé la plenitud que como seres humanos necesitamos. Si no hemos crecido en profundidad interior, en capacidad de amar, terminamos ácidos, amargados. Así, la vejez es horrorosa.

9. La familia como valor en sí.

Una última consideración: a pesar de las crisis por las que periódicamente atraviesa, la familia sigue representando para los jóvenes algo deseado, algo a lo que todos aspiran. Representa un filtro a través del cual las auténticas situaciones de peligro decantan: la soledad, la vulnerabilidad, la tristeza. En este sentido cuando se habla de “nuevos modelos de paternidad”, atribuyéndolos la gente joven, se trata en realidad de nuestros propios miedos, en los que habitamos: querer proteger a los hijos de las crisis, la pobreza; es nuestro propio materialismo y consumismo. Los nuevos modelos son en realidad modelos de las generaciones precedentes. La libertad de los jóvenes de hoy está condicionada por el modelo de individualismo de la generación anterior.

En Europa: madres a los 34

De 2002 a 2004 la edad promedio al casarse aumentó en Chile en 1 año para los hombres (a 28,8 años) y en 2 años para las mujeres (a 26,7 años), según cifras del INE.

Esto es una característica de los países desarrollados, donde el progreso y las posibilidades que ofrece han entrado a competir con la maternidad. Un ejemplo es que en Chile las mujeres con estudios universitarios se casan más tarde que las sin profesión y retrasan más su primer hijo, acercándose a lo que sucede en Europa, donde la edad promedio de las madres primerizas es 34 años.

Luz Edwards- Hacer Familia
Fuente: Fluvium

viernes, 29 de agosto de 2008

La identidad de los laicos


Por: Luis Horacio Casella Sacerdote de Quilmes

Desde que el Iluminismo del siglo XVIII y las consecuentes Revoluciones de la Burguesía desplazaran definitivamente la cultura del medioevo y el modelo de cristiandad, la humanidad se ha visto afectada, para bien o para mal, por una cierta pérdida del teocentrísmo que la había caracterizado hasta entonces.

La autonomía de lo laico, el anticlericalismo, el culto a la “diosa razón”, el ateísmo imperante en las visiones antropológicas, en definitiva una cultura prescindente de Dios ha ido dando lugar, sin lugar a dudas, a una fuerte crisis cultural, donde la autosuficiencia humana ha demostrado ser incapaz de satisfacer las necesidades más elementales del hombre: el sentido último de su existencia, que, en definitiva, le marca los valores con los que ha de vivir tanto en su vida individual como en su vida social.

No sin dificultades la Iglesia ha sabido reconocer la autonomía de lo secular, pero, sin renunciar a su misión evangelizadora, que la compromete a ordenar los asuntos seculares según el proyecto de Dios.

La primavera que representó para la Iglesia el Concilio Vaticano II dejó en claro que el camino para llevar adelante la misión de transformar las realidades de acuerdo al designio del Creador es el del diálogo con el mundo. Pero también definió con certeza que el protagonismo y la corresponsabilidad de los laicos es irrenunciable para la concreción de la construcción de una sociedad que responda a los valores del Reino.

Hoy somos plenamente conscientes, desde los desafíos señalados por Aparecida, que bautizar cada vez más personas o extender las fronteras de la misión “ad gentes” no es suficiente para lograr la transformación social de la que hablamos. Además de anunciar a Jesucristo es necesario que se adhiera a su persona y a su proyecto de vida. La concreción de una sociedad más justa dependerá exclusivamente de la madurez de cada uno de los bautizados. Un claro acento en la afirmación de la identidad de cada bautizado logrará, por irradiación y no por declamación, reinstalar los valores en crisis.

Esta maduración bautismal es, en definitiva, uno de los grandes desafíos que debemos afrontar en la Iglesia que nos toca vivir. Pero es particularmente el compromiso y la participación de los laicos lo que debe ocuparnos de una manera especial. Hay tres aspectos de esta maduración que considero urgentes de abordar.

Un primer aspecto que deberíamos considerar es la relación entre presbíteros y laicos. En muchos aspectos hemos desarrollado, como pastores, una relación bastante paternalista respecto de los laicos, subestimando en muchas ocasiones la capacidad y el don de Dios que hay en ellos. Consecuentemente se ha desarrollado, por parte de los laicos, una actitud cómoda en la que se termina esperando todo del sacerdote. Deberíamos fortalecer una conciencia de corresponsabilidad y una relación más horizontal y fraterna que nos permita descubrir la complementariedad de los roles.

Muy relacionado a este aspecto hay que considerar el tema de la formación de los laicos. Los laicos son los que tienen que responder cotidianamente a más interrogantes que los curas y la sola catequesis de iniciación es totalmente insuficiente para dar estas respuestas. Deberíamos dejar de pensar que la formación filosófica, bíblica y teológica es solo necesaria para el clero y que el magisterio de la Iglesia tiene un lenguaje críptico para los laicos. Abordar una formación que involucre un proceso espiritual y también intelectual en la base de nuestras parroquias y no solo en institutos especializados es otro desafío que debemos abordar.

Un segundo aspecto que habría que tener en cuenta es la comprensión del concepto “promoción del laicado”. Si bien es cierto que nuestras comunidades eclesiales necesitan cada vez más del compromiso de los laicos en lo que hace a las tareas de animación y evangelización, con frecuencia se cae en una clericalización consensuada de los laicos, y hasta en ocasiones en una suerte de fuga mundi en lo que hace a su espiritualidad. Por otra parte, no pocas veces los sacerdotes nos ponemos a la vanguardia de luchas seculares relegando a los laicos a tareas domésticas de la parroquia y olvidándonos y haciendo olvidar que es a ellos que les compete ser vanguardia en lo que al mundo se refiere. Y no hay que olvidar que nos cuesta o no sabemos acompañar a quienes asumen compromisos ciudadanos.

Finalmente creo que deberíamos abordar seriamente el tema de la iniciación cristiana. Hoy notamos la marcada incidencia de una experiencia religiosa consumista, donde lo sagrado juega entre la oferta y la demanda, y donde el don de Dios no se asume como tarea. Si bien esto facilita la aparición de falsos profetas, garúes y devociones y prácticas religiosas que rayan con lo pagano, no deberíamos dejar de considerar la frivolización de los sacramentos, donde lo sagrado queda sepultado debajo de un sinnúmero de cosas secundarias que alejan del auténtico encuentro con Jesucristo o de cualquier compromiso con la maduración de la fe y en las que quedamos atrapados. Ciertamente que abordar la iniciación cristiana como camino de encuentro con Cristo que invite a su seguimiento y que fortalezca la identidad cristiana de los bautizados es otro de los serios retos que debemos afrontar.

Ciertamente y parafraseando a Juan Pablo II, la evangelización del siglo XXI ha de ser tarea primordial de un laicado maduro, conciente de su identidad y de su misión, y esta ha de ser la tarea en la que como clero debemos dedicar nuestro mejor empeño.


Fuente: San Pablo On Line www.san-pablo.com.ar


Comentario

por María Inés Maceratesi


¡Qué buen artículo!. Me tomé la libertad de destacar en "negrita" los aspectos más relevantes del mismo, por lo menos en lo que hace a la misión de los bautizados. Ojalá que, como dice el Padre Casella, el clero dedique todo el empeño necesario para promover un laicado maduro. Creo que se necesita trabajar en el redescubrimiento del Bautismo como don y tarea pues, en los encuentros de preparación de padres y padrinos, se advierte en muchos adultos, que quieren bautizar a sus hijos para que reciban el don de Dios pero, no está presente el compromiso de vida para la transformación de la sociedad, se piensa que la misión está únicamente dentro de la Iglesia y no fuera, de ahí que, al no tener vocación hacia adentro, se alejan.

Política y Religión

Política y religión: distancia, no separación
por José María Poirier y Alberto Barlocc



¿Qué distancia o separación debe existir entre política y religión? ¿El creyente que actúa en política debe seguir exclusivamente sus principios? ¿Hasta qué punto debe obedecer a esos valores? Responden Jean-Yves Calvez y Antonio M. Baggio.

Claves

- No se pueden transformar en ley los principios morales propios de un grupo religioso.

- Ante el cuestionamiento a ciertas conductas morales, la prioridad la tiene la paz civil que es un bien que siempre debe ser defendido.

- Los derechos humanos son una buena base ética, pues su origen es cristiano.

Mientras muchos se apresuraban hace algunos años a firmar la partida de defunción tanto de la religión como de la política, ambas realidades parecen estar hoy más vivas que antes. Claro que el panorama cada vez más amplio y plural desafía a una permanente búsqueda de espacios de diálogo entre estas dos dimensiones fundamentales de nuestra existencia.

Reproducimos aquí una síntesis del rico debate organizado en Buenos Aires, a fines de julio, por Ciudad nueva y el Movimiento Políticos por la Unidad. En este evento, dos politólogos, el sociólogo Jean-Yves Calvez, jesuita francés, y el filósofo Antonio Maria Baggio, italiano, respondieron las preguntas de quienes firman esta nota.

-A lo largo de la historia, política y religión han tenido encuentros; y en la modernidad, sobre todo desencuentros. Hoy resulta claro que estos dos ámbitos deben reconocer su mutua autonomía. Por otra parte, cuando esa distancia se transforma en divorcio, se verifica el empobrecimiento de ambas. ¿Por qué es necesaria, entonces, la autonomía y por qué es conveniente que no haya un divorcio?

Calvez: Hay que emplear con cuidado palabras tan genéricas, porque en todo caso el problema que más se ha verificado a lo largo de la historia es el de la proximidad y el distanciamiento entre autoridades religiosas y políticas. El problema concreto, en realidad, es el de la separación y la relación entre las autoridades. Hay una relación estrecha entre los valores políticos esenciales y los valores religiosos. La política es un lugar de entrega profunda, ocupa un nivel muy alto en nuestra existencia. Por eso hablo de una cierta trascendencia en lo político. En este sentido se trata de una esfera muy cercana a lo religioso.

El doctor en Letras y Ciencias Humanas Claude Lefort, quien escribió sobre la relación entre democracia y religión, sostiene que en lo político hay una trascendencia, un lugar vacío que no pertenece a nadie y que no debe ser ocupado por nadie. Afirma que no hay democracia sin este nivel de apertura a algo superior. De lo contrario, se organizaría la sociedad de manera puramente positivista, sin poder responder a los deseos profundos de los hombres. Pero hay que establecer una distancia prudente con la autoridad política, ya que dispone de medios de coerción que no pueden ser usados cuando está en juego la conciencia. Las autoridades religiosas no deben aprovechar del poder político para cuestiones de conciencia o de doctrina religiosa.

Baggio: En el origen de la reflexión sobre la vida asociada, encontramos conceptos de naturaleza religiosa. Sobre esta base, las civilizaciones han construido la organización política y civil. En todas hay una cierta analogía entre el universo político y el universo religioso. Por lo tanto, la visión de Dios –que es una cosmovisión que confiere un orden–, influye sobre la política que construye una civilización.

Cuando pensamos políticamente usamos conceptos religiosos secularizados. Esto puede crear una gran distancia, porque a veces la secularización ha insertado modificaciones profundas en ese pasaje de lo religioso a lo secular. Pero la raíz es la misma. Esta relación subsiste en toda el área indoeuropea. Una civilización que ve a Dios como un soberano, como un lejano patrón del universo, ¿cómo se va a organizar? Así como Dios manda en el cielo, el emperador mandará en la tierra. Todos los estudios sobre los antiguos imperios refuerzan esta idea.

El cristianismo irrumpe con un paradigma completamente nuevo –aclaro que estoy sintetizando con trazos gruesos, sin presentar los múltiples matices–. El Dios cristiano en sí mismo comporta una relación entre pares, porque son tres personas distintas en la Trinidad. El concepto de la Trinidad es absolutamente nuevo y no hay categorías preparadas para poder interpretarlo, pues la humanidad todavía no ha desarrollado la idea de una diferencia en la igualdad. Se trata de algo tan grande que ni siquiera los cristianos logran encontrar una aplicación civil de esta revelación, ya que la consecuencia sería una sociedad en la cual las diferencias son igualmente posibles y apreciadas.

-Hoy el legislador se enfrenta a dilemas delicados como el divorcio, el aborto, las uniones homosexuales, las diferentes morales sexuales, etc. Son temas sobre los cuales, desde su creencia, podría tener una determinada postura al respecto. Sin embargo, sucede a veces que la comunidad de la que es representante plantea otra visión. ¿Cómo se resolvería ese conflicto?

Baggio: Hay que evitar que una parte justifique imponer algo al todo. Si esto sucede, estamos en una dictadura. Creo que cuando un grupo religioso considera válido un principio desde el punto de vista civil, para fundamentarlo tiene que usar dos lenguajes. Uno interno, referido a su comunidad, con el cual se fundamenta recurriendo a las palabras de la propia revelación. Pero cuando se está en un parlamento, en el gobierno de la ciudad o en una discusión política, no se puede usar el lenguaje religioso.

Si hay algo bueno en la idea religiosa, tenemos que poder expresarlo en un lenguaje común a toda la sociedad. La fe debe tener una relevancia pública también por los elementos humanos traducibles que contiene. Es decir, hay que encontrar argumentos basados en los derechos que la democracia protege.

Calvez: Estamos frente a una gran cantidad de materias y no es posible resolverlas en pocos minutos; además, casi ninguna de ellas tiene una resolución universal porque, precisamente, son materias de portada política también. Y no existen dos sociedades políticas iguales. El bien común concreto depende de los aspectos históricos, de las características de un pueblo, de la diversidad de las pertenencias religiosas. Y esto hay que tenerlo en cuenta para ofrecer una solución viable en tales cuestiones.

Aunque en una comunidad sean todos buenos católicos, o todos buenos musulmanes, no es razonable para la vida común que las leyes morales se impongan por ley, a través de la coerción. Al respecto, Tomás de Aquino es muy claro. Para él, la paz civil es un valor muy grande. Si imponer una norma moral crea una división civil total, una guerra civil, hacerlo es irresponsable, cualquiera sea mi posición, de mayoría o de minoría.

-En la actualidad aparece el tema de las convivencias civiles, que algunos pretenden equiparar a la familia. Quien sigue la moral católica no comparte la idea de que una mera convivencia, sea o no homosexual, se equipare a una familia. Sin embargo, es jurídicamente relevante que dos personas hayan convivido durante 20, 30, 40 años. Por lo tanto, una cosa es no considerar familia una unión que no lo es y otra cosa es negar efectos jurídicos a algo que constituye una praxis en la vida de la comunidad civil…

Baggio: En un orden democrático es bueno que el gobierno, el poder, ayude a todas las formas de solidaridad civil. Especialmente entre pares, horizontal, porque es muy buena para mejorar la solidaridad entre todos. Si un amigo y yo hemos compartido todo, nos hemos ayudado, hemos hecho sacrificios y hemos convivido haciendo esfuerzos para ayudarnos en la vejez, yo me preocuparía para que este amigo pueda recibir, cuando yo muera, los beneficios que obtuve en vida. Las leyes pueden contemplar esta forma de solidaridad, por ejemplo, prever la reversibilidad de las pensiones. Y no es necesario definir que mi amigo y yo somos una familia, es suficiente que el Código Civil lo permita. Por lo tanto, si la voluntad es realmente ayudar a esta forma de solidaridad, que tiene muchos matices, se puede hacer fácilmente.

Distinto es si se quiere entablar una batalla ideológica y pretender que sea familia una forma de convivencia distinta. Un Estado debe hacer referencia a su propio orden jurídico para definir qué es familia y qué no lo es. Hay Estados que tienen una Constitución que define qué es una familia. Si la comunidad nacional considera que esa definición ya no representa el sentir nacional, debe cambiarse esa Constitución, y aquí se abre un debate cultural.

-¿Cómo se compagina la misión evangelizadora del cristiano con la necesidad de consenso? ¿Pueden estar en contradicción?

Calvez: Creo que distinguir es la solución para casi todos los problemas que nos planteamos en materia de religión y política. Hay que distinguir bien entre mis convicciones, que tienen que ser plenamente libres y que debo poder expresar donde me quieran escuchar, y lo que es el trabajo político parlamentario como legislador. Tengo la responsabilidad de elaborar la mejor ley posible, y eso no necesariamente significa que corresponda en todo a mis convicciones, pero deberá ser la ley mejor posible para la comunidad concreta en la que vivimos. No hay contradicción: son dos puntos de vista distintos.

Gobernar significa combinar, conjugar, entenderse, negociar. No creo que necesariamente el ideal sea recurrir siempre al voto, determinar todo por votación. Un buen presidente de comisión o de una asamblea es un hombre que rara vez apela al voto. Es, en todo caso, un hombre que busca el mayor consenso posible, que luego de haber escuchado a todos, pregunta si hay todavía alguien que no está de acuerdo en absoluto con esa solución, y si hay uno, le da la palabra. Y así, hasta que ya no haya nadie que levanta la mano para oponerse. Es lo que entiendo por consenso.

Por cierto, esa resolución no corresponderá a lo que es mejor para un sujeto particular, pero es la solución política buena, porque lo “mejor” es siempre algo relativo. Refleja la imperfección del hombre, pero se trata de la perfección de lo político. Hay un cierto idealismo absoluto que no respeta la realidad.

-Conviene apuntar siempre a los derechos humanos como punto de referencia…

Calvez: Creo que es fundamental apoyarse en los derechos humanos, cuyo origen es principalmente, aunque no de manera exclusiva, cristiano. Esto lo reconocen también figuras no cristianas. Juan Pablo II decía que los derechos humanos, en cierto sentido, son más importantes que la democracia. No porque la democracia no lo sea, sino porque está incluida de alguna manera en los derechos humanos. Pero, claramente, hay niveles distintos. La vida y la muerte son fundamentales, porque sin ellos no hay nada. Pero yo, más que la vida, propongo siempre la persona. No se ha dicho suficientemente que la Iglesia no defiende la vida de todo ser animado, sino el derecho de la persona a la vida.

Texto y Foto: Revista Ciudad Nueva Digital www.ciudadnueva.org.ar

domingo, 6 de julio de 2008

Análisis de la convivencia prematrimonial, otra mirada


Vivir juntos antes del matrimonio es una práctica muy común para las parejas de muchos países. Muchos lo defienden basándose en que permite a los futuros marido y mujer conocerse mejor mutuamente.

Sin embargo, existen evidencias abundantes de que la cohabitación es más un obstáculo que una ventaja a la hora de prepararse al matrimonio. Michael y Harriet McManus publicaban hace poco "Living Together: Myths, Risks and Answers" (Vivir Juntos: Mitos, Riesgos y Respuestas) (Howard Books), que documenta su investigación sobre este tema. leer más