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martes, 6 de mayo de 2014

La fe no es exclusivamente dogma pero tampoco es opinión




Hoy escuché en un programa de radio que, en una entrevista al vocero de la Conferencia Episcopal Argentina,  una periodista le decía si era cierto que la Conferencia Episcopal que actualmente se encuentra reunida, trataría el tema de los divorciados vueltos a unir. El P. Oesterheld le respondió que tratarían una encuesta sobre familia propuesta por el Papa Francisco que expondría la Comisión de Pastoral Familiar. Cuando concluyó la comunicación telefónica siguieron comentando el tema y concluyeron que había cuestiones que la Iglesia tenía que cambiar porque no eran dogma y que si no, se quedaría reducida a la categoría de secta; se referían al celibato sacerdotal, a las nuevas uniones familiares, a los divorciados vueltos a unir...

Quiero aclarar algo: la Iglesia tiene dogmas de fe que son los fundamentos en los cuales los cristianos católicos creemos, luego existen aquellas cuestiones que se resuelven desde la pastoral pero que no anulan las verdades de la fe, que son los pilares sobre los que se edificó y se sigue edificando la Iglesia. Los dogmas no son ataduras sino todo lo contrario porque todos están orientados a comprender desde la razón y desde la fe aquéllo que creemos pero no entendemos. Puede cambiar el modo de interpretarlos pero no su contenido que es siempre para el bien de la persona. En definitiva es la Iglesia toda con el Papa a la cabeza, quien nos va dando los elementos para una mejor comprensión y para eso tenemos abundante información, toda cimentada en la Palabra de Dios.

Sería muy bueno que los periodistas, antes de hablar de lo que no conocen en profundidad, en lugr de "opinar" de lo que no conocen bien, llamaran a gente que sepa del tema o leyeran por ejemplo los Documentos del Concilio Vaticano II que, hasta ahora, son ejemplificadores y también la multiplicidad de Cartas Apostólicas, Encíclicas y Ehortaciones pastorales elaboradas por los distintos Papas y comisones pastorales que luego bajan a las diócesis, vicarías y parroquias. En el caso de cuestiones familiares, la Familiaris Consortio escrita por Juan Pablo II trata todos los temas que incumben a la familia. La Humanae Vitae, la Fides et Ratio, etc. etc. nos instruyen sobre aquello que no logramos entender. Hay documentos sobre los Medios de Comunicación y mucho más. El Documento de Puebla: adaptación del Concilio Vat. II a la realidad latinoamericana, las Encíclicas sobre el trabajo, la economía, la política...que no hacen más que mostrarnos una visión sobre la realidad que vivimos.

Soy una de esas personas que pudo tomar la decisión de querer entender lo que creia para poder dar razones de mi fe comenzando a estudiar y profundizar, escalando en la comprensión de a poco, gracias al Seminario Catequístico, gracias a la especialización en Pastoral Familiar y Pastoral de la Comunicación, gracias a la multiplicidad de jornadas, congresos, grupos de reflexión...y sigo profundizando porque en esta materia no se agota nunca el aprendizaje, siempre seremos discípulos misioneros por el Bautismo pero no nos podemos aislar, creemos como Pueblo de Dios y no como personas aisladas que dan su parecer u opinión. Dios mismo prepara nuestro camino y pone a nuestro alcance los medios para la misión, es cuestión de elegir hablar por hablar o hablar con intención de aclarar lo que está oscurecido. La Iglesia es Madre y Maestra y los contenidos de la fe son para todos y no para unos cuantos "expertos" o "especialistas"

Pero no se trata de creer ciegamente, ni de opinar por opinar ya que en el camino encontraremos personas que nos pedirán cuentas de por qué creemos lo que creemos. También nos dirán lo primero que se les presenta en su pensamiento a los que se creen muy progresistas pero que, si escuchamos con atención, descubrimos su mirada fundamentalista que expresan de esta manera: "la iglesia es opresora porque está atada al dogma y los cristianos no son libres" ¡Cuánta equivocación! es todo lo contrario y lo respondo desde la Palabra de Dios contenida en la Biblia y una de las declaraciones más conocidas de Jesús : "y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres." (Jn 8:32).


Lectura recomendada:

Carta Encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco http://www.aciprensa.com/Docum/documento.php?id=520

Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium:  http://www.aciprensa.com/Docum/evangeliigaudium.pdf 

María Inés Maceratesi
 

jueves, 20 de agosto de 2009

Catequistas: llamados a decir palabras de Dios


El 21 de Agosto se celebra el día del Catequista y como tal, me preguntaba qué publicar para contribuir de algún modo a la reflexión en un tiempo tan difícil como el que transitamos, en el cual muchas de nuestras palabras ya no expresan algo que nos ayude a crecer como personas y como sociedad.

Por todos los medios de comunicación estamos viendo y escuchando noticieros, programas, entrevistas, que nos desconciertan y nos llenan de incertidumbre y desesperanza.

Ante tanta mentira, simulación, incoherencia, me pregunto como catequista ¿en qué estoy contribuyendo para construir un mundo donde reine la paz, la justicia, la dignidad, el amor y la esperanza?; y llego a la conclusión que más que mis palabras, que nuestras palabras, queridos catequistas, tenemos que ayudar a quienes acuden a nosotros, a interpretar los signos de los tiempos a la luz de la Palabra de Dios.

Encontré esta reflexión del Obispo de Tánger que me pareció adecuada para este día, con ella les deseo...

¡Feliz día del Catequista!

Has sido llamado a decir palabras de Dios

Sabes que Dios te ha hablado en el hijo despreciado de un carpintero, en un rey de burlas crucificado; y has aprendido a reconocer la voz del Señor en los despreciados y escarnecidos.Pero también sabes que has sido llamado a decir palabras de Dios. Eso no es un privilegio para ti sino una responsabilidad, no es una prebenda sino una crucifixión más que cierta.

Porque eres profeta, eres un desarraigado: “Soy pastor y cultivador de higos. El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo de Israel”.

Porque eres profeta, vives a la escucha de Dios: “Voy a escuchar lo que dice el Señor”. Alguien escribió: “Las ideologías no son mutables; pueden imponerse con vigor, pueden conquistar países e idiomas, pero carecen de oído”1.

Me asalta la sospecha de que los llamados a ser profetas del Altísimo nos reducimos una y otra vez al papel de ideólogos de Dios y de la religión, ideólogos carentes de oído, mera apariencia de profetas.

Si escuchas como profeta, como orante, como hijo, descubrirás que “Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos”; que la salvación, la que sólo él puede ofrecer, “está ya cerca de sus fieles”; que “la misericordia y la fidelidad” se han encontrado, y “la justicia y la paz” se han besado.

Si escuchas como profeta, tendrás que hablar de lluvia que baja del cielo y de cosechas que nacen de la tierra. Hablarás de bendiciones recibidas, de elección para el amor, de redención y de perdón, de tesoros de gracia y sabiduría y prudencia, de una herencia con Cristo que sabes iniciada en el amor con que vives, y que verás cumplida en la comunión perfecta que esperas alcanzar.

Si escuchas como profeta, saldrás a los caminos de los hombres sin pan, ni alforja, ni dinero en la faja; saldrás con la palabra del que te envía, con el pan de su vida para repartir, con su autoridad para liberar, con el aceite de su misericordia para curar.

“Dichosos los que viven en tu casa, Señor de los ejércitos, rey y Dios mío”, gorriones y golondrinas que han encontrado un nido al abrigo de tu presencia. Dichosos, Señor, los hombres y mujeres que viven a la escucha de tu palabra. Dichosos, Señor, tus profetas.

Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger
Fuente: Periodista Digital/Religión Digital

sábado, 13 de diciembre de 2008

Adviento, un tiempo para redescubrirnos


La vida cotidiana con su vorágine, casi nunca nos permite parar a pensar, a reflexionar, a hacernos preguntas y tratar de respondérnoslas. Y es habitual que debido al despliegue de actividad, a las corridas para llegar a cualquier parte, los choques con la gente por la calle, la infinidad de preocupaciones propias y también aquéllas de las cuales tenemos que hacernos cargo por diferentes motivos, nos vayan alejando de nuestro centro interior.

Así es que llegada esta época del año, advertimos que el tiempo ha transcurrido muy rápidamente y no hemos tenido ese momento de mirarnos interiormente y escrutarnos para hacer una evaluación personal sobre el camino que estamos recorriendo. Si nos descuidamos más de la cuenta en esa tarea, quizá nos encontremos con una sensación de que somos extraños para nosotros mismos y surjan preguntas y dudas de todo tipo.

El Adviento es para los cristianos un momento especial para redescubrir nuestra vida y en ella reconocer que Jesús está viniendo siempre a nosotros, aún cuando las preocupaciones y las ocupaciones no nos dejen ver y oir lo que tiene para decirnos y mostrarnos, de nosotros mismos y de los demás

Este breve cuestionario puede ayudarnos para tal fin:

1. ¿Qué peso tiene, hoy, en nuestra vida de cristianos - después de tantos siglos y habituados a la historia cotidiana - , la promesa de que la plenitud del Reino de Dios llegará, “como un ladrón en la noche”, por sorpresa, sin que sepamos ni el día ni la hora?

2. ¿Qué sentimientos nos provoca el anuncio o la celebración de la esperanza cristiana, en medio de una cultura y un modo de vida tan realista y de cortas miras como el presente? ¿Vivimos con esperanza? ¿Podríamos compartir los motivos y valorarlos con otros?

3. ¿Miramos y conocemos el mundo a partir de los grupos sociales más débiles e ignorados - mucho más en este momento de crisis económica - o buscamos un punto de vista equidistante, cuando no, sencillamente, descomprometido con la realidad cotidiana?

4. ¿Pensamos y celebramos la palabra de Dios a partir de Jesús, y sus bienaventuranzas, o más bien lo hacemos desde el “maestro espiritual” de nuestro gusto?

5. ¿Habla nuestra boca desde la “relación” con Dios que abunda en nuestro corazón, o habla desde lo que recuerda del catecismo o la enseñanza religiosa reibida de niños?

6. ¿Cómo ayudamos a que crezca el Reino de Dios, hoy, en nuestra vida cotidiana? ¿Podríamos concretarlo en relación a nuestra casa o familia, vecindad y trabajo, iglesia y sociedad, economía y política, cultura y ética, por ejemplo?.

7. ¿En qué momentos y actuaciones tenemos dudas de estar colaborando al crecimiento del Reino, incluso con miedo de estar impidiéndolo? (Lo pensamos como en la pregunta anterior).

jueves, 27 de noviembre de 2008

Redescubrir la familia como matriz espiritual de la existencia humana


El Huésped, con la "H" mayúscula
Por: Pascual Chávez Villanueva
Rector Mayor Salesiano

La familia es la matriz de todos los significados espirituales de la existencia. Allí se aprenden los contenidos y los "sabores" de conceptos y actitudes espirituales como acogida, escucha, perdón, comunión, bendición, gratitud, don, sacrificio...

Los padres no se preguntan si hace falta enseñar a los hijos a comer o a portarse correctamente. Lo mismo vale con respecto a Dios. La fe es un componente inevitable de los individuos de nuestra especie, como lo es el pensamiento. De esta dimensión nadie en realidad puede prescindir. Quien no cree en Dios cree en alguna otra cosa: en el Amor, en la Justicia, en la Libertad. Los menos evolucionados creen en sí mismos, en el poder o en el dinero. Clases de "fe" también éstas, pero de ínfimo nivel. ¿En qué cosa cree quien no cree? es la pregunta para hacerse.

Los niños y Dios

Los niños, más que cualquier otra cosa, necesitan de cuentos que les expliquen de donde viene el mundo, por qué viven y dónde está ahora el abuelo que falleció hace poco. Quieren saber la razón por la cual llegamos al mundo y cuándo, lamentablemente, debemos dejarlo. Preguntan si Dios es hombre o mujer...Los niños con sus preguntas pueden empujar a los padres más allá de la capacidad de la imaginación, y es irresponsable dejarlos expuestos a cualquier influjo, ya que se los estaría engañando. A Dios se lo debe "respirar", como si fuera alguien de la casa, acogiéndolo como al Huésped con la "H" mayúscula. Su presencia se descubre en la importancia concedida a la interioridad, en los acontecimientos memorables, en el amor mutuo, en la esperanza. Dios no es un "sentimiento religioso vago", sino una Persona presente. Nadie puede llevar a otro donde él no ha estado: los padres no pueden limitarse a "mandar" a los hijos al catecismo. La Iglesia no es una "estación de servicios". Y como el don de la vida viene de Dios a través de los padres, así la fe viene de Dios a través de los padres y la Iglesia. La frase "Mi hijo debe poder decidir más tarde por su cuenta qué religión escoger", está completamente equivocada desde el punto de vista psicológico evolutivo.

El aprendizaje

El aprendizaje religioso se realiza en tres etapas. La primera pasa a través de la observación y la imitación: los niños "escuchan" con los ojos. Un niño que no ve rezar a papá y mamá, no rezará nunca. La religiosidad es adquirida también a través de la enseñanza y el acompañamiento: es la segunda etapa. Los niños tienen el derecho de conocer y comprender la historia de Jesús, sus palabras, la reflexión y la tradición de la comunidad de los creyentes; luego, de ser "iniciados" a una vida "con Dios adentro". La tercera etapa para aprender la religiosidad, pasa a través del robustecimiento, que viene de la aprobación de los demás y de la ratificación social. Este es el papel de la comunidad parroquial. La ratificación social que viene de la oración y de la celebración comunitaria en la Iglesia o también en los grupos, en el oratorio, hace aparecer loable y digno de ser vivido lo que es transmitido por padres y catequistas.

Los ritos

Los niños tienen necesidad de una relación con Dios, no de una "ideología" acerca de Dios. Muchas veces reciben imágenes deformadas, que mueven a la neurosis con respecto a Dios, como por ejemplo el juez que condena, o el policía que castiga, etc. Los verdaderos iconos son diferentes: Creador que hizo a los hombres a su imagen, Padre que se preocupa por sus hijos, Amigo que sufre con el hombre y da significado a la muerte. Pero una fe viva tiene necesidad también de gestos y tradiciones, porque los niños quieren "ver y tocar". He aquí entonces la bendición de los niños. Los padres tienen muchas posibilidades de bendecir a su hijo: cuando sale de casa, antes de que se duerma por la noche, en ocasión del cumpleaños, del onomástico o del aniversario del bautismo. Felices los padres que tienen la costumbre de rezar junto a la cama de su niño, dejando que exprese preocupaciones, sentimientos y deseos. He aquí la lectura de la Biblia: la palabra de la Biblia se refiere al presente y no al pasado, infunde significado a la existencia. He aquí la oración en familia: enseñar a rezar es el don más grande que los padres pueden hacer a los hijos.

Fuente: Boletín Salesiano

viernes, 3 de octubre de 2008

Catequistas: los puntos débiles en su espiritualidad


Desde los catorce hasta los dieciocho años fui catequista de iniciación. Luego nunca dejé de ser catequista. También cuando era párroco, yo mismo daba catequesis a los niños y jóvenes más “difíciles”, que podían obstaculizar la tarea normal de los catequistas. Más allá de lo cuestionable de esa opción, creo que refleja que no quería privarme del gozo de la catequesis. Ahora prefiero ejercer este ministerio en la predicación, respetando el carisma de los laicos catequistas.

Desde esta experiencia personal, más que desde mi función de teólogo, quisiera plantearles una cuestión que siempre me ha preocupado y donde me parece que todavía tenemos que crecer mucho.

Lamentablemente, cuando se habla de la espiritualidad del catequista suele decirse lo mismo que podría afirmarse de un sacerdote, una religiosa o un monje. Porque se sostiene que la espiritualidad del catequista está integrada por la oración personal, la lectura de la Biblia, la Eucaristía, y suele agregarse la Liturgia de las Horas. De este modo no se habla de una espiritualidad específica del catequista, ni siquiera de una espiritualidad, sino sólo de algunos medios de espiritualidad.

Espiritualidad de la actividad catequística

La espiritualidad que caracteriza a un catequista, como cualquier otra espiritualidad cristiana, está marcada por las notas propias de su misión. No se trata de espacios de espiritualidad vividos al margen de esa misión, como si uno hiciera un paréntesis íntimo para dedicarse a Dios y la tarea catequística no fuera “espiritual”.

Quizás la confusión provenga de lo que llamamos “espiritual”, que no es lo inmaterial, lo escondido, lo oculto, la pura intimidad. Si leemos bien la Biblia podemos advertir que “espiritual” es el impulso del Espíritu Santo que nos mueve al amor. Ese impulso de amor se vive tanto en la soledad como en el encuentro con el hermano, tanto en el recogimiento como en la actividad.

Por eso, cuando el catequista tiene un momento de contemplación en la oración, eso que contempla permanece en su corazón cuando va a dar catequesis, y lo vive en la misma actividad catequística. Es más, eso que se contempla en la oración se hace más maduro cuando se pasa a la acción; se enriquece, se expresa, se aplica, se profundiza, se proyecta y crece en el ejercicio de su ministerio catequístico.

Como consecuencia, cuando el catequista termina un encuentro catequístico y vuelve a tener un momento de recogimiento, ese encuentro solitario con Dios es más rico que el anterior, porque ahora está cargado con la riqueza que le ha dado la vida, y más concretamente, el encuentro catequístico que ha vivido.

La espiritualidad es el dinamismo del amor que el Espíritu infunde en nuestros corazones e impregna toda nuestra vida. Pero ese dinamismo del amor está marcado, enriquecido, adornado, embellecido por unas notas distintivas que le vienen de la misión que uno debe realizar, de la tarea concreta que debe desempeñar para el bien de los demás. Por eso no ama de la misma manera un catequista que un monje o que un predicador itinerante.

¿Cuáles son entonces las características propias de una espiritualidad catequística, es decir, de la actividad catequística con su mística propia?

1. Una imagen de Jesús

En primer lugar digamos que la misma imagen de Jesús que tiene un catequista está marcada por su misión catequística. El Jesús que se destaca en su oración y en su meditación es el Jesús maestro, el Jesús catequista, el que distribuye el pan de su Palabra y siembra su vida en los corazones; el que se detenía a catequizar a la samaritana, a Nicodemo, a Zaqueo.

Por eso, cuando el catequista contempla a Jesús en la oración, cuando lo adora y dialoga con él, en esa misma oración se siente impulsado a ser catequista como Jesús, allí mismo brota el deseo del encuentro catequístico. No es que va a la oración a sacar fuerzas para “soportar” un encuentro catequístico, o a descansar en el Señor después de haberse esforzado mucho en la catequesis. Si así fuera, su vida espiritual estaría al margen de su misión. En la oración personal le brota el deseo (como un fuego que no se puede apagar) de comenzar el encuentro catequístico, y al terminar el encuentro vuelve a encontrarse con el divino Maestro para agradecerle que ha podido ser instrumento suyo para llegar a los demás con su Palabra.

2. Palabra para dar

Ciertamente la Palabra ocupa un lugar central en la espiritualidad catequística, pero esa centralidad de la Palabra en su espiritualidad se vive tanto en la oración personal como en el encuentro catequístico. Al trasmitir la Palabra a los catequizandos la está gozando, la está escuchando él mismo, se está dejando tocar y está agradeciendo el don de la Palabra, expresándole su amor y vivenciándola.

Es cierto que su relación con la Palabra en el encuentro catequístico será más rica y gozosa si previamente la ha contemplado en la oración solitaria, si la ha rumiado serenamente en su intimidad y la ha aplicado a su propia vida en una prolongada meditación. Pero también es cierto que la oración del catequista con la Palabra no debe ser intimista. Cuando está orando con la Palabra, allí mismo debe brotar el interés por preguntarse qué quiere decir Dios a sus catequizandos con esa Palabra. El amor a Dios siempre se convierte inmediatamente en un impulso de amor al prójimo, y por eso la contemplación de Dios siempre tiende a convertirse en una inclinación hacia el prójimo. Por eso mismo, en su encuentro con la Palabra, el catequista siente el impulso de incorporar a los catequizandos en su meditación orante.

Por consiguiente, lo normal debería ser que el catequista use para su meditación personal el mismo texto bíblico que deberá transmitir a sus catequizandos, y no otro texto que le llevaría a desarrollar una oración personal paralela a su actividad y sin relación directa con ella.

Esto hace que el catequista, en su relación con la Palabra, sea muy sincero, muy abierto, muy sensible. Porque cuando hay algo de esa Palabra que no comprende, que no le dice nada, que no lo motiva, en lugar de escapar de estas dificultades escondiéndose en una abstracción o en una explicación fácil y rápida, el catequista reacciona pensando en sus catequizandos: “Si esta Palabra no me dice nada ¿cómo voy a motivarlos a ellos para que la reciban sinceramente”? “Si yo me rebelo frente a esta Palabra ¿cómo los ayudaré a ellos a comprender y aceptar su sentido para sus vidas?” Y entonces comienza a implorar la ayuda de la Gracia, y hace un nuevo esfuerzo personal por dejarse hablar por la Palabra, por dejarse tocar y movilizar personalmente.

3. Ellos en mí. Juntos en Jesús

En esta misma línea, la intercesión ocupa un lugar y una fuerza muy particular en la oración personal del catequista y en su encuentro con la Eucaristía. Es cierto que esto vale para todos los cristianos; pero en la intercesión del catequista no está presente genéricamente el mundo entero, sino que predominan unos pocos rostros, los de sus catequizandos, con sus historias muy concretas y personalísimas.

Y cuando va a Misa y se acerca a comulgar, no vive un encuentro con Cristo meramente intimista. Al mismo tiempo que dirige intensos actos de amor a Jesús, no puede evitar incorporar a sus catequizandos en ese encuentro, le brota espontáneamente la actitud de entregarlos al Señor, de pedirle por sus necesidades, de ofrecer su comunión por ellos, de ofrecerse como instrumento para que esa vida de la Gracia llegue a ellos. Si la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida de la Iglesia, también es fuente y cumbre de la actividad catequística.

4. Pastor, padre y madre

Una clave para entender la espiritualidad propia del sacerdote es la “caridad pastoral”. Pero en realidad deberíamos decir lo mismo de la espiritualidad del catequista, que también es “pastor”de sus catequizandos, aunque de distinta manera. El sacerdote es pastor desde sus funciones específicas e indelegables, que son celebrar la Eucaristía e impartir la absolución sacramental. Es decir, en cuanto es instrumento de la donación de la Gracia santificante, que se derrama sobre todo en esos Sacramentos. De esa manera él da vida a las ovejas y las cura. Pero también lo hace el catequista desde el ministerio de la Palabra: lleva a sus catequizandos a los verdes prados y a las fuentes del agua sobrenatural que restaura (Sal 23, 2-3), y así los cura (Ez 34, 4.16).

Por eso mismo, el catequista ejerce la función de padre y madre para con sus catequizandos. El Concilio nos enseñó que toda la comunidad es madre “a través de la caridad, la oración, el ejemplo y las obras de penitencia” (PO 6). Pero cada uno ejerce esa maternidad de la comunidad de un modo más directo con los que le han sido encomendados particularmente. Por eso el catequista es de una manera especial padre y madre de sus catequizandos (1 Tes 2, 7-8.11-12); gesta para Dios y acompaña en el camino a sus hijos espirituales.

Y en cuanto a la cercanía y el conocimiento íntimo que el pastor tiene de sus ovejas (Jn 10, 14), el catequista es más pastor y más padre-madre que el sacerdote, porque su trato es ciertamente más frecuente y más cercano.

Pero la espiritualidad del catequista implica la convicción profunda de ser instrumento y reflejo de Cristo, en quien los catequizandos deben encontrar a su Pastor, y donde deben encontrar el amor firme y orientador de un padre y la ternura de una madre. Por eso el afecto del catequista es sincero y cálido, pero al mismo tiempo desprendido y oblativo, porque en primer lugar le interesa el bien de los catequizandos y su encuentro con Cristo. Por eso Jesús dijo a Pedro: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 17). La catequesis no existe en primer lugar para que los catequizandos se hagan amigos del catequista y guarden de él un buen recuerdo, sino para que, a través de él, encuentren vida, fortaleza y alegría en el Señor. Allí está el gozo más profundo de la fecundidad del catequista.Y su sano orgullo no será decir que los catequizandos nunca se han olvidado de él, sino que viven el Evangelio y se dejan guiar por el Espíritu: “Ustedes son mi carta, escrita en sus corazones… no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo” (2 Cor 3, 2-3).

Invitación

Creo que estas son las notas principales de la espiritualidad de la catequesis y del catequista, una espiritualidad totalizante, que se vive tanto en la intimidad como en la acción, tanto en el silencio como en la palabra, tanto en la soledad como en el encuentro catequístico.

La espiritualidad del catequista es un modo específico de amar, y por lo tanto su propia manera de ser “espiritual”. Quisiera que estas breves páginas sean un estímulo para que, juntos, sigamos reflexionando sobre la espiritualidad de la actividad catequística.

Ciertamente habría que incorporar aquí algunas consideraciones sobre María en la función materna del catequista, o sobre la integración de cada uno en la comunidad fraterna de catequistas, y otros aspectos muy ricos que pueden completar lo que acabo de exponer. Los invito a seguir aportando para el bien de todos.

Víctor Manuel Fernández
Fuente: ISCA www.isca.org.ar
Foto: UCA

La fe de la Iglesia

Señor, mira la fe de tu Iglesia
Religioso Salesiano. Lic. en Comunicación Social

Fiesta del Milagro en Salta, 2008 Fotografía: Federico Herreros (Heva Imágenes)

Hay algo que la Iglesia no puede planificar, ni proyectar, ni organizar, ni siquiera fomentar: la fe del pueblo. La gente suele concurrir a misa por costumbre, por relaciones sociales, imposición, por cuestiones familiares o de tradición. Algunas veces, por miedo: al castigo, a la enfermedad, a la tragedia, a la mala suerte. Hay otro tanto de veces en que la gente asiste a misa, porque siente algo especial, porque le hablaron de una virgencita, de un santo, de una aparición, de un mensaje… de un sacerdote que sana o que ayuda a sanar.

No se puede controlar la fe del pueblo, el entusiasmo de los fieles, el avance de un movimiento de jóvenes, la devoción a un santo determinado, la mayor o menor participación en una procesión… Podemos acompañar, guiar, ayudar, seguir…pero nunca controlar. Las manifestaciones de fe no tienen que ver con el gran trabajo o empeño que ponga o demuestre un sacerdote, un coordinador pastoral. No salen de las reuniones de obispos, no se ajustan a documentos, a proyecciones, ya que son contagio, búsqueda, seguimiento, iniciativa, impulso, contacto, intuición, gracia, obra de Dios.

El periodismo argentino tan atento al “árbol que cae” en la Iglesia, sin atender jamás “al bosque que crece”, casual o causalmente, se ocupa de las manifestaciones de fe. Se persigue la noticia de masas, más que la noticia en sí. No podemos desatender el espacio importante que los medios dedican a Itatí, San Nicolás, Salta, Lujan y tantos otros santuarios que para sorpresa de los televidentes matizan con robos, hurtos, asaltos, violaciones. Pero el periodismo no siempre se enfoca en el fenómeno en sí, sino sólo en el impacto, el chorro de sangre, o una lagrima, una trompada. Siempre mucho impacto. Las manifestaciones de fe condimentan altamente la preferencia masiva: agregan magia, liquidez religiosa, suponen algo misterioso, gente que camina de rodillas, que acampa varias noches antes de saludar al santo, multitudes, cierto efecto milagroso.

La fe del periodismo se vende como las marchas de piqueteros o el crecimiento de la zona roja, o las revueltas del abasto entre “floggers” y “emos”. No evangelizan, difunden es cierto, pero no se transmite el valor, se muestra el hecho raro, que impacta, que es extraño, vistoso.

Del lado que nos miran, es suficiente la curiosidad, el detalle sobresaliente. Pero, en el lado que no nos miran, yace la fuerza de la fe, ese sentimiento que no cree, porque entiende todo lo que ve o le dicen, sino porque siente una verdad interior que lo llena de alegría, que lo estimula para seguir viviendo o hasta para morir, que lo impulsa a trabajar, a sufrir, a caminar.

Una fe sin sentimiento, tal vez, no es completa o no es fe. La fe no exige comprensión exacta, metódica, cerrada o completa, pide apertura al misterio, a la falta de lógica. Creer tiene que ver con amar, con los ojos cerrados, aun cuando las “papas queman” o con los ojos abiertos, cuando la vida se muestra como un milagro patente.

La fe no se revela en unos meses, necesita tiempo, recuperación de lo vivido, recuerdo. Ayuda a comprender el presente, el porqué del hoy, de cómo llegamos a “ser”, de esa compañía de Dios que fue imperceptible en el presente, pero que es incomprensible no verla en el pasado. Fe es asombrarse de la presencia oportuna de Dios en los momentos más difíciles, fe es ese temblor que corre por uno dando fuerza, ánimo en las peores ocasiones. La gente de fe dice: “Si no hubiera sido por Dios”.

El paso de Dios se percibe con el correr del tiempo, descubriendo lo vivido como milagro, proeza, hecho heroico. La fe se advierte desde la vida y desde el relato propio o de los otros cercanos. El mayor, el anciano recrea, recuerda, reanima la vida en el relato de lo pasado, en su paso y el paso de Dios, todo lo atribuye al Supremo. El hombre de fe no puede entender que haya vida sin Dios, no es ateo porque no puede comprender la vida sin él. Algunos desesperan y descubren que no fue suficiente la propia entrega y entienden que la vida transcurrió sin Dios y se arrepienten, hasta que entienden que Dios definitivamente siempre estuvo.

El amor a Dios no tiene que ser adquirido en clases de Teología. Se lo encuentra en la vida, en ese aprovisionamiento selectivo de miles de hechos que, si no fueran por Dios, causarían dolor, pérdida, vacío. La vida, muchas veces, es una buena catequista.

La fe del niño, de los pobres, de los ignorantes, de los ancianos termina siendo irracional, pretender hallarle un sentido lógico a la fe puede resultar destructivo. El estudio, el análisis de la fe puede enfriar el amor. No se estudia para amar a los hijos o a la madre. La fe es igual, no se estudia para alcanzarla. El sentimiento nace de un hombre o una mujer humilde de corazón que busca al ser supremo, que lo necesita, que requiere su presencia y compañía. Cuando uno tiene todo claro y todo seguro en la vida, difícilmente recurra a Dios.

Hoy asistimos con sorpresa a un retroceso de fe. Podríamos decir que existe una fe en los muertos o de los difuntos. Como Dios ya no cuenta para muchas personas, entonces se busca la fe en lo primero y ineludiblemente trascendente y misterioso: la muerte. Nuestra cultura se empeña en razonar y entenderla, ante ella, no hay respuestas, sólo preguntas.

Algunos se encuentran con Dios a partir de este camino; otros se enojan con él y establecen la trascendencia en la muerte, allí donde no hay nada más que dudas, en el cuerpo inerte, en las fotos, los recuerdos, la ropa, los zapatos. No pueden trascender, se afierran a lo que está, a lo que quedó sin comprender o insisten en comprender una realidad más allá de lo inmanente. Hoy también asistimos a una religión de los muertos, la tumba de Gilda o de Rodrigo. El hecho de haber muerto les da un lugar en un “Hades”, un cielo inventado, fantaseado. No digamos cielo para no recrear una tira cómica, con la caricaturesca visión de la otra vida, con nubes espesas, arpas y paquetísimas alas con plumas de finísimo vestuario teatral, vida eterna de corte holliwoodense. La fe de la muerte dura, tal vez, el tiempo que lleva el duelo. Pero la fe no se sostiene de esta manera. Así, se olvida, se tapa, se la usa de tranquilizante, como terapia. Luego ya no se la necesita, eso no fue fe.

La fe es libre. No muere, crece, no sirve para un rato, es para siempre. Si bien nuestras proyecciones, planes y diseños pastorales aporten algo a la fe de la gente, no es nuestro el poder de hacer creer o no dejar que crean. Los escándalos, las difamaciones entristecen, sin embargo, no fagocitan a la gente de fe. La fe sigue intacta, si se corta, nunca fue verdadera, siempre pendió de un hilo. La fe se convierte en amor, eterno, gigante que mueve montañas. La fe del que no tiene más nada que esperar es un diminuto granito de mostaza que produce al ciento por ciento. “Señor no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”.
Fuente: San Pablo On line www.san-pablo.com.ar

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Redescubrir por qué y para qué somos cristianos


Por María Inés Maceratesi


Luego de un paréntesis, retomo las evaluaciones de los encuentros prebautismales y, debo reconocer que el tiempo tomado para reflexionar, me ha servido para comparar las respuestas que los padres y padrinos daban hace un tiempo y las que dan hoy.

Creo que ya dije en otro artículo que los encuentros prebautismales con padres y padrinos en la Parroquia, están a mi cargo desde el año 2000. Hoy, año 2008 ¿qué cambió?, ¿qué se modificó?

La dinámica puesta en práctica es la misma, no hubo necesidad de cambiarla porque, a mi entender, no ha caducado su eficacia para los fines para los cuales fue elaborada.

Y aquí considero conveniente recordar que un encuentro prebautismal con padres y padrinos, adultos pero muy jóvenes algunos, tiene que ser un momento de replanteo y redescubrimiento del propio Bautismo y de la fe que sigue sembrada en cada uno y a la espera de ser renovada.

De ahí que las preguntas por el sentido de la vida, de la fe, del Bautismo...son las de siempre: ¿por qué?; ¿para qué? ¿qué preguntas nos interpelan y nos desvelan? ¿qué enseñar a nuestros hijos?; ¿por qué celebramos con una fiesta? ¿qué significa ser discípulos?, etc.

Lo que sí ha cambiado bastante es el tenor de las respuestas y lo que noto, es que la situación social y política imperantes en este país, el cambio cultural en lo referente a la familia principalmente, y el nivel de educación alcanzado o no, inciden notablemente en la concepción que de la fe y la espiritualidad tienen las personas.

Unas preguntas que surgieron últimamente de un grupo: ¿para qué sirve ser cristiano? ¿para qué sirve la Iglesia?, lo cual revela un bache muy significativo en la vida de quienes han sido bautizados y hoy se cuestionan para que sirve ser cristiano.

Indudablemente, hasta hace un tiempo, la Iglesia era la encargada de brindar, a partir de la catequesis sistemática, los elementos adecuados para el crecimiento en la fe de los bautizados e indudablemente también, hoy ya no es así. ¿Cuántos bautizados se acercan a la Iglesia si no es para algo especial que no pueden encontrar en otro lugar?. De ahí que lo que muchos acuden a la misma es en busca de algo y no de alguien.

¿Qué buscan?, recibir algún sacramento o solicitarlo para sus hijos, bendiciones para casos de necesidad o "por las dudas", agua bendita para rociar las casas y librarlas de "malos espíritus”. También están los que se acercan por miedo ante situaciones de enfermedad, o en búsqueda de consuelo para sus aflicciones y, también están los que han comprendido de verdad lo que significa haber recibido un bautismo que es un llamado y un compromiso hacia una misión.

Y decía que se acercan a buscar algo y no a alguien porque de lo contrario, no preguntarían para qué sirve ser cristianos o qué significa ser cristianos. Estimo que la Iglesia se ha desplazado en ciertos momentos o en ciertas ocasiones, de su centro. El centro de la Iglesia no es algo sino alguien: JESUCRISTO. Jesús el Cristo, de ahí el nombre de CRISTIANOS. Y Cristo es el modelo a imitar por las personas y por la Iglesia; Él es el que fundó su Iglesia y le dio el mandato de hacer discípulos en su nombre.

Quisiera poder afirmar que hoy la Iglesia está trabajando para hacer discípulos a los bautizados pero, mientras no se ocupe de la familia como una célula fundante de la misma, será un poco difícil.

Hoy muchos bautizados tenemos que reconocer nuestra ignorancia para transmitir la fe a las futuras generaciones. El mundo cambió y también cambiaron algunas cuestiones que se pensaban inamovibles; la situación cultural y sociopolítica reinante hace que nuestras respuestas a las preguntas de siempre deban ser diferentes y adecuadas a la realidad, sin dejar por eso de estar apoyadas en la verdad.

La participación es clave, los bautizados tenemos que tener muy claro que el Evangelio es la buena noticia que debemos anunciar a tiempo y a destiempo para que ser cristianos no se transforme en algo sin sentido sino que sea una condición que revele a tantos que aún no conocen a Jesús, que un encuentro con su Palabra y su Vida toda es lo que nos hace capaces de darle sentido a la vida.

Por supuesto, volviendo al principio de esta reflexión, que las preguntas serán siempre bienvenidas porque nos ayudan a crecer y madurar en la fe, de ahí que los encuentros prebautismales como tales, tienen que convertirse en verdaderos disparadores para que los adultos sigamos reflexionando, creciendo y, el día de mañana poder acompañar a nuestros hijos y ahijados en la búsqueda de sus propias respuestas de fe ante un mundo que necesita tanto de discípulos misioneros testigos de Aquél que dio la vida por cada uno de nosotros y espera que nosotros seamos capaces de hacer lo mismo.

¿Para qué sirve ser cristiano?

La Carta a Diognetto nos puede servir de referencia.

De la Carta a Diogneto (apología de autor desconocido, II-III siglo).

Son hombres como los demás


"Los cristianos no se diferencian ni por el país donde habitan, ni por la lengua que hablan, ni por el modo de vestir. No se aíslan en sus ciudades, ni emplean lenguajes particulares: la misma vida que llevan no tiene nada de extraño.

Su doctrina no nace de disquisiciones de intelectuales ni tampoco siguen, como hacen tantos, un sistema filosófico, fruto del pensamiento humano. Viven en ciudades griegas o extranjeras, según los casos, y se adaptan a las tradiciones locales lo mismo en el vestir que en el comer, y dan testimonio en las cosas de cada día de una forma de vivir que, según el parecer de todos, tiene algo de extraordinario".

Habitan en la tierra, pero son ciudadanos del cielo

"Habitan en la propia patria como extranjeros. Cumplen con lealtad sus deberes ciudadanos, pero son tratados como forasteros. Cualquier tierra extranjera es para ellos su patria y toda patria es tierra extranjera.
Se casan como todos, tienen hijos, pero no abandonan a sus recién nacidos. Tienen en común la mesa, pero no la cama. Están en la carne, pero no viven según la carne. Habitan en la tierra, pero son ciudadanos del cielo.

Obedecen a las leyes del Estado, pero, con su vida, van más allá de la ley. Aman a todos y son perseguidos por todos. No son conocidos, pero todos los condenan. Son matados, pero siguen viviendo. Son pobres, pero hacen ricos a muchos. No tienen nada, pero abundan en todo. Son despreciados, pero en el desprecio encuentran gloria ante Dios. Se ultraja su honor, pero se da testimonio de su justicia.

Están cubiertos de injurias y ellos bendicen. Son maltratados y ellos tratan a todos con amor. Hacen el bien y son castigados como malhechores. Aunque se los castigue, están serenos, como si, en vez de la muerte, recibieran la vida. Son atacados por los judíos como una raza extranjera. Los persiguen los paganos, pero ninguno de los que los odian sabe decir el porqué ".

Están en el mundo como el alma en el cuerpo

"Por tanto, los cristianos están en el mundo lo mismo que el alma en el cuerpo. Como el alma se difunde por todas las partes del cuerpo, así los cristianos se esparcen por las distintas ciudades de la tierra. El alma habita en el cuerpo, pero no es del cuerpo; los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo. Como el alma invisible es prisionera del cuerpo visible, así los cristianos son una realidad bien visible en el mundo, mientras es invisible el culto espiritual que rinden a Dios.

Como la carne odia al alma y le hace guerra, sin haber recibido ofensa alguna, solo porque se opone al deleite y gozo de los placeres que hacen daño, así el mundo odia a los cristianos, que no le han causado algún mal, sino porque solamente se han opuesto a una manera de vida cuya esencia es el placer.

Como el alma ama a la carne y a los miembros que la odian, así los cristianos aman a quien los odia. El alma, aun cuando sostiene al cuerpo, está encerrada en él; así los cristianos aun cuando son el sostén del mundo, viven presos en él como en una cárcel. El alma inmortal habita en una tienda mortal: así los cristianos viven como extranjeros en medio de las cosas que se corrompen, en espera de la incorruptibilidad del cielo.

Con la mortificación en el comer y en el beber, se afina el alma y se hace mejor; así también los cristianos, maltratados y perseguidos, aumentan cada día en número. Dios les ha asignado un puesto tan sublime, que no deben abandonarlo de ningún modo" (Sources Chrétiennes, 33 bis, 62-67).

jueves, 21 de agosto de 2008

Día del catequista: redescubrir la misión de anunciar la Vida

En el Día del Catequista, una reflexión para renovar nuestra misión.


El Señor Yavé me ha concedido
el poder hablar como su discípulo.
Y ha puesto en mi boca las palabras
para fortalecer al que está aburrido.
A la mañana él despierta mi mente
y lo escucho como lo hacen los discípulos.

El Señor Yavé me ha abierto los oídos
y yo no me resistí ni me eché atrás.

(iSAÍAS 50, 4-5)

Desde Aparecida, la misión es una tarea prioritaria que se plantea en el marco de la Redemptoris Missio, que proponía escuchar al Espíritu para ver qué nos pide el Señor para América Latina. Y especialmente para los catequistas, quienes tendríamos que preguntarnos ¿qué nos está pidiendo hoy a nosotros catequistas el Espíritu Santo?.

En primer lugar, tendríamos que considerar que hay una palabra en el Documento de Aparecida, que se menciona seiscientas treinta y una veces; esa palabra es: VIDA.
Los catequistas de este tiempo, lo son para comunicar vida; catequistas que reconozcan que hoy a la gente le interesa vivir bien y que hay algo bueno en éso porque quiere decir que detrás hay un Dios que ama la vida y quiere nuestra felicidad.


En Timoteo 6,7 leemos que Dios ama nuestra felicidad y goza con ella porque es un Padre bueno al que le gusta ver a su hijo feliz. Reconocer la mirada de un padre que goza conmigo y desde allí anunciar a un Señor que quiere ser fuente de alegría en medio de todo.


Tenemos razones para ser alegres y a veces, tenemos mucho miedo a la felicidad. Tenemos que mostrar a un Jesús que vino para que tengamos vida en abundancia y si lo hemos aceptado, dejaremos que nos transforme con la vida plena de su resurrección.

Los cristianos tenemos que creer que existe la vida antes de la muerte y orar, meditar la Palabra, reconocer a Jesús en la celebración eucarística y rescatar la alegría de comer juntos, de trabajar y aprender, del contacto con la naturaleza, del entusiasmo de tener un proyecto comunitario.

Unir fe, dignidad y promoción humana pero aún más unir amistad con Cristo y la felicidad de vivir que eso implica para que, cuando llegan los momentos de dolor, con Él le encontremos sentido porque Él nos enseña a vivir.

El catequista tiene que ser un cántaro de agua fresca donde los demás vayan a refrescarse

No están para cumplir leyes sino para cumplir una misión en la cual dando, se recibe. Esa ley es: que nadie vive si no comunica vida y, cuanto menos se comunica, más se achica.

Hoy el gran riesgo que tenemos es la búsqueda de la privacidad, que nadie se meta en nuestra vida, que nadie nos pida nada, ni nos exija nada; que siempre estemos rodeados de gente linda y agradable. Esta idea de la vida es una tentación que todos tenemos y es propia de la posmodernidad.

El desafío será salir de la conciencia aislada y lanzarnos con valentía a la misión.
La misión es: comunicar la vida, al modo de los apóstoles cuando en Pentecostés salieron a misionar y comunicar lo que habían visto y oído.

Redemptoris Missio en los puntos 34 y 40 dice que la misión de la Iglesia es llevar a Jesús a donde no lo conocen y, en el punto 86 que la misión es la tarea prioritaria de todos y cada uno.

Por eso será sano iniciar procesos constantes de renovación misionera, abandonando estructuras caducas que no respondan a la necesidades de hoy. No podemos quedarnos a la espera pasiva en nuestros templos sino hacer un voto de ponernos en manos del Padre para que Él nos lleve por donde quiera.

La dimensión misionera que propone Aparecida es la misión ad gentes pero, no tenemos que malinterpretar y pensar que una propuesta de misión así nos envía a irnos lejos. Entonces ¿cómo interpretarlo?. El modo de la misión se propone tratando de llegar al que no conoce a Jesucristo o vive lejos de Él. No es una cuestión geográfica, es en cambio, conversar con una persona que tiene problemas y hablarle de Jesús con humildad y amor.

¿Qué es la renovación de la catequesis?

Para renovar la catequesis tenemos que lograr que deje de se extática y pase a ser kerygmática.
Qué significa extática:

Extática: viene de éxtasis. El éxtasis es una situación que nos sume dentro de nosotros mismos y nos aísla dejándonos perplejos. El cambio se dará saliendo de uno mismo, no quedándose encerrado en el propio mundo sino realizando un movimiento hacia las periferias.

Una periferia la conforman los pobres, que no se sienten acompañados porque no estamos con ellos sino que hacemos un discurso sobre ellos. Otra periferia la encontramos en cada parroquia y familia abandonada. Estamos llamados a ir hacia allí. Entonces:

1º: Salir, acercarse a los que la están pasando mal. Se necesitan catequistas abiertos a lo social que reconozcan estas situaciones

2º: Una renovación kerygmática, que implica reformar la catequesis para que toda ella esté impregnada por el primer anuncio, en cualquier tema a tratar. No hay ningún catecismo impregnado por esa renovación pero lo podemos hacer nosotros, olvidando dogmas y leyes, cada uno debe mostrar lo que Dios hizo en su vida por el encuentro con Cristo.

Otro tema a considerar es el del discipulado.

Si Jesús dejó de ser mi centro, no podré renovar mi catequesis ni aceptar, acoger y recibir la vida. Si Dios no me da la vida desaparezco, por eso es necesario seguir, escuchar, oir al Maestro, éso es ser discípulo.

Y ser discípulo no es solamente orar sino también contemplar, es escuchar que el Maestro nos dice: andá, yo te envío. No hay misión si no hay discipulado.

María Inés Maceratesi

Fuente: Apuntes propios tomados de la ponencia del Padre Víctor Fernández en el EAC (Encuentro Arquidiocesano de Catequesis- Marzo 2008)

viernes, 29 de febrero de 2008

La figura del catequista, pieza clave


Me dirijo a ti, creyente que eres catequista en una comunidad cristiana de un lugar de la geografía que yo no conozco. Te lo han dicho muchas veces, pero te lo vuelvo a decir: tú eres una pieza clave en el engranaje de la comunidad.
A ti te toca “hacer la fe y la teología audible, papilla para principiantes”. Tú tienes que traducir al lenguaje de los niños y adolescentes o de los jóvenes y adultos fórmulas de fe que son muy “espesas”. Lo haces buscando comparaciones, poniendo ejemplos que te salen de la vida. Unos escriben libros gruesos. Tú tienes que decir lo básico de la fe y lo tienes que decir de manera que no se te aburran los miembros del grupo. Esa es tu grandeza y ahí está el riesgo y el cansancio que algunas veces sientes cuando cuando dices: “Es que ya no sé cómo decir las cosas”. Lo que tú haces no lo saben hacer los sesudos teólogos. ¡Qué va!

Nada que no sepas

Tú, que estás a pie de obra, sabes muy bien que la catequesis hoy no es la institución bien organizada y dinámica de hace unos años. Percibes, sin necesidad de ir a ninguna universidad, que algo no va como iba. Y tienes toda la razón. Hay muchos que hoy intentan reflexionar sobre lo que está pasando y no creas que tienen demasiadas cosas claras... Se van aclarando. Cuesta decir: Hay esto y esto y se hace así. Me gusta mucho una cita de los Obispos franceses en su “Carta a los Católicos de Francia” que dice: Rechazamos toda nostalgia de épocas pasadas en las que el principio de autoridad parecía imponerse de manera indiscutible. No soñamos con un imposible regreso a lo que se denominaba la cristiandad. En el contexto de la sociedad actual es donde queremos poner por obra la fuerza de propuesta y de interpelación del Evangelio sin olvidar que éste es susceptible de contestar el ordenamiento del mundo y de la sociedad, cuando este ordenamiento tiende a hacerse inhumano. En resumen, pensamos que los tiempos actuales no son más desfavorables para el anuncio del Evangelio que los tiempos de nuestra historia pasada. La situación crítica en la que nos encontramos nos impulsa, al contrario, a ir a las fuentes de nuestra fe y a hacernos discípulos y testigos del Dios de Jesucristo de una forma decidida y racial.

Estamos cambiando de mundo y de sociedad. Un mundo desaparece y otro está emergiendo sin que exista ningún modelo preestablecido para su construcción.

A tientas

Lo que nos dicen los Obispos del país vecino es que tenemos que hacernos a la idea de que el futuro no se hace tomando referencias del inmediato pasado. Es normal en nuestro funcionamiento de educadores echar mano de lo que hicieron con nosotros, de lo que vimos hacer, de lo que nos dijeron. Seguro que te has hecho preguntas como éstas al preparar una catequesis: ¿Qué hice el año pasado? ¿Qué se suele hacer? ¿Cuál es la costumbre del lugar? Estas preguntas iniciales pueden tener algo de valor. Pero aunque conozcamos la respuesta, es posible que la respuesta no nos valga hoy y tengamos que lanzarnos con celo apostólico (y no a lo loco!) a construir el futuro sin las referencias anteriores. Es un reto apasionante. Vivimos un tiempo rico en creatividad.

Esto nos toca

La figura del catequista está “tocada” por esta realidad de la catequesis. En el imaginario colectivo hemos ido haciendo una silueta bien determinada de lo que es un catequista de niños, de preadolescentes, de adolescentes, de jóvenes y no sé si de adultos (me temo que no porque los adultos dan miedo). Nosotros mismos hemos interiorizado una forma de ser catequista que proviene de lo que vemos y de los catequistas que a nosotros nos “dieron” catequesis. Nosotros nos sentimos catequistas de una determinada manera.

Recordamos, posiblemente, la bondad de los catequistas que nos atendieron en la catequesis o su forma de hacer catequesis o la edad que tenían. Hubo un tiempo (y todavía hay parroquias que siguen así) que ser catequista era el final normal del día después de la Confirmación.

Todo ello tenía una explicación lógica dentro de una manera de concebir la totalidad de la institución llamada catequesis.

Cuando esta institución se replantea y se quiere ajustar mejor a la realidad de la Iglesia y del mundo, también la figura del catequista es alcanzada y tocada para ser retocada y reinterpretada.

El catequista que sueño

Un catequista que sabe dar razón de su fe no sólo porque sabe cosas que ha leído, sino porque, además, narra la fe que vive.

Un catequista que tiene experiencia de vida cristiana; esta experiencia exige una determinada edad. Hay realidades humanas que llegan con los años, se viven cuando es “el tiempo”. Es verdad que el Espíritu de Jesús hace maravillas y hay santos de 14 años. Pero “ser joven” no es una carta credencial para ser catequista o para entender a los niños y a los jóvenes. Hay educadores, catequistas, fundadores, santos que eran el encanto de los niños y de los jóvenes. Lo central para ser catequista no es la pregunta ¿cuántos años tienes?, sino la madurez humana y cristiana que el catequista ha adquirido.

Un catequista que se sabe encontrado por Dios y que encuentra a Dios en la Palabra, en la vida, y en la acción pastoral que realiza. Porque se siente encontrado por Dios y porque sigue encontrando a Dios en la palabra, en la oración, en la vida, en la reflexión y estudio es capaz de poner a otros en camino para dejarse encontrar y para que encuentren a Dios. Si, como hemos dicho más arriba, estamos en un momento en el que no nos podemos referir a lo que hicieron con nosotros, tenemos que tener cierta capacidad de reflexión, de búsqueda, de ir a las fuentes de la tradición eclesial. No inventamos desde cero, sino en el contexto de una tradición eclesial que nos precede y que ha pasado muchas historias tan difíciles o peores que la nuestra.

Un catequista que es maestro. La palabra maestro aquí la entiendo en un sentido muy amplio: maestro de vida. Para vivir no nos basta tener muchas cosas en la cabeza. Tenemos que tener la cabeza bien amueblada, al menos con lo esencial. Pero tenemos que saber vivir. Una madre, un padre, un director espiritual, un acompañante es el que nos alienta y nos ayuda a vivir, sobre todo en esos momentos en que “tenemos la teoría”, pero no sabemos hacerla práctica. Un acompañante no hace el camino a nadie, pero da pistas para que cada uno haga su camino. Un maestro no da por hecho que se ha llegado a la meta, sino que da perspectiva y señala que queda mucho por hacer.

Un catequista que sea comunicador. “La finalidad de la formación (del catequista) busca, por tanto, que el catequista sea lo más apto posible para realizar un acto de comunicación” (DGC 235). Un catequista que sienta “celo” por anunciar el Evangelio hoy a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, que son los que son, que son como son, aunque puedan ser de otra manera, y a ello les llevará el Evangelio. Un buen comunicador ayuda a personalizar, establece relaciones cercanas y personales con el otro, sabe que el trabajo no se acaba en el grupo; la persona tiene que asumir como suyo lo que se dice para todos.

No te asustes

Ya sé que ahora mismo tienes más ganas que antes de decir: “Pues yo lo dejo porque no doy la talla ni la daré”. El susto es una cosa corriente en todos los que son llamados por Dios para una tarea en la comunidad. Basta que pienses en los profetas. Lo normal es el miedo, la excusa... Si tienes miedo y dices: “mira que soy como un niño y no sé hablar” (Jer 1,6), te diré que esa es casi una razón para seguir en la brecha. Lo de Dios es un poco misterioso siempre. Nos pide formación, profundidad, y al mismo tiempo, nos urge a que no nos creamos que “las cosas de Dios” se transmiten cimentadas en técnica. La evangelización es obra, sobre todo, de Dios, no nuestra. Cuando la hacemos tan nuestra que Dios no interviene, pues la cosa se acabó. Es Él quien pone palabras en nuestra boca cuando nosotros nos ponemos en sus manos y somos, como María, disponibles para el Señor que nos llama.

Álvaro Ginel Vielva (SDB)
Fuente: www.isca.org

domingo, 2 de diciembre de 2007

Tiempo de Adviento


¡Despertemos, llega Cristo! ¡Ven Señor!

Hoy comienza otra vez el Adviento y, cuando se nos pregunta sobre el significado que tiene para nosotros, quizá lo primero que respondamos es que es el tiempo de espera de la Navidad. Sí, es cierto pero es mucho más que eso. Esta época del año nos sorprende sumidos en infinidad de ocupaciones y agitaciones, reuniones de fin de año, exámenes, balances, preparativos de las vacaciones y toda esa vorágine nos hace distraernos del sentido primordial de la gran fiesta que se avecina para los cristianos.

Adviento, venida, espera, esperanza, esperamos un gran día, el de Navidad, el del nacimiento histórico de Jesús de Nazareth. Dios se hace uno de nosotros y ya no estamos solos porque el Señor está con nosotros, cerca de nosotros y nos trae una esperanza que en cada tiempo de Adviento renovamos.

Porque el Señor siempre está viniendo a nuestra vida, aún cuando estemos atravesando una quebrada oscura, como nos dice el salmo del Buen Pastor. Y precisamente cuando atravesamos una de esas quebradas oscuras quizá la tentación nos asalte y dejemos de rezar. Pero tenemos que saber que hay una oración para hacer desde la oscuridad, esa oración consiste en tres palabras...¡Ven Señor Jesús". Y el Adviento es el tiempo de la venida de ese Señor al que esperamos.

Ayúdanos a salir a tu encuentro
¡Ven Señor Jesús!

martes, 13 de noviembre de 2007

Mi amigo el exorcista


Por: Sor Lucía Caram O.P

Hace unos meses me llamó un buen amigo dominico y me dijo: “-Lucía, el arzobispo de Barcelona, me acaba de nombrar exorcista de la arquidiócesis”.

Confieso que sabía que existían aun los exorcistas por algunas declaraciones que me sonaban a excéntricas del famoso padre Fortea- y mucho pintorescas o patéticas después de visitar sus páginas web en las hay una importante exhibición de fotos suyas- pero ignoraba si tenían trabajo, y si la gente acudía a estos “servicios”.

Le dije: “-Juanjo, me alegro porque supongo que la gente que irá a ti es gente que sufre, y a la que podrás ayudar. No sé cuál es la causa del sufrimiento, física, moral, psicológica, o todo a la vez. Lo otro, la verdad, me cuesta de creer.” Mi amigo me dijo: “-Lucía los curas y las monjas son los más escépticos para creer en estas cosas.” Como el Padre Juan José Gallego O.P. es un buen amigo y confío absolutamente en su sentido común, le dije que ya sabía que podía contar –como siempre- con mi cariño, oración y lo que necesitara.

Pasadas unas semanas compartí en el locutorio del Monasterio una conversación con un grupo representativo de la Ciudad y alguno de ellos, a raíz de un reportaje televisivo que habían emitido, estaban inquietos con el tema de los exorcismos. Notaron mi escepticismo, y alguno incluso me cuestionó este hecho. Les dije que tenía una amigo que habían nombrado exorcista y que lo invitaría para que hablaran con él, que seguro hablaría con más autoridad de un mundo que desconozco y que la verdad, no me inquieta demasiado. Me hizo pensar tanta inquietud e interés.

Bien, esta semana, a instancia de mis amigos, le invité al Padre Juanjo a la televisión para hacerle una entrevista. Comencé diciendo: “La película del Exorcista nos ha hecho conocer de cerca el mundo de la lucha contra el mal, concretamente contra el diablo. Muchos han visto el film como una película más de terror, otros como una de ciencia ficción, y otros con grandes interrogantes.

La gente intenta ser escéptica con el tema del diablo, pero cuando se habla a fondo, pocos quedan indiferentes. Unos niegan su existencia, otros la afirman tanto, que parece que perdemos la libertad y somos esclavos de las fuerzas del mal, y se olvidan del bien, y que Dios es más fuerte, y que las personas somos libres para decidir. Santiago -1,14- decía que Dios no nos tienta, sino nuestra propia concupiscencia".

Comenzó la entrevista y me explicó que estas semanas había tenido unos casos que le habían impresionado mucho. Que cuando él actuaba sabía que no era él quien expulsaba al demonio, sino que lo que hacía lo hacía en nombre de Dios; que al principio tenía miedo, pero que ahora se sentía muy reconfortado por la oración, etc.

Me llamó la atención -y aquí quería llegar- su afirmación de que la gran mayoría de gente que va a verlo, es gente que ha estado en grupos satánicos, en temas de brujerías, de tiradas de cartas, en magia negra, wija, etc. Casi todos jóvenes que lo han probado todo, y que han quedado tocados, enganchados y destrozados.

En una sociedad en la que cada vez estamos más secularizados, en la que parece que pasamos hasta de Dios, la gente busca, necesita creer en algo, y es fácilmente vulnerable por los inescrupulosos, que a cualquier precio se dedican a destrozar la vida de las personas.

Cuando acabé la entrevista vino a mi mente aquello de Paulo Coelho: “Conozco a Satanás: cuando te paras se te pone delante y te desafía con una tentación. Los hombres son capaces de crear demonios artificiales. Para destruirlos, basta con no darles poder.”
El poder lo tenemos nosotros, y consiste en vivir la vida con normalidad, aceptar los acontecimientos como se presentan y procurar ser dueños de nuestros actos. El poder nos lo da, ¡que duda cabe!, el saber que hay UNO que ha vencido a la muerte y al pecado, que VIVE y que “ya nos ha sentado” con el Padre en el Banquete de la Vida.

San Pablo en la Carta a los Romanos -8,31-39 nos da la clave para vivir sin miedos y sin fantasmas, con confianza y libertad, sabiendo que nada ni nadie nos apartará del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús:
"Si Dios está con nosotros, ¿quién estarà contra nosotros? El que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?

¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?

Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, manifetsado en Cristo Jesús, Señor nuestro.

www.dominicos.org/manresa

jueves, 13 de septiembre de 2007

Prohibido quitarse la cabeza


Lucía Caram (OP)
dominicos.org/manresa


Decía Chesterton que "La iglesia nos pide que al entrar en ella nos quitemos el sombrero, no la cabeza". Con su genialidad y humor inglés, el sabio escritor alerta sobre uno de los grandes peligros que corren aquellos que “queriendo ser más papistas que el papa” se niegan a utilizar la inteligencia y se conforman con una fe infantil que se resiste a crecer y a madurar.

La fe del carbonero, no está mal, pues nadie le pedirá a nadie más de lo que puede, –¡y mucho menos Dios!– pero si se nos han dado unas capacidades, es para utilizarlas y sobre todo para ponerlas al servicio de los otros, al tiempo que nos llevan a la propia realización y al desarrollo humano y cristiano.

El “Fides quaerens intellectum”, –la fe que busca entender– era la consigna o el principio que se nos inculcaba por activa y por pasiva en las clases de Teología Fundamental, invitándonos a “pensar la fe”, y advirtiéndosenos que a la hora de los exámenes los listillos que quisieran disimular su falta de estudio con argumentos ”piadosillos”, ¡lo tendrían claro!

Digo esto porque la teología, que algunos definen como la fe de los “que piensan”, no es un arma desestabilizadora cuando va más allá de lo “que siempre se nos ha dicho”. Su reflexión nunca ha de ser una reflexión al margen de la fe ni contraria a la razón, y por lo mismo no es "peligrosa" ni lo es el avanzar por los caminos de la fe de su mano.

San Anselmo, que de “sospechoso de hereje” no tenía nada, nos regaló una auténtica perla que vale la pena tener presente cuando legítimamente nos preguntamos por la fe que se nos ha dado, y que libremente hemos acogido: “Señor, yo no pretendo penetrar en tu profundidad, ¿cómo iba a comparar mi inteligencia con tu misterio? Pero deseo comprender de algún modo esa verdad que creo y que mi corazón ama. No busco comprender para creer, no busco comprender de antemano, por la razón, lo que haya de creer después, sino que creo primero, para esforzarme luego en comprender. Porque creo una cosa: si no empiezo por creer, no comprenderé jamás” (Proslogion 1: PL 158,227).

Desde esta plataforma quiero insistir en que la razón ilumina la fe en sintonía con la Buena Nueva del Evangelio, y que no pocas veces este diálogo entre fe y razón, pone “patas arriba” la fe que nos transmitieron en la que todo era “incuestionable”..

La crítica no hace un mal servicio a la verdad, al contrario, la garantiza, y seguramente tener una fe que se deja iluminar por la razón, y una inteligencia que es humilde para abrirse al misterio, hará que la verdad del Evangelio se anuncie como un mensaje acorde, también hoy, para nuestros contemporáneos.

Fernado Pessoa en su libro “El desasosiego” decía: “Soy hijo de un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes han perdido la fe en Dios por la misma razón que sus padres la habían tenido siempre: sin saber por qué”.

Necesitamos razones personales para alimentar nuestra fe y dar razones de ella; para fortalecer nuestros lazos y vínculos con Dios que lo es todo, pero que siendo un misterio inabarcable, siempre nos puede sorprender revelándonos algo que está más allá de lo establecido, formulado y creído.

Que el Señor aumente nuestra fe, y que ilumine nuestra inteligencia para que conociéndole nos adhiramos a Él con todo nuestro ser, ¡también con nuestra inteligencia!

Por eso, por favor, no nos quitemos la cabeza cuando entremos en la Iglesia, ni pensemos que “es más perfecto el que calla y asiente sin pensar”.

La fe es una cuestión personal; ni siquiera es una cuestión eclesial: ninguno puede creer por mí. Mi fe, es la fe de la Iglesia, pero la Iglesia no cree por mí.

“Fides quaerens intellectum”… un latinajo que tiene mucha miga y que abre la puerta al pan de la Verdad que es muy sabroso y que podemos gustar con la mente y el corazón.

Comentario editorial: Agradecemos a Sor Lucía por autorizar la publicación de sus comentarios tan interesantes en nuestro blog. Sor Lucía es argentina pero vive en España desde 1989 y sigue trabajando activamente en beneficio de su provincia: Tucumán.