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viernes, 1 de mayo de 2009

1º de mayo, día internacional del trabajador





Conmemorando este día especial, el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires elaboró este breve informe que tenemos el gusto de transcribir.

Viejos oficios

Con motivo de la conmemoración del Día del Trabajador rendimos un homenaje a todos aquellos viejos oficios de nuestra Ciudad.

El colchonero, el cloaquista, el lechero, el fotógrafo de la plaza, el paragüero, el sombrerero y muchos otros simpáticos trabajadores más que recorrían las calles de Buenos Aires que aún se alumbraba a kerosén. Estos hombres eran portadores de un saber artesanal en donde la experiencia y la dedicación jugaban un papel fundamental. Solucionaban y atendían las necesidades de una ciudad que estaba en continuo crecimiento.

El progreso y los avances técnicos acabaron con muchos de estos viejos oficios, sin embargo y, si estamos atentos, aún podemos encontrar en los barrios porteños algunos de estos oficios y trabajos que persisten en el tiempo.

Para revivir la memoria de los que ya peinan canas, o para conocer aquellos trabajos de los que hoy nos resulta difícil creer que existan, te presentamos y describimos algunos de ellos.

El fotógrafo de la plaza

En ningún parque o paseo de Buenos Aires con pretensiones de importancia faltaba el “fotógrafo de la plaza”. Estos personajes llevaban puesto un guardapolvo gris y una gorra que podía ser la clásica o, en muchos casos, una gorra vasca que nada tenía que ver con la nacionalidad del fotógrafo.

Para los niños, el fotógrafo, era un misterioso mago que atrapaba su atención en medio de extraños procesos. La antigua maquina fotográfica consistía en una caja de aproximadamente 40 centímetros de alto por 30 de ancho, sostenida por un trípode. Desde un piolín colgaba una tapa negra que servia para abrir o cerrar la entrada de luz. Además, en la parte superior de la máquina se encontraba una tabla de 50 centímetros en la que el fotógrafo ponía el negativo. Luego, lo retiraba y lo introducía en una cubeta a la que se había colocado un líquido revelador y, de esa manera, empezaba a aparecer sobre el papel blanco figuras de tonos marrones que luego se fijarían en negro. Después de este proceso, al fin aparecía, un poco húmeda, la mágica y ansiada foto que se introducía en un sobre y se entregaba al cliente. La fotografía en la plaza era un recuerdo de paseos domingueros que las familias porteñas apreciaban y guardaban con mucho cariño.

El ropavejero a domicilio

Su modalidad de venta era la recorrida casa por casa, barrio por barrio y, en muchas oportunidades, ofrecía el pago en pequeñas cuotas mensuales. Además de vender, compraban e intercambiaba ropa. Estos comerciantes eran en su mayoría miembros de la colectividad judía.
Su mercadería consistía en ropa usada de hombre, mujer o niño y cuando el ropavejero no tenía lo que se le pedía se comprometía a conseguirlo para la próxima semana. Este amigable vendedor representaba una verdadera ayuda, sobre todo, para aquellas familias numerosas y de bajos recursos que habitaban los barrios periféricos de la Ciudad.

El “Turco” vendedor de baratijas

A ciencia cierta, no se sabe si estos vendedores provenían de Turquía, lo cierto es que, independientemente del lugar donde hubieran nacido, la gente los conocía como el “el turco de las baratijas”.

Eran vendedores a domicilio recorrían los barrios y pasaban por todas las casas. Muchas veces sus clientes eran las amas de casa o el personal de servicios de las familias acaudaladas. Ofrecían relojes, pulseras, collares de fantasía, hilo para coser, agujas, ovillos de lana y revistas que enseñaban a tejer, entre otros miles de productos disímiles que estos simpáticos vendedores transportaban en un carrito de mano.

En la mayoría de las oportunidades, el turco, entregaba sus mercaderías y pasaba a cobrar al mes próximo. Estos graciosos comerciantes recorrían las cuadras del barrio al grito de “veine y veineta” y solucionaban una cantidad de necesidades de aquella población porteña sin mayores recursos.

Colchonero, puerta a puerta

A domicilio y en su casa. Iba con la máquina de cardar la lana; se descosía el cotín, cardaba la lana y lo volvía a armar, poniéndolo más prolijo con los correspondientes botones que formaba el “Capitoné”.

El Almacenero del barrio

Antes del apogeo de los supermercados, el almacén del barrio era el lugar que nos preveía de casi todo lo necesario en cuestión de alimentos. Los almaceneros vendían todo suelto: fideos, yerba, azúcar, aceite, galletitas...Lo envolvían en “papel de almacén”, y tenían una forma característica de hacerlo, dejándole al paquete como dos orejitas en el final del envoltorio.

Polleros, los orígenes del delivery

Te vendía el animalito vivo en tu casa. Cuando llegó el “progreso”, lo comprabas en el puesto del mercado: lo elegías, lo mataba y te lo pelaba..... ¡Ay que triste!... ¿¡quién quería ser parte de esto!?

El cloaquista

Era un trabajador al que el dueño de casa contrataba aproximadamente una vez por mes dependiendo de la cantidad de cuartos de baño que se tuviera en el hogar. Vestía con guardapolvo azul y gorra y llegaba siempre lleno de herramientas.

Su principal medio de trabajo consistía en un balde cilíndrico con el mismo diámetro en toda su extensión. Además, contaba con baldes comunes, dos o tres trapos de piso, una o dos franelas, un caño flexible para destapar cañerías y dos grandes botellas con un fuerte y oloroso desinfectante que distribuía en los inodoros mientras que, con mucha fuerza, le pasaban un cepillo. Una vez hecha la desinfección pasaban las franelas por todas partes y terminaban su trabajo echando desinfectante en todas las rejillas de la casa. A su partida dejaban una estela de olores de fuerte sabor a desinfectante.

El lechero

La modernización del reparto de leche se llevó a cabo con la iniciativa de las empresas “La Martona” y “La Vascongada”. Estas firmas empezaron a utilizar botellas de vidrio de color verde de un litro con tapitas de cartón que luego se reemplazaron por unas metálicas. Fue así como el trabajo del lechero se simplificó. Antes de estos avances, el repartidor pasaba por las casas con un carro y un caballo en donde transportaba la leche en unas grandes vasijas metálicas. Las vecinas del barrio se acercaban cada una con su recipiente que, luego llenarían con el cremoso liquido. Mientras tanto, el obediente caballo avanzaba despacito hacia la casa del próximo cliente y a lo lejos se escuchaba una voz al grito de “a tomar la leche”.

El changador

En una ciudad como Buenos Aires apodada la porteña, es decir, la del puerto, no puede faltar el “changador”. Trabajaban en el puerto y en las estaciones del ferrocarril, su altura era lo de menos, había altos y bajos, pero todos eran corpulentos y fortachones. Iban y venían cargando en sus hombros todo tipo de mercadería, se vestían con una camisa de color indescifrable, pantalones de tiro corto sujetados por una larga faja negra y completaban su atuendo con una boina vasca. Los niños veían como superhéroes a estos “forzudos” personajes.

Nota:

Y había muchos más: el talabartero, que vendía y reparaba monturas para el caballo y otros elementos, el carbonero, que vendía el carbón que se usaba para encender cocinas y estufas; el zapatero remendón, que aún existe pero más sofisticado; el hielero, que vendía el hielo casa por casa, en barras para enfriar los alimentos que se conservaban en una heladera con puertas de zinc.

El florista, aún existe también pero antes no había puestos de flores sino que pasaba el florista a una hora determinada y las amas de casa salían corriendo a la calle para comprar flores.

El verdulero, que pasaba con su carro tirado por caballos cargado de frutas y verduras. El panadero de una panificadora "La Panificación" que vendía los primeros panes lácteos que se conocieron por aquí.

Me pareció útil agregarlos al artículo publicado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires

martes, 7 de agosto de 2007

La timidez en los niños




"Redescubrir", investigando sobre la timidez en los niños y el rol de la familia, conversó con Graciela Muñoz, madre de un joven que en su infancia daba señales de padecer un grado de timidez tal que, en algún momento de su vida, lo privó de tener acceso a algunas actividades propias de su edad.

Podrías contarnos Graciela cómo se dieron cuenta que Federico era tímido.

Nos dimos cuenta porque siempre era el último en subir al micro escolar, le costaba reclamar algo a sus maestros e inclusive, entrar a preguntar a un negocio por el valor de un juguete. Nos preocupamos porque veíamos a los otros chicos que se atropellaban para ser los primeros, ante tanto avasallamiento nos preguntábamos ¿qué le pasa a Federico que no hace lo mismo?

¿Probaron algún método? por ejemplo, ¿lo mandaban a comprar algo? te lo pregunto porque a los que son tímidos le cuesta hacerlo, especialmente si son pequeños .

¡Ni qué hablar de enviarlo a realizar una compra porque siempre tenía una excusa para no ir! , o estaba haciendo la tarea escolar, o era la hora de bañarse, o tenía que ordenar los juguetes. Nos dábamos cuenta que no era por pereza pues se levantaba sin chistar para ir al colegio, nunca faltaba aunque estuviera con un resfrío o le doliera algo. Nos dábamos cuenta sí de que padecía de un cierto grado de ansiedad porque le transpiraban las manos y se le notaban frías cada vez que se veía sometido a un grado de estrés, especialmente en las circunstancias mencionadas.

¿Pensaron que podían estar sobreprotegiéndolo o siendo muy blandos con él?

Y...no sabíamos muy bien qué hacer, sí pensamos que lo habíamos sobreprotegido, que lo habíamos truncado en algún momento de su crecimiento, sentimos bastante culpa y nos daban ganas de protegerlo más aún, de decirle que no se preocupara, que ya iba a pasar. Pero él no daba muestras de sentirse preocupado más que cuando lo invitaban a salir y siempre ponía una excusa para no ir.

A veces uno escucha que muchos padres los empujan para que enfrenten la situación por más que les cueste. ¿Ustedes lo hicieron o lo dejaron resolverlo por sí mismo?

Quizá a veces intentamos empujarlo pero no dio resultado. Siendo ya un adolescente, comenzó a querer superar esa situación y lo apoyamos, le ofrecimos ir a una consulta psicológica, que hiciera teatro, que jugara un juego de equipo. Nunca le gustó el fútbol, por ejemplo pero sí el básquet, la natación, el judo y los juegos de mesa como el ajedrez y las damas y fueron una via propicia para la resolución, hacer lo que le gustaba lo fortalecía.

También sabemos que muchas familias tratan de superar estas situaciones burlándose de esta característica, compararlos con otros que no la sufren. ¿Qué hicieron ustedes?

Nunca lo disminuimos ni nos reímos de sus reacciones, por el contrario, tratamos de elevar su autoestima que, luego descubrimos, estaba disminuida por ser el de más baja estatura de su clase aunque, lo compensaba con su gran inteligencia, memoria y creatividad. De más está decir que no bastaba que los maestros lo consideraran inteligente y capaz cuando sus compañeros se burlaban de su estatura porque el reconocimiento de los pares es muy necesario a cualquier edad.

Generalmente los tímidos tienen algún tipo de reacción orgánica o física por medio de la cual expresan su timidez. ¿Detectaron algún síntoma en Federico?

Sí y lo llevamos al médico por las somatizaciones que experimentaba , te dije que le transpiraban las manos y sufría también de dolores de estómago o vómitos, todos sin causa orgánica pero... así fue pasando el tiempo. Tratamos de no obsesionarno con la situación, de no forzarlo a enfrentar sus temores. Nuestra intuición nos impulsó a apuntar a lo espiritual, a "convencerlo" de que era un ser único, especial para su familia y sus verdaderos amigos y que las bromas en el colegio eran cosa de todos los días, que ya se iban a cansar y no se las harían más.Hasta el rector del colegio estaba preocupado porque no reaccionaba a las burlas cuando cualquiera en su lugar hubiese golpeado a quien lo degradara pero él no. Cuando le preguntamos por qué no reaccionaba nos dijo que era consciente de ser más pequeño que los otros y éso le jugaba en desventaja, y que si reaccionaba, sabía que iba a ser duro porque a pesar de todo era muy fuerte. Y así fué, recuerdo un día en que los traviesos de siempre molestaron a una compañerita, tenía entonces siete años, y les pidió que no la molestaran; al seguir con las bromas, reaccionó y le dio un trompazo en la nariz a su compañero haciéndolo sangrar por un buen rato.
Cuando llegó a casa dijo que nunca más le pegaría a nadie y así fue.

¿Cómo está hoy?...¿cambió la situación?

Hoy es un adulto, creció en estatura y en ser, pudo poner su creatividad en acto, tiene proyectos, los comunica, sabe hablar con cualquiera y de cualquier tema porque aprovechó los momentos en que sus compañeros estaban ocupados en las travesuras comunes de la edad para leer, jugar y crear. Todavía no superó del todo la timidez pero tiene mucho tiempo por delante.

¿Podrías dejar un mensaje a tantos padres y madres que piensan que su hijo o hija tiene que ser igual a todos los demás chicos de su edad y se preocupan si los ven diferentes?

Para mi, para nosotros mejor dicho, lo importante fue ser capaces de distinguir lo propio, personal y único de cada hijo y tratar de fortalecerlos en su debilidad para que puedan llevar adelante su vida reconociéndose únicos e irrepetibles, con virtudes y defectos porque todos los tenemos, aún los compañeros que molestaban a Federico, y que para cada uno hay un tiempo, un lugar, una oportunidad de dar y recibir lo que por ser humanos nos merecemos, todos y cada uno de los que vivimos en este mundo. Pero por sobre todas las cosas, los padres tenemos que ser capaces de no interferir en la evolución natural de la personalidad de nuestros hijos, ser capaces de distinguir la esencia de cada uno y no sumarnos a la manada sino aprovechar el descubrimiento de los talentos propios de cada uno e incentivarlos. Muchas veces conversaba con las madres de otros compañeros y me daban consejos sobre cómo actuar porque tenía que ser y hacer como todos los demás pero tampoco yo era una mamá del montón sino que soy de esas madres conscientes de que los hijos son hijos de la vida y que cada uno recibe según su recipiente.

Muchas gracias Graciela por tu testimonio.

No, por nada, ha sido un gusto.

Nota realizada para "Redescubrir" por Gabriela Costa