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miércoles, 16 de junio de 2010

La verdad periodística


Por Javier Úbeda Ibáñez

La mayoría de los códigos deontológicos consideran el respeto a la verdad como el primer principio ético que ha de inspirar el comportamiento de todo profesional de la información. Sin embargo, la práctica cotidiana del periodismo se aleja en demasiadas ocasiones de este criterio moral. El periodista, como individuo, recibe presiones de todo tipo: el empresario o director marcan líneas de información, los intereses políticos o económicos a los que se debe su medio promueven comportamientos de escasa calidad moral... La verdad no es en muchos casos objetivo fundamental de la información periodística. A veces ésta se realiza omitiendo datos esenciales de un hecho, deformando el material informativo, por no hablar de las ocasiones en las que se pretende adoctrinar, manipular y, en definitiva, engañar antes que transmitir con el máximo rigor la complejidad de los hechos.

Hay que tener en cuenta que, en el periodismo, el concepto de verdad que se maneja es de carácter, podríamos decir, procedimental. ¿Qué es la verdad de un hecho? ¿Cómo sabemos si estamos contando la verdad? Todos tenemos prejuicios, presupuestos, intereses, de los cuales ni siquiera somos conscientes en muchas ocasiones. También los informadores. Por eso mismo, la verdad periodística consiste en un procedimiento, en un modo de trabajar, según el cual –como señalan la mayoría de los códigos éticos- el profesional tiene el deber de contrastar las fuentes, de dar la oportunidad a las personas afectadas por una información a que ofrezcan su propia versión de los hechos, corregir públicamente los errores que se hayan advertido en la difusión de una información, facilitar la oportunidad de réplica de los implicados o lectores... Cumpliendo estos –y otros- procedimientos, podríamos afirmar que nos estamos acercando a la verdad informativa. Sin embargo, la realidad cotidiana del periodismo es muy otra: la precipitación, la superficialidad, la ideologización y los silencios son más comunes de lo deseable; sobre todo en temas de carácter ético, religioso o científico, que exigen, quizá, mayor rigor.

Libertad y responsabilidad en la información


Por Javier Úbeda Ibáñez

Tradicionalmente, los profesionales de la información tenían como finalidad su independencia, que servía como salvaguarda de su objetividad a la hora de desarrollar su actividad periodística. Hoy, desgraciadamente, la profesión informativa se encuentra en connivencia con el poder político y el poder económico. Los medios de comunicación conciertan alianzas con el mundo empresarial y de las finanzas. Ello contribuye a convertir la información en un asunto exclusivamente mercantil y a alejarla de los intereses del público. Se va extendiendo así la desconfianza hacia los profesionales de los medios de comunicación, que cada día son más parciales.

Algunos informadores están sometidos a presiones morales, financieras, ideológicas y políticas. Ante ello, sólo una conciencia ética sólida y vigorosa constituye el mejor antídoto ante las incitaciones a la corrupción. La corrección ética es la mejor defensa de la credibilidad profesional en materia de información. Es la ética profesional la que enseña a los informadores a escuchar y aprender de las críticas del público, así como a defenderse de los poderes políticos y económicos mediante el ejercicio de la legítima libertad de expresión al servicio del bien común. La profesionalidad informativa exige cada vez más conocimientos y más sentido de responsabilidad. La responsabilidad del informador es el ejercicio razonable de la libertad de expresión y es un asunto primordial y específico de la ética. La relación entre competencia profesional y responsabilidad ética es muy estrecha. Sin embargo, no se puede exigir responsabilidad a quienes no son libres.

Una utilización libre y responsable de los medios de comunicación es una utilización ética de los mismos. Los informadores han de estar provistos de dos cualidades esenciales para utilizar correctamente estos instrumentos mediales: la libertad y la responsabilidad, es más, estos dos elementos aparecen como indisolubles, ya que, sin responsabilidad, la libertad puede tornarse en abuso, y la responsabilidad no existe allí donde uno no es libre, sino que actúa con sometimiento o vasallaje hacia otro. La libertad y la responsabilidad en el uso de los medios de comunicación garantizan la salvaguarda de la verdad, la solidaridad y el respeto a la dignidad humana, tres exigencias ineludibles que deben prevalecer en el entorno mediático si no se quiere caer en la desinformación y en la manipulación de la persona, con todo lo que ello puede acarrear de efectos funestos y degradantes.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Saber escuchar activamente


Una manera de favorecer las intercomunicaciones

¿Quién no ha dicho, alguna vez, frente a un intercambio de ideas: “lo que pasa es que no me estás escuchando”? ¿Quién no ha recibido esto como sentencia?Saber escuchar no es fácil, y no todos escuchan. A lo sumo, oyen. ¿Eres uno de ellos?

Entre el oír y el escuchar, la diferencia reside en la intención. El primero sucede independientemente de nuestra voluntad, no así el segundo, que encierra una intencionalidad.

La buena comunicación, la comunicación positiva, la sana comunicación entre dos o más personas demanda la escucha activa. No de uno, sino de todos los involucrados.

Existen diferentes tipos de escucha que dependen de la atención que se presta a quien comunica. Ésta puede ser apreciativa, cuando se escucha sin poner atención. Oyendo más por obligación que por convicción. Cuando se atiende sólo a una parte del mensaje; aquélla que la persona considera más importante es la escucha selectiva. Si se centra más en el fondo que en la forma se habla de una escucha discernitiva.

Al separar la emoción de la información que se recibe, el tipo de escucha se vuelve analítica. Mediante la escucha empática, interpretamos el mensaje a través del mundo del emisor.

Por último, la escucha activa.La escucha activa forma parte de técnicas para una comunicación eficaz. Debemos tener presente que la eficacia difiere de la eficiencia en el sentido de que la eficiencia hace referencia a la mejor utilización de los recursos, en tanto que el ser eficaz apunta a la capacidad para alcanzar un objetivo. La meta aquí sería escuchar y comprender la comunicación desde el punto de vista del que habla. Esto exige un esfuerzo mayor que el que se hace cuando se habla.

La escucha activa es la habilidad de escuchar no sólo lo que la persona está expresando directamente, sino también los sentimientos, ideas o pensamientos que subyacen a lo que se está diciendo. Es captar, en lo verbal y en lo no verbal, también aquello que no se está diciendo.

La escucha activa implica adueñarse de la totalidad del mensaje e interpretarlo desde el punto de vista de nuestro interlocutor.“La escucha activa requiere un disciplinado esfuerzo para silenciar toda esta conversación interna, mientras tratamos de escuchar a otro ser humano. Requiere un sacrificio, el máximo esfuerzo por nuestra parte, para bloquear un ruido y entrar realmente en el mundo del otro, aunque sólo sea por unos minutos.

La escucha activa consiste en tratar de ver las cosas como el que habla las ve, y tratar de sentir las cosas como el que las habla las siente. Esta identificación con el que habla tiene que ver con la empatía y requiere un esfuerzo más que considerable” (James Hunter, La Paradoja).Sin lugar a dudas, la escucha activa debe convertirse en un hábito positivo.

Este tipo de escucha se aprende y, para aprender, se debe tener disposición. Este entrenamiento permitirá conseguir un grado de empatía con el otro para hacerle saber que se es capaz de ponerse en su lugar, sin que esto signifique aceptar o estar de acuerdo con lo que expresa.

Frases del tipo “entiendo lo que dices”, mostrarán esta actitud.Consecuentemente, el interlocutor adquirirá la confianza necesaria para un sinceramiento, además de sentirse valorado, facilitando, así, que se eliminen tensiones.Esto es muy importante en ambientes laborales, donde el estrés se está transformando en el obstáculo principal de las comunicaciones.

Ángel Antonio Marcuello García, jefe del Gabinete de Psicología de la Escuela de Especialidades Antonio de Escaño (Ferrol-La Coruña), aconseja que, para obtener una buena escucha activa, debe evitarse:

• Distraerse. Alimentar constantemente la atención

• No interrumpir al que habla.

• No juzgar.

• No ofrecer ayuda o soluciones prematuras.

• No rechazar lo que el otro esté sintiendo, por ejemplo: "no te preocupes, eso no es nada".

• No contar "tu historia", cuando el otro necesita hablarte.

• No contraargumentar. Por ejemplo: el otro dice "me siento mal", y tú respondes "yo también".

• Evitar el "síndrome del experto": ya tienes las respuestas al problema de la otra persona, antes, incluso, de que te haya contado la mitad.

Queda más que claro que el escuchar no es algo pasivo. La escucha consciente no sólo proporciona beneficios a quien habla, sino también a quien escucha. En primer lugar, se capta toda la información sin ningún tipo de rechazo, y es, por excelencia, la escucha que espera el otro. Esto hace que una persona sea el centro de atención y confidente de muchas otras personas. Favorece las relaciones positivas, al llegar al fondo de los conflictos y las crisis; otorga seguridad, ya que los interlocutores perciben que sus mensajes han sido comprendidos perfectamente. Por sobre todo, provoca respeto tanto en uno como en otro, que es la base de una convivencia asertiva y de una sociedad que acepta la diversidad.
por Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
Fuente: Revista San Pablo on line

jueves, 5 de febrero de 2009

Mala comunicación, causa de conflictos en la pareja


La toma de decisiones constituye una de las fuentes de conflicto importantes en la pareja, ya que, para esto, es necesario que se establezca una estructura de poder que puede ser, según los casos, más o menos democrática. De algún modo, marca cuánta consideración se tiene por el otro; quién ejerce el dominio y quién la sumisión. Si se toma la pareja como una unidad, ésta debería ser equilibrada: todas las tareas, decisiones y labores que se realizan deben repartirse en forma equitativa. La pareja no debe hacer de la relación una lucha de poder y control, porque se provoca, así, un círculo de competencia que dificulta la convivencia. Las consecuencias son: el rencor, la envidia, la frustración y la búsqueda de la derrota de ese otro a quien se dice amar.

La mayor parte de las veces el conflicto es causado por una falta de comunicación de parte de uno o de los dos miembros que configuran la pareja. Siempre es importante recordar que una buena comunicación es la base de una relación de pareja satisfactoria. El conflicto aparece cuando esa comunicación es negativa, a la cual se responde, a menudo, con otro mensaje negativo, que conforma una espiral de incomprensión que puede desatar tanto violencia física como verbal.
Se torna imprescindible hacer consciente el modo en que se emite algo que deseamos que el otro recepcione. El cómo lo recibe y el contenido de ese mensaje son fundamentales. La manera en que decimos las cosas adquiere una connotación emocional según cada sexo. Una escucha activa contribuye a una mejor decodificación. Nada más efectivo para destruir una pareja que los mensajes poco claros para que el otro no sepa cómo actuar (“ya sabes lo que tienes que hacer”… “anda, después no digas que no te avise”…).

Cada miembro de la pareja, frente a un problema, reacciona de forma diferente. Unos guardaran silencio, utilizando una comunicación no verbal, otros tienen la necesidad de hablar. Las parejas en conflicto solamente reparan en las conductas negativas del otro y tienden a no ver o a disminuir el valor de las conductas positivas. La famosa imagen de no poder visualizar la parte medio llena del vaso.

Una baja autoestima y autodesvalorización, en uno de los miembros de la pareja, genera, casi siempre, desconfianza y celos, ejerciendo un exceso de control. Se manipula e invade el espacio personal del otro. Surge, de inmediato, un sentimiento de coerción y ahogo del que se desea escapar.

La inseguridad, el miedo o la angustia, ante lo que puede estar haciendo o pensando la pareja, origina ansiedad, depresión y persecuciones, que terminan por destruir la pareja. Cuando una persona no se sostiene a sí misma, busca que el otro la sostenga, que sea su punto de apoyo y, en su afán imperioso de poseerlo, lo transforma en un objeto.

En la pareja, se debe aceptar que la vida es únicamente responsabilidad de cada uno. La felicidad se construye de a dos, y no se debe esperar que el otro haga todo.

Cada uno debe madurar y no pretender que el otro le solucione todos sus problemas o le marque pautas de cómo debe vivir.

Ambos deben consensuar para elegir un espacio vital común que se convierta en “lo nuestro”.

Se debe aprender a pedir. Nada mejor, para iniciar un conflicto, que reclamarle al otro algo que sabe que no va a poder dar. La imagen es “pedir peras al olmo”.

Compartir la economía, definir bien los roles de cada uno dentro de la casa permite sostener lazos de unión y evitar asperezas y roces que ocasionan discusiones violentas.

Cuando ocurre una situación que no resulta de agrado para alguno de los dos, lo más acertado es conversar sobre ella en el momento. Decir lo que hay que decir en el momento que hay que decirlo ayuda a una mejor comunicación.

El cuidado y el trabajo de todos estos aspectos pueden servir de gran ayuda para encontrar un método para superar las dificultades.

Estar atento a las conductas que suscitan descontento y angustia en el otro; sacar la mirada sobre el otro y dirigirla hacia uno, admitiendo lo que cada uno aporta al conflicto. Poder hacer esto es haber conseguido el cincuenta por ciento de la solución.
por Joaquín Rocha Psicólogo especialista en Educación para laComunicación
Fuente: San Pablo on Line

miércoles, 14 de enero de 2009

Envejecer en compañía provee una mejor calidad de vida


Hoy son muchas las asociaciones de personas mayores que organizan actividades para fomentar las relaciones sociales y aprender a comunicarse dado que, el veinte por ciento de las personas mayores de sesenta y cinco años vive en soledad y apenas tiene contacto con otras personas. Es un hecho que la jubilación encuentra a quienes transitan por esta franja etárea, con un aumento del tiempo libre que generalmente, no están acostumbrados a tener, originándose un sentimiento de inutilidad. De ahí que las organizaciones que se ocupan del bienestar de las personas mayores, adviertan de esta situación e inclusive insistan en la necesidad de aprender a comunicarse para obtener una mejor calidad de vida. Todas las personas necesitan relacionarse y contar con alguien que les haga compañía y especialmente las personas mayores, porque envejecer acompañadas les ayuda a mantener una buena salud física y mental y por ende una mejor calidad de vida.

Las relaciones sociales, salidas con amigos y amigas, reuniones familiares y la asistencia a cursos y talleres es una buena opción, lo mismo que ayudar en tareas solidarias. Lo más importante es que los adultos mayores se sientan útiles y se convenzan de que es un buen hábito salir de casa, cuidar las relaciones con los demás y aprender a comunicarse retrasando así las posibles situaciones de dependencia. a las cuales conduce el aislamiento, la pasividad y la monotonía.

La importancia de las relaciones sociales es vital, ya que las personas se animan a preocuparse por su aspecto físico, conocen personas con quienes intercambiar opiniones y salir juntos.Existen también programas de acompañamiento a personas de edad avanzada que se encuentran solas y sin recursos que son atendidas por organizaciones que cuentan con voluntarios y voluntarias que visitan a las personas en su domicilio y les acompañan a realizar gestiones puntuales (médicas o administrativas), le ofrecen apoyo afectivo a quienes padecen enfermedad y organizan celebraciones en fechas especiales.Para que las relaciones sociales sean satisfactorias es necesario cuidarlas contando a los demás lo que nos preocupa, pero también escucharles y expresar los sentimientos demostrando interés por las personas que nos rodean. Implicarse, participar, ofrecer y pedir ayuda, tejiendo una red de relaciones entre familiares y amigos para compartir tanto las preocupaciones como las alegrías.

El informe "Condiciones de vida de las personas mayores", del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), elaborado en España, revela que las actividades preferidas de los mayores son, por este orden, ver la televisión, oír la radio, pasear por un parque, leer y hacer la compra.
En cambio, la mayoría no acude nunca a un centro social o asociación de mayores, no realiza actividades de gimnasia, ni asiste a espectáculos, es decir, no planea actividades que le permitan relacionarse con otras personas. De hecho, algo más de la mitad de los encuestados asegura realizar estas tareas con la familia (56%) y el resto, solas (35%) o con amigos (7,5%).

En el caso de las personas viudas, lo habitual es que prefieran quedarse en casa, en lugar de relacionarse. Sin embargo, es importante que hablen con otras personas de lo que sienten, especialmente, con aquellas que han pasado por la misma experiencia o lo están haciendo.
El apoyo de la familia y de los amigos es fundamental para recuperarse. "La clave para prevenir la depresión es aprovechar las oportunidades que nuestra actividad cotidiana nos va ofreciendo para continuar disfrutando y enriqueciéndonos", asegura la SEGG.

Para la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), "toda persona mayor debe sentirse orgullosa por haber llegado ahí". Con este objetivo, cuenta con un Decálogo para las personas mayores, en el que les anima a sentirse orgullosas de su condición y ver esta etapa "tan plena como cualquier otra". Asimismo, aboga porque desaparezcan todas las formas de discriminación por razones de edad y se disminuya la frecuencia e intensidad de la dependencia. En este sentido, lamenta que el acceso a la atención geriátrica no sea universal y rechaza que se relacione "vejez con terminalidad".
Fuente: Consumer.es

jueves, 15 de mayo de 2008

Las palabras crean la realidad

“Cambiemos nuestras conversaciones y crearemos un mundo distinto”

Humberto Maturana


Durante décadas se abordó el estudio y análisis de la comunicación desde el paradigma de la transmisión de la información. En paralelo y en coincidencia con esta concepción, convivió la visión que consideraba al lenguaje como un instrumento para describir el estado de las cosas, es decir, el lenguaje como el portador de la información.

Esta concepción supone que la realidad ya está ahí antes que el lenguaje, y lo que éste hace es simplemente describirla, “hablar de ella”. Por lo tanto, le atribuye al lenguaje un rol pasivo o descriptivo, como el encargado de dar cuenta de lo existente. Esta caracterización del lenguaje se complementa perfectamente con la teoría de la transmisión de la información, y dentro de este esquema conceptual el lenguaje pasó a ocupar la categoría del código que se utiliza para componer los mensajes.

Desde hace un tiempo comenzó a analizarse el hecho de que hemos estado atrapados en esta estrecha y restrictiva comprensión del lenguaje y la comunicación, que nos dificulta entender su naturaleza efectiva y que nos imposibilita comprender la importancia y gravitación que ambos tienen para los seres humanos. Se empieza a entender que el lenguaje es algo más que las palabras que se dicen, es bastante más profundo e impactante que un medio que nos permite expresar, transmitir o comunicar lo que percibimos, pensamos o sentimos.

Además de su aspecto descriptivo, el lenguaje posee un profundo carácter generativo a partir del cual accionamos, coordinamos nuestras conductas y generamos nuevas realidades. A través de la palabra hacemos que ciertas cosas pasen y, por lo tanto, el lenguaje constituye una forma de intervenir en la construcción de nuestro mundo. Y es este carácter el que nos induce a considerar a la comunicación como acción y no como una mera transmisión de información.

Cuando afirmamos que accionamos a través del poder transformador de la palabra, nos referimos a que cuando hablamos suceden cosas, y cuando callamos suceden otras. Cuando hablamos y decimos una cosa, sucede algo determinado, y cuando decimos otra, pasa algo distinto. La realidad no siempre precede al lenguaje, éste también antecede a la realidad. Hay cosas que no hubiesen sucedido si no hubiéramos hablado, si no hubiésemos establecido una conversación con otra persona. A través de nuestras conversaciones declaramos nuestro amor, contratamos un viaje, solicitamos un aumento de sueldo, le damos la bienvenida a alguien a nuestra casa o le solicitamos que se retire. Es por medio de nuestras conversaciones que realizamos gran parte de las acciones en nuestra vida.

La concepción tradicional nos ha dificultado advertir este carácter activo de la comunicación humana. Por ejemplo, no es lo mismo decirle a alguien “asistieron quince personas a la reunión”, donde estamos informando sobre algo sucedido, utilizando el carácter descriptivo del lenguaje, que decir “a partir de mañana te haces cargo de la gerencia de finanzas”, o “a partir de mañana vas a ser trasladado a la sección de mantenimiento”. En estos casos, aunque pueda escucharse como una información, estamos realizando una acción a través del poder transformador de la palabra. Si efectivamente quien enuncia estas frases tiene el poder o la autoridad jerárquica para hacerlo, para bien o para mal, la situación de la otra persona habrá cambiado. Con esa acción comunicacional se ha generado una nueva realidad.

A través de nuestras conversaciones no sólo actuamos sino también interactuamos, establecemos conexiones, coordinamos acciones, construimos vínculos y acordamos compromisos. Todos los seres humanos interactuamos en redes conversacionales. Lo que nos es posible o dificultoso realizar depende en gran parte de la extensión y la calidad de nuestra red de vínculos. Por medio de nuestras conversaciones pedimos un empleo, ofrecemos nuestros servicios, prometemos concurrir a una reunión, establecemos el compromiso de realizar un trabajo o demandamos nuestros honorarios. Gran parte de las acciones fundamentales de la vida las realizamos a través de conversaciones que mantenemos con otras personas. Nuestras conversaciones determinan la calidad de nuestros vínculos, y por lo tanto comprometen nuestra efectividad.

También a través de nuestras conversaciones creamos nuevos sucesos y generamos futuros diferentes. Convocamos para un nuevo proyecto, elaboramos y transmitimos nuestra visión, proponemos nuevos objetivos, planteamos nuevas ideas, y todo esto lo hacemos conversando con otro. Nuestras conversaciones condicionan nuestro horizonte de posibilidades.

Y aún más, a través de nuestras conversaciones y nuestras narrativas creamos nuevos sentidos y modelamos la percepción de otras personas. Cuando planteamos una interpretación diferente o desarrollamos una nueva teoría, cuando contamos una historia, acuñamos una metáfora, capacitamos a alguien o educamos a nuestros hijos, en todos los casos estamos utilizando el carácter transformador de la palabra para incidir en la forma de percibir la realidad.

A través de nuestras conversaciones explicitamos nuestros puntos de vista y la forma de observar el mundo que nos rodea. Elaboramos interpretaciones, generamos nuevas explicaciones e Influimos en las opiniones, decisiones y comportamientos de los demás. Muchas veces después de alguna conversación nuestra vida cambia, nuestro ser se transforma aunque sea imperceptiblemente. Al adquirir una nueva distinción o al realizar una diferente interpretación, hemos ampliado nuestra capacidad de acción y de transformación. Un ejemplo de esto son las conversaciones de coaching, que tienen como objetivo desarrollar las potencialidades de las personas, o las conversaciones terapéuticas destinadas a curar nuestras heridas emocionales.

Cuando observamos y recapacitamos sobre todo lo que hacemos a través del lenguaje, emerge con claridad el carácter transformador de la comunicación humana, ya que es a través de nuestras conversaciones que nos vamos constituyendo en el ser que somos. La palabra conversar viene del latín “conversare”, que significa “dar vuelta”, “hacer conversión”. A través de nuestras conversaciones nos convertimos en alguien distinto, vamos cambiando nuestros puntos de vista, realizamos aprendizajes, reflexionamos sobre nuestros problemas, se nos abren oportunidades de crecimiento, construimos nuestra imagen pública y todo esto lo hacemos en el lenguaje.

Si habitamos en el lenguaje, si aprendemos y nos transformamos a través de la palabra, si accionamos por medio de nuestras conversaciones y éstas no solamente condicionan nuestras posibilidades y determinan la efectividad de nuestro desempeño, sino que nos constituyen en el ser que somos, cabría preguntarse acerca de la competencia en nuestro conversar. Con cuánta destreza y eficacia hablamos y escuchamos.

Por: Oscar Anzorena

Fuente: Ser Humano y Trabajo

domingo, 4 de mayo de 2008

La era digital, riesgos y oportunidades


Riesgos a los que están expuestos niños y adolescentes al navegar por Internet. Consejos para acompañarlos.



Como consecuencia de las oportunidades que ofrece la tecnología, la sociedad experimenta nuevas formas de comunicación y de concebir las relaciones que hasta ahora estaban reservadas al mundo digital. Aumentar la facilidad del contacto implica también aumentar el riesgo: muchos jóvenes tienen ya su propio blog y su propio portal en la web, en donde exponen pensamientos, pasiones, esperanzas, fotos y videos en una ventana abierta y sin filtros. Cada vez se requiere más sentido común, inteligencia y prudencia por parte de los adultos para acompañarlos, pero ya no hay marcha atrás. No podemos escondernos en casa y cerrar la puerta con llave.

Se trata de algo que está sucediendo ya y que implica novedad en las relaciones y en la amistad, nuevos valores sociales compartidos a gran escala, interacción de infinidad de grupos asociados por intereses y valores, reciprocidad, transparencia, reciclaje.

Sabemos que la web (junto con la TV y los videojuegos) ha tomado, quizás (y nosotros se lo hemos dado), el lugar de las niñeras y, si no estamos atentos, puede “usurpar” a los padres su rol de educadores. En el corto espacio de una generación, por primera vez en la historia, los más próximos e inmediatos “proveedores” de formación moral no son los padres ni la parroquia y, en realidad, ni siquiera la escuela, percibida apenas como dispensadora de nociones y teorías. Hoy nuestros hijos están solos ante una pantalla, ya sea la de la computadora, la de un televisor, la de un celular o de un mp3, etc. Pero dejar todo al albedrío de la virtualidad o rendirse a los hechos, es como dejarlos salir solos a la calle. ¿A partir de qué edad se lo permitiríamos?

Una calle, a su vez, “planetaria” y poblada por una muchedumbre frenética. Los adolescentes se tiran de cabeza en esta jungla llena de aventuras y de comunicaciones: blog, vlog, podcast, foros, etc. Pero ¿de qué clase de comunicación se trata?

La mera recepción y circulación de información, de “inputs”, sin una auténtica interrelación que permita confrontar, preguntar, expresar dudas, más que constituir una gran “comunidad del saber”, aísla del mundo real. Deja al niño o adolescente a merced de una cantidad de información que para él tiene toda el mismo valor, y que lo encuentra incapacitado para discernir, evaluar, jerarquizar. No se puede tener el necesario espíritu crítico sin el contacto con personas y relaciones “reales”.

Además, cualquier tipo de tecnología digital memoriza datos sobre el usuario, sus preferencias, gustos, y los usa para “fichar” la persona sin su consentimiento. Para Internet, “existo” y “soy” como “resultado” de estos informes. Y estos datos son objeto de estrategias de consumo tan imponentes como insospechadas.

Sin embargo, pese a todo, el lector podría objetar: “Si apago la computadora (o la TV), los chicos andan ‘como bola sin manija’, son hiperactivos, me ponen nervioso, es difícil involucrarlos y jugar con ellos”.

Es verdad: no es sencillo. Pero, como consecuencia de tantas horas vividas “virtualmente”, vemos fenómenos sociales inéditos: depresión infantil, un creciente déficit afectivo en las familias, paradójicamente junto a una hiperprotección por parte de los padres hacia conflictos que sus hijos encontrarán inevitablemente en la vida real.

Sin pretender tener todas las respuestas ni soluciones mágicas, compartamos algunas ideas. Aprovechemos los medios de comunicación digital para un sano debate familiar: de vez en cuando naveguemos junto a nuestros hijos. Pongamos límites a los tiempos dedicados a la virtualidad. Demos importancia a todo: al juego “real”, hecho de encuentros personales con los amigos, al deporte, al estudio, por supuesto, y la participación en las tareas familiares. Pidamos a nuestros hijos que nos expliquen cómo ver un video en un vlog, o que nos cuenten una película que han visto, juguemos con ellos en la “playstation”: podremos conocer y evaluar los contenidos más o menos subliminales que absorben.

Cada familia puede salvaguardar sus espacios de intimidad, de diálogo, encontrar sus equilibrios y definir el “qué” y el “cómo” de la interacción con el mundo virtual. Es necesario un mínimo de conocimiento de los instrumentos que manejan nuestros hijos, no para “vetar”, pero sí para no abdicar a nuestro papel de padres. Así, con relaciones reales, empáticas, podremos convivir con cierta serenidad con los nuevos medios y entender a nuestros chicos, compartiendo los valores comunes fundamentales para la cohesión de cualquier sociedad. Si tenemos a veces la inquietante sensación de convivir casi con “extranjeros”, exponentes de otra cultura, un diálogo abierto ahuyentará fantasmas y permitirá el auténtico crecimiento.

Datos nada virtuales

-Una encuesta difundida por la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) revela que el 51% de los niños y adolescentes se conecta diariamente a Internet, y que en el 53% de los hogares no siempre hay un adulto responsable junto al chico que navega por la web.
-El 26% de estos chicos informaron a sus padres sobre alguna situación desagradable, por acceder a sitios de adultos o chatear con desconocidos.

Glosario

Vlog: Un videoblog o vlog es una galería ordenada de breves videos, publicados por uno o más autores en una página web. El “editor” puede autorizar a otros usuarios a añadir comentarios u otros videos en la galería. Es la evolución lógica de los blogs, y utiliza los mismos sistemas y canales.

Podcast: Es la creación de archivos de sonido y de video y su distribución directa –sin necesidad de “bajarlos” a nuestro equipo– desde Internet a un reproductor.

Mp3: Es un formato de audio digital comprimido en archivos reproducibles en un dispositivo que lleva el mismo nombre. El término viene de Moving Picture Experts Group. Los Mp4 incluyen una cuarta capa: el formato video, subtítulos y contenido tridimensional, entre otros. Estos pueden ser “abiertos” (vistos, oídos) desde Internet.

Fuente: www.ciudadnueva.org.ar

miércoles, 19 de marzo de 2008

El diálogo en terapia intensiva


Me gustaría que analizáramos qué tipo de diálogo estamos hoy acostumbrados a entablar, si se trata verdaderamente de un diálogo o simplemente emitimos e intercambiamos monólogos.

Si observamos con atención, advertiremos que estamos dentro de esto último, intercambiamos monólogos y lo que es peor, muchas veces interrumpimos el desarrollo de uno de ellos para intervenir con el nuestro superponiéndonos al monólogo del otro.

Me ha ocurrido presenciar y participar en estos intercambios, inclusive dentro de la familia, y a la pregunta de por qué no podemos esperar que el otro acabe con lo que estaba diciendo, la respuesta es: "porque si no, me olvido lo que tengo que decir".

Evidentemente algo pasa por lo cual tenemos tanta necesidad de hablar, poca capacidad para escuchar y nada de paciencia para esperar el momento adecuado para decir lo queremos. El diálogo está enfermo, decía el otro día un experto en estos temas en un taller que tuve ocasión de participar, y planteaba la necesidad de la sanación del diálogo.

El diálogo enfermo

Lo primero que encontramos en un diálogo enfermo es que cada actor del mismo tiene un monólogo para aportar y cuando no se siente escuchado, ya sea en el entorno familiar o laboral, comienza a sostener conversaciones bilaterales con otras personas, quejándose de que no es escuchado, poniéndose en el papel de víctima y dejando al otro (que puede ser su cónyuge por ejemplo) en el papel de victimario.

El diálogo se enferma cuando no escuchamos pero...¿ por qué no escuchamos?... porque:

No hay tiempo para conversar: nos falta el espacio adecuado, sin interferencias

No nos importa: estamos tanto en nuestras cosas que, lo que el otro nos diga no nos importa. En realidad esta actitud esconde una desvalorización del otro.

Estamos escuchando nuestros propios ruidos: a veces es tan fuerte nuestro monólogo que nos impide escuchar a los demás.

No damos espacio: nadie se reserva tiempo ni espacio para dialogar Los matrimonios, por ejemplo, llegan del trabajo y lo primero que hacen es intercambiar información creyendo que eso es dialogar.

Tenemos un casette colocado: para cada pregunta tenemos una respuesta elaborada, desde nuestros principios morales, por ejemplo, y respondemos desde lo que nos parece, sin advertir que al otro no le sirve de nada ni tenemos en cuenta lo que tiene para aportar.

Si no escuchamos, mal interpretamos lo que otro nos dice, o nos hacemos los que no interpretamos porque lo que nos dice no coincide con lo que queremos escuchar. Así vamos juzgando, clasificando y acumulando motivos para sacar relucir viejas facturas en cualquier momento y emitiendo juicios que luego no se borran fácilmente. La defensa y el ataque es otro signo de que el diálogo está enfermo.
No escuchamos, malinterpretamos, acusamos, reprochamos y lo que triunfa es el egoísmo, estamos tan centrados en nosotros mismos que no podemos escuchar y esta postura nos llevará indefectiblemente al desencuentro con los demás.

No escuchar - Malinterpretar- Reprochar =Desencuentro= Diálogo enfermo

El diálogo sano

En primer lugar se caracteriza por la escucha- te escucho y me escuchas-. La escucha se tiene que dar en el campo físico, psicológico, espiritual, se escucha a TODA la persona con TODA nuestra persona.
Tenemos que escuchar con todo lo que somos y tener en cuenta y escuchar al otro con todo lo que es el otro.

Diferencia entre oir y escuchar

A veces creemos que oir y escuchar es lo mismo pero, para escuchar tenemos que afinar el oído, tenemos que hacer la gimnasia de escuchar con tiempo, espacio, etc, con todo nuestro oído. El oído se educa para escuchar.
También tiene que darse una escucha psicológica, aprendiendo a manejar conocimientos, emociones y sentimientos, nuestros y de los demás porque, si no podemos percibir los sentimientos de los demás, no los podemos escuchar.

La escucha espiritual

Se establece desde la experiencia y la compasión, hablando desde la sabiduría y desde la experiencia personal . Compasión no es lo mismo que lástima, es sentir la misma pasión que el otro, si sufre, sufro con él, si goza, gozo con él.
Escuchar es ponernos en el lugar del otro, lo cual nos puede llevar a un desgaste personal. No hay ámbito en el que se pueda encontrar un diálogo completamente sano. El diálogo implica reciprocidad, escucho y que me escuchen.
Si la escucha funciona, llegamos a la etapa de la reflexión que es lo contrario de la malainterpretación. Aquí interviene la renuncia y la aceptación ordenando emociones y sentimientos.
Si quiero escuchar deberé renunciar a muchas cosas mías, no decirle al otro lo que quiere escuchar. No predicar mi mensaje. No bajar línea. La respuesta tendrá que surgir de la reflexión buscando poner las cosas en su lugar.

Para resumir:


Escucha - Reflexión - Respuesta = Encuentro = Diálogo sano

Si advertimos que en nuestra familia, en nuestro lugar de trabajo, en nuestras comunidades, están generándose desencuentros, será el tiempo de analizar qué tipo de diálogo estamos generando y, si necesita ser sanado, tendremos que hacer el esfuerzo de tratar de corregir el modo de comunicarnos, no es una tarea sencilla pero vale la pena intentarlo para ganar en paz y confianza mutuas. Quizá necesitaremos que nos ayuden en esta tarea, quizá sea hora de llamar a quien se ocupe de realizar algún taller de diálogo, la manera la encontrará cada uno que se preocupe y advierta que algo está fallando y que puede ser mejorado.

María Inés Maceratesi

jueves, 7 de febrero de 2008

Mejorar la comunicación con los demás



Generalmente, no logro comunicarme con alguien, porque antes de decirle algo no me detengo a pensar qué va a producir en él ese mensaje.

Por eso, si quiero llegar al otro, es bueno que me pregunte: "Lo que le voy a decir, ¿podrá producir en él una reacción positiva?". "El modo como se lo voy a decir, ¿provocará algo bueno en él?".

Nunca hay que suponer que lo que uno va a decir será bien interpretado, porque todos tenemos distinta sensibilidad, experiencias diversas, y formas de pensar que no coinciden.

El contenido de mis palabras

Puede suceder que a mí me interese mucho un tema, pero si ese tema nunca fue parte de la vida del otro, mi conversación será aburrida y poco interesante. No hay que olvidar que a alguien puede atraerle un tema si tiene algo que ver con alguno de sus intereses, con algún proyecto suyo. Yo no puedo pretender que al otro de golpe le interesen cosas que a mí me parecen importantes, si él nunca se detuvo a reflexionar sobre esas cuestiones. Los demás no tienen por qué estar pendientes de mis intereses y gustos.

Por ejemplo, si me gustan mucho las plantas, no puedo estar siempre haciendo comentarios sobre los árboles a otro que está muy preocupado por los problemas sociales. El primer paso para llegar al otro será comenzar hablando de lo que a él pueda interesarle. Así se sentirá como en su casa. Luego, en el momento adecuado, comenzaré a hablarle de las plantas.

Esto no significa esconder mis intereses y mis opiniones; tampoco significa que deba decir sólo lo que al otro pueda agradarle. Obrando así sólo estaré ofreciéndole una máscara y no le entregaré nada real. De lo que se trata es de partir de los temas que al otro le interesan para crear en él una acogida necesaria que le permita abrirse a otras cuestiones.

Mi modo de hablar

A veces sucede que los temas de mi conversación son realmente del interés del otro. Pero él no me escucha con gusto porque hay otras cosas en la forma de expresarme que no le agradan o que perturban su emotividad.

Esto depende de los distintos temperamentos. Hay personas muy sentimentales, suaves, de apariencia frágil, amantes de la serenidad, que se agotan cuando tienen que estar mucho tiempo con alguien que habla a los gritos, o con una voz muy aguda, o con demasiada velocidad.

Aquí no se trata de los contenidos, sino del modo de expresarse que al otro le resulta chocante. Y este modo de expresión se refleja también en otras manifestaciones físicas: una mirada dura, labios apretados, colocarse muy cerca del rostro del otro, etc.

También puede suceder lo contrario: que el otro ame las expresiones directas, firmes, claras, pero yo me expreso de un modo muy débil, con una voz que casi no se escucha, y mirando al piso. Esto puede ser insoportable para él, o puede provocar que él no le dé importancia a lo que digo.

En los dos casos, puede ocurrir que el otro esté completamente de acuerdo con el contenido del mensaje, pero no hay entendimiento porque le molesta mi modo de expresarme, el "tono" con el cual me comunico y digo las cosas.

La misma dificultad de comunicación puede darse cuando uno es demasiado "dulce", excesivamente cariñoso o paternalista, como si estuviera hablando con un niño. Posiblemente al otro no le agrade que lo traten como a un niño.

Quizás haya que tener muy en cuenta la velocidad de nuestra conversación: hay personas que odian que les hablen demasiado rápido, porque sienten que no se las respeta, o que se las quiere dominar. Otros, en cambio, rechazan que alguien les hable demasiado lento, y se ponen ansiosos esperando que el otro termine cada frase.

A veces podemos estar muy de acuerdo con otra persona, pero no nos encontramos a fondo porque no nos adaptamos al tono y a la velocidad del otro.


Ideales y pasiones

Este punto puede ser determinante para conseguir una comunicación verdaderamente profunda, para lograr entrar intensamente en el corazón del otro y compartir su vida.

Como vimos en el capítulo anterior, se trata de ubicarme desde la "pasión" del otro, para hablarle a partir de eso. Es descubrir qué le apasiona y tratar de compartir de algún modo esa pasión. Sólo a partir de allí se puede llegar a una comunicación que vaya más allá del respeto mutuo y se transforme en profundo amor e intensa comunión.

Esto es algo más que hablar sobre las cosas que le interesan al otro. Es descubrir cuál es su pasión más profunda, lo que más desea en la vida, el eje emotivo de su existencia.

Esto significa que debo descubrir el fondo de verdad que hay en lo que apasiona al otro. Si tengo algo que cuestionarle, lo haré sólo a partir de esa coincidencia que puedo lograr, y le hablaré como si me preguntara a mí mismo en qué puedo mejorar y crecer.

Puede tratarse de cosas simples, pero muy importantes para él, como la pasión por el fútbol o por el cine. Se tratará entonces de intentar leer revistas y ver programas que me lleven a entender mejor esa pasión, a vivirla.

No se trata sólo de estar informado para poder sostener una conversación, sino de ser capaz de "emocionarme" con él.

Pero también puede tratarse de cosas más difíciles, que tienen que ver con ideales de vida, con opciones personales. Y esto se torna complejo si tenemos posturas diferentes y ya hemos discutido sobre eso sin poder entendernos. Entonces, conviene intentar otra forma de diálogo, colocándome en el lugar de su "pasión", partiendo de la parte de verdad que puedo reconocerle.

Pero llega un momento de la relación en que no basta hablar. El otro querrá comprobar la autenticidad de mi coincidencia con él, y esperará algún gesto de mi parte para que mis palabras no le parezcan vacías.

Por ejemplo, puedo descubrir en el otro un profundo amor por la cultura, o un deseo de luchar por una mayor justicia o por la defensa de los desprotegidos. En ese caso, la mejor manera de alcanzar una buena comunicación con él será luchar juntos por algo concreto que tenga que ver con esos ideales.

Cuando alguien lucha por algo con tanta pasión que hace de eso la razón de su vida, el único modo de ayudarlo a ver otras cosas es apasionarme con él y acompañarlo en su lucha. Cuando él advierta que estoy luchando a su lado, entonces sí estará dispuesto a escucharme con interés y respeto.

Hablar con imágenes

Algunas personas, cuando hablan, usan muchas imágenes. Veamos algunos ejemplos:

"Es linda como una rosa".

"Me ofendió mucho. Tengo como un nudo en la garganta".

"Está siempre tranquilo como un arroyo".

"Me arde, como si tuviera fuego en el estómago."

Los que utilizan muchas imágenes en sus conversaciones se comunican mejor, son escuchados con más atención, agradan más.

Porque, de hecho, no podemos pensar sin imágenes, y, además, hoy dependemos mucho de las imágenes visuales. Habituados a la televisión, los carteles o las películas, estamos muy acostumbrados a recibir los mensajes a través de imágenes, y nos cuesta mucho más estar atentos o interesarnos cuando el mensaje nos llega de un modo abstracto, con pocas imágenes o con imágenes poco atractivas.

Por eso, es sumamente importante tratar de hablar usando más comparaciones visuales en la conversación, más expresiones que lleven al otro a imaginar bien lo que le digo.

Pero, sobre todo, si quiero comunicarme con alguien, tengo que tratar de descubrir el tipo de imágenes que más le gustan, aquello que le produce un placer interior:

A ciertas personas les atraen mucho todas las cosas que tengan que ver con el agua (la lluvia, el mar, un arroyo, un manantial, una gota), a otras personas les agrada especialmente la variedad de colores, a otras todo lo que tenga que ver con la vegetación (una hoja que cae, un bosque, una pradera verde, un tronco, un fruto, un brote).

Entonces, si en mi trato con esa persona trato de utilizar frecuentemente esas imágenes, posiblemente mi conversación le resultará gratificante, y me escuchará con agrado y atención.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ.

Del libro: "Para mejorar tu comunicación con los demás". San Pablo. 2007
Fuente: San Pablo on line. www.san-pablo.com.ar

lunes, 29 de octubre de 2007

Comunicación y reencuentro


Abrir las puertas, cruzar el río de la indiferencia
por Hno. Germán Díaz
germansdb@hotmail.com


Verdaderamente, comunicarnos es encontrarnos, y malograr la comunicación sería separarnos. Propongo un pequeño inventario de actitudes cotidianas que nos someterán a pensar la comunicación y su importancia en infinidad de situaciones que creemos naturales o normales por el solo hecho de ser repetidas. Muchas actitudes y prejuicios hacen que nos dispongamos mal para el encuentro. A veces nos pasa que vamos a algún lugar pensando de antemano que está todo mal: a la escuela a reclamar una supuesta nota injusta de nuestro hijo, al supermercado pensando los aumentos de precios y exigiendo rápida atención a los empleados. Subimos al bus y ante una involuntaria acción brusca de quien maneja reaccionamos violentamente.

Encontrarnos con alguien por primera vez puede traer sus dificultades si no estamos del todo abiertos al encuentro. La primera vez en encontrarnos puede estar marcada por categorizaciones, prejuicios, esquemas mentales cerrados, etc. que actúan impidiendo el conocimiento profundo con el otro. Si, por ejemplo, de repente nos dicen que nuestro nuevo vecino estuvo en la cárcel, automáticamente se activa un escalofrío y ensayamos desde ese momento acciones frías y formales. Estas acciones anticomunicativas nos impiden encontrarnos enteramente con la persona que ingresa a nuestro círculo. Preferimos considerar "malo" de antemano lo desconocido y lo que aún no conocemos.

En expresiones comunes escuchamos: "más vale malo conocido que bueno por conocer". Hasta el refranero popular refuerza esta idea. Tendemos a juntarnos con los que son de nuestro equipo favorito, o votan a "tal político", o son de nuestro pueblo. Nos gusta sentarnos al lado de nuestro compañero de tareas en la reunión de personal, parece un "vendido" quien se junta con los de la otra sección.

Se vinculan ideas negativas con respecto a los demás, a los otros diferentes. En una parroquia, por ejemplo, los grupos juveniles difieren entre sí en organización y tipo de espiritualidad, pero, a veces, pareciera que estas mismas diferencias los separan y dividen para la construcción de una verdadera comunidad. Se escuchan en ocasiones ciertas expresiones como: "nosotros somos los únicos que trabajamos en las fiestas patronales", "el párroco no nos acepta porque somos los únicos que decimos las cosas de frente", y en un nivel exagerado pero no tan alejado de la realidad a veces pensamos: "No nos entienden, somos los mejores pero están decididos a hacernos la contra por envidia".

Posicionarnos como "los mejores" nos hace separarnos de los otros. Nos auto-clasificamos como seres maravillosos pero incomprendidos, de gran lucidez mental pero rodeados de conservadores e ingenuos. No podemos vivir así, nos falta una cuota de realismo. Debemos reaccionar y pensar acertadamente: No existen dos personas que realmente piensen igual, por lo tanto tampoco existen grupos que piensen igual o realicen acciones iguales a las nuestras. Sería un perfecto empeño de ingeniería genética hacer que dos seres humanos, incluso "clonados", puedan pensar igual o lo mismo, en el preciso momento y en equivalente situación.

Estas desavenencias son generadoras de conflictos y relaciones comunicacionales. Nos cuesta mucho entender y entendernos. Es un arduo trabajo para cada uno de nosotros, salirnos de nuestras ideas "atornilladas" y "herrumbradas", para encontrarnos con el otro y construir de a poco una nueva visión de las cosas.

¿Y por qué no?

Existe una frase pequeña pero revolucionaria y sanadora: ¿Y por qué no? ¿Por qué las cosas no pueden ser de otro modo? ¿Por qué las cosas deben ser como las pensamos o las imaginamos? ¿Por qué no podemos salir de nuestros proyectos personales y entender definitivamente que no tenemos la verdad? Si, así como lo leemos: ¡No tenemos la verdad! ¡Nuestro proyecto no es el mejor, ni el más innovador! ¡No somos los más importantes de nuestra empresa, ni de nuestra familia, ni del barrio! ¡No somos los más genios de la congregación!
De cuanta libertad interior nos llenamos cuando descubrimos que en realidad somos seres humanos imperfectos y que vamos caminando día a día desde la pobreza y la humildad al reconocernos ser lo que somos. Romper definitivamente el ego que tantas dificultades nos trae es una gran liberación interior que atrae muchos mas beneficios.

Querer perpetuarse en el poder, en el cargo, en una posición, en realidad es el gran miedo a enfrentarse a la propia pobreza. Encontrarnos con quienes somos sin títulos nobiliarios, ni cargos, ni diplomas es reencontrarnos con nosotros mismos para de esa forma hacernos libres para darnos totalmente a los otros. Jubilarnos de nuestros pensamientos de creernos literalmente el ombligo del mundo.

Esto si será un verdadero reencuentro con los demás, libres de prejuicios, de ansiedades, de programaciones interiores, de trajes y vestuarios escenificando un personaje y escondiendo lo que verdaderamente somos. Así podremos conocer al otro tal cual es, podremos hablarle a los ojos sin juzgarlo, sin encasillarlo en nuestras expectativas.
Pensemos por un momento el daño ocasionado por quienes ponen todos sus sueños personales en sus hijos, en sus estudiantes, en sus seminaristas. Son sueños de "uno" colocados a presión en la libertad de los otros. Y así sufrimos días, meses y años porque el hijo menor abandonó medicina, o la nena no quiere trabajar en la empresa familiar, o ese seminarista tan inteligente que dejó los sueños "púrpuras" del formador por los de una amable catequista.

Para comunicarse hace falta vaciarse de todos los prejuicios y expectativas personales. Dejar atrás los sueños de "hadas" y dialogar con la realidad. Como dice Sören Kierkegaard para quien se aventura en el camino de la fe, debe sacarse las ropas y tirarse a nadar al río. El idealista es el que conoce a la perfección la técnica de "crol" pero no se anima a cruzar el río a nado.

Animarse a abandonar todas las ataduras, las experiencias personales que son supuestamente las más aleccionadoras, la propia vida que sin ser la mejor pretende pararse como medidor de todas las otras. La gran enfermedad de la egolatría nos enferma la comunicación. Abandonar nuestro ego significa encontrarnos con mi alter y entonces así entendernos, comprendernos, tolerarnos, esperarnos, amarnos.

Este es el gran paso para el reencuentro, el puente de la comunicación se construye dinamitando las murallas, los miradores, las grandes torres de contraataque. La comunicación se inicia abriendo las puertas, dejando entrar los rayos del sol para que seque y sane las heridas.

Comunicarse significará lo que pide Jesús, abandonarlo todo y buscar desde la humildad. Así será el reencuentro, solo sin nada que trabe, que preocupe, que juzgue. Será realmente un encuentro profundo con el otro, con aquel que espera todo de mí.