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lunes, 16 de julio de 2012

La providencia educativa de la familia



Exposición de monseñor Héctor Aguer, arzobispo de La Plata, en la XII Sesión Plenaria de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma, 1º de julio de 2012)


El beato Juan Pablo II ha dejado a la Iglesia un amplísimo magisterio sobre la realidad humana y cristiana de la familia, y ha ofrecido al mundo con sus enseñanzas sobre el particular un testimonio verdaderamente profético. En esta comunicación quiero dedicar mi atención a un capítulo del corpus doctrinal sobre la familia: la educación de los hijos, que el pontífice presenta, en diversos documentos, como un derecho, un deber, una tarea, una misión que tiene sus raíces en la vocación primordial de los esposos a participar en la obra creadora de Dios.

Al caso específico de la educación de los hijos por parte de sus padres se aplica la concepción cristiana de la educación, que reconoce valiosos antecedentes en el humanismo clásico. Por educación se entiende la formación integral del ser humano, varón o mujer, el desarrollo pleno de su personalidad que, de acuerdo a la vocación del hombre a vivir en la verdad y en el amor, implica la realización personal en el orden moral y religioso.

El derecho-deber educativo de los padres se sigue naturalmente de la función generativa. Es ésta una afirmación constante de la tradición eclesial, formulada con toda exactitud por Santo Tomás desde sus escritos de juventud hasta la elaboración definitiva de la Suma Teológica. Hablando, por ejemplo, en el comentario a las Sentencias del carácter natural del matrimonio, afirma que la naturaleza tiende no sólo a la generación de los hijos, sino también a su crianza y educación hasta la madurez perfecta que corresponde al ser humano, que es la formación en la virtud [1] . Indica también el Aquinate que la tarea de la educación de los hijos, que es una exigencia de la ley natural, requiere la vida común de los esposos, la permanencia de la unión matrimonial y una colaboración total del padre y la madre para cumplir ese empeño: tota communicatio operum[2] . Asimismo, se destaca la duración del proceso educativo, que se extiende per longum tempus[3] .

En la Suma Teológica la afirmación de que el padre es principio de la generación y el ser de los hijos, como también de su educación y enseñanza[4], es un punto de referencia para valorar el servicio que prestan aquellas personas que han sido revestidas de dignidad para enseñar o gobernar, y a quienes se les debe el reconocimiento que rinde la virtud de la observancia. Por otra parte, al padre carnal se le atribuye la razón de principio; a él le cabe particulariter, por participación, mientras que universaliter se encuentra en Dios[5]. Una distinción es digna de ser notada: Santo Tomás apropia la crianza del hijo al cuidado de la madre; al padre le cabe especialmente la instrucción, la defensa y la promoción integral del niño en el bien. Pero ambas funciones, la del padre y la de la madre, son requeridas como complementarias para asegurar la educación[6]. Distinción que se apoya, obviamente, en la naturaleza, y que puede ser actualizada y propuesta en otros contextos culturales, psicológicos y pedagógicos.

En la exhortación apostólica Familiaris consortio, Juan Pablo II reconoce como un verdadero ministerio la misión educativa que los padres de familia reciben con el sacramento del matrimonio. En los parágrafos 38 y 39 utiliza el término por lo menos cinco veces, calificándolo como ministerio educativo y también ministerio de la Iglesia al servicio de la edificación de sus miembros. A este propósito, el pontífice cita un bello texto de la Suma contra los Gentiles en el que el Aquinate compara esa misión de los padres cristianos con el ministerio sacerdotal. Esta cita es muy significativa y puede verse como signo de la inspiración tomasiana del tema en el magisterio papal. El texto dice: Algunos propagan y conservan la vida espiritual mediante un ministerio exclusivamente espiritual; a esta función corresponde el sacramento del orden. Otros lo hacen mediante un ministerio que es a la vez corporal y espiritual, y esto se realiza por el sacramento del matrimonio, en el que el varón y la mujer se unen para engendrar la prole y educarla en el culto de Dios[7].

Existe una continuidad entre generación y educación, siempre por referencia a la naturaleza del matrimonio y la familia como obra de Dios. Esta continuidad revela el carácter singular del proceso educativo, en el cual se verifica en profundidad la recíproca comunión de las personas. En la Carta a las familias Gratissimam sane, Juan Pablo II enseña: el educador es una persona que “engendra” en sentido espiritual. En esta perspectiva la educación puede ser considerada un apostolado verdadero y propio; es una comunicación vital, que no sólo establece una relación profunda entre educador y educando, sino que les hace participar a ambos en la verdad y el amor, meta final a la que el hombre es llamado por Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. En ese mismo contexto se dice que la educación es una elargitio, una extensión de humanidad del padre y la madre al hijo[8]. Los padres participan del poder creador de Dios y lo imitan al engendrar a los hijos; son propagadores de la vida, como dice Santo Tomás. Conservan la vida que han engendrado y la continúan engendrando ulteriormente en sentido espiritual mediante la educación, tarea que participa de la providencia divina que gobierna al mundo: el hijo necesita por mucho tiempo del gobierno del padre, observa el Aquinate[9]. Son educadores porque son padres; en la raíz de este deber que es también un derecho, se encuentra el amor paterno y materno, por cuyo ejercicio los esposos hacen pleno y perfecto su servicio a la vida, colaboran en la obra de la creación y en la edificación de la Iglesia. El amor de los padres, recuerda Juan Pablo II, es la fuente y el alma de la acción educativa, y por consiguiente, la norma que la inspira[10]; este amor paterno y materno debe tratar de asemejarse en algo al amor de Dios, que infunde y crea la bondad en las cosas[11]. Si al dar la vida –enseña también el pontífice– los padres participan en la obra creadora de Dios, mediante la educación ellos se asocian a su pedagogía, que es a la vez paternal y materna; así, por medio de Cristo esa tarea educativa se inserta en la dimensión salvífica de la pedagogía divina[12].

Detengámonos ahora en el aspecto jurídico de la misión educativa de la familia; jurídico en el sentido del derecho natural. Juan Pablo II lo presenta inseparablemente como derecho y deber, y lo califica de esencial, original y primario, insustituible e inalienable. Es esencial por su relación con la transmisión de la vida; original y primario respecto al de otros agentes de la educación; insustituible e inalienable porque no puede ser delegado totalmente o usurpado por otros[13]. El pontífice reivindicó en numerosas intervenciones suyas este derecho, y lo hizo especialmente con ocasión de sus viajes apostólicos y en sus discursos ante las autoridades culturales y políticas, lo defendió frente a los regímenes de corte totalitario y recordó su carácter de derecho democrático en el caso de sociedades en las que el relativismo y el laicismo podía hacer peligrar el efectivo ejercicio del mismo. En la mayor parte de sus mensajes sobre el particular, se trata del derecho que asiste a las familias católicas de asegurar para sus hijos una formación escolar conforme a la fe y a la visión cristiana del mundo. Así lo hizo, por ejemplo, en el discurso a la UNESCO el 2 de junio de 1980: Permítaseme reivindicar en este lugar –decía en esa ocasión– para las familias católicas el derecho que toda familia tiene de educar a sus hijos en las escuelas que correspondan a su propia visión del mundo, y en particular el estricto derecho de los padres creyentes a no ver en sus hijos en las escuelas sometidas a programas inspirados por el ateísmo. Ese es, en efecto, uno de los derechos fundamentales del hombre y de la familia. Hacía entonces referencia, como lo hizo en otras oportunidades, al artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En la articulación del derecho de los padres con la competencia de otras instancias educativas corresponde aplicar el principio de subsidiariedad. Hay que decir que, en general, la escuela tiene una función subsidiaria; su función es cooperar situándose en el espíritu mismo que anima a los padres. El principio vale especialmente para algunos aspectos más delicados de una formación integral, como es la educación sexual[14].La ayuda –se afirma– deberá ser proporcionada a las insuficiencias de las familias. La subsidiariedad implica que cualquier otro colaborador en el proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consentimiento y, en cierto modo, por encargo suyo[15]. Las insuficiencias posibles de las familias pueden detectarse, en algunos contextos culturales y religiosos, como incapacidad más o menos relativa, de ejercer con lucidez y libertad el derecho que les asiste por falta de la madurez humana y cristiana que requiere su altísima misión. En esos casos, el papel subsidiario que a la Iglesia le corresponde desempeñar es extender a los padres de los alumnos la acción educativa de la escuela católica o de las diversas estructuras pastorales, que pueden desarrollar durante los años curriculares un servicio de carácter misional; se asocian de este modo la pastoral educativa y la pastoral familiar.

En el magisterio de Juan Pablo II se registra la insistencia en la libertad de elección de los padres respecto a la orientación de la enseñanza que reciben sus hijos. Este derecho es enunciado en términos amplios: es el derecho de transmitir a sus hijos los valores en que creen, especialmente la religión, en escuelas apropiadas para ello, pero el pontífice se refiere, en concreto, a las familias católicas. Una nota de particular relieve es puesta en varias intervenciones de los años 1984 a 1988: que esa posibilidad de escoger no pese económicamente sobre los hogares. Las fórmulas adoptadas en estos pronunciamientos son prácticamente idénticas: no debe comportar esfuerzos económicos demasiado costosos[16], sin soportar por ello cargas económicas adicionales[17], sin indebidos pesos económicos[18], sin tener que soportar cargas inaceptables[19] . Esta reiterada afirmación contiene un mensaje dirigido a las autoridades públicas. El Estado puede favorecer de diversas maneras el ejercicio de ese derecho de los padres de familia: creando escuelas destinadas especialmente a alumnos católicos, brindando aportes financieros para sostener las escuelas de propiedad y gestión eclesial, ofreciendo enseñanza religiosa curricular en las escuelas estatales. En muchos países, la organización monopólica estatal de la instrucción pública y la tradición laicista han tornado problemático y accidentado este servicio de subsidiariedad, que desaparece totalmente en las regiones y períodos en los que se ha impuesto el ateísmo de Estado, o cuando se niega la libertad religiosa.

Juan Pablo II expone una enseñanza tradicional de la Iglesia cuando reivindica el derecho de los padres católicos de transmitir a sus hijos los valores en que creen sirviéndose de las estructuras educativas puestas a disposición por el Estado[20]. La escuela pública –precisamente por estar abierta a todos– debe ofrecer la garantía de que no se pondrá en peligro la fe de los hijos de las familias católicas, y de que la formación integral de los mismos estará asegurada mediante una adecuada enseñanza religiosa[21]. El derecho de los padres resultaría violado en medida notable si faltase, en el contexto del itinerario formativo, la enseñanza de la religión y, con ello, el conocimiento de las respuestas que da la fe a las preguntas de fondo que el hombre, especialmente en la juventud, inevitablemente se plantea[22].

La escuela pública –entiéndase: la estatal– no debe poner en peligro la fe de los alumnos católicos. Esa garantía es violada sistemáticamente por el Estado cuando impone contenidos curriculares contrarios a la fe y a la visión cristiana del hombre y del mundo. Se trata de un desliz frecuente, que se verifica de manera más o menos manifiesta según los casos, en un contexto cultural en el que impera el escepticismo acerca de la verdad y el relativismo moral. Es ésta una característica de las sociedades liberales posmodernas que tiene sus raíces en una teoría constructivista del conocimiento. De hecho, el constructivismo se ha extendido, desde la gnoseología, a la psicología y a la pedagogía, e impregna en general las ciencias sociales. De acuerdo a este planteo, el conocimiento es un proceso de elaboración de esquemas sobre la realidad, modelos de aproximación a ella variados y cambiantes, todos igualmente válidos; no hay verdades objetivas sino interpretaciones provisorias y en pugna; tampoco existe una naturaleza de la persona y de sus actos, todo es producción del hombre, que se construye a sí mismo. Si no hay creación, no hay Creador. No es necesaria una profesión o proclamación oficial de ateísmo. Al relativismo gnoseológico le sigue un relativismo ético; se niega que existan valores objetivos y universales fundados en el ser y en la naturaleza humana.

Esta ideología, que se introduce en las aulas de las escuelas estatales a través de los diseños curriculares, suele ser justificada en nombre del pluralismo y la tolerancia propios de un régimen democrático. Al respecto, vale la advertencia de Juan Pablo II: una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto[23] ; en nombre de la democracia se impone un pensamiento único contrario a la verdad del hombre y a la fe cristiana. Lo peor ocurre cuando el Estado, que hace un aporte económico al sostenimiento de la escuela católica, pretende imponer en ella contenidos y orientaciones de enseñanza que contradicen las convicciones de los padres de familia y ponen en riesgo la libertad de la Iglesia en la transmisión de la verdad.

Las enseñanzas de Juan Pablo II reivindicando el derecho de los padres católicos a proporcionar a sus hijos una educación integral iluminada por la fe mantienen una permanente actualidad; son tan oportunas en los años que corren como cuando fueron impartidas a la Iglesia y a la sociedad entonces contemporánea y sus instituciones. Esas enseñanzas hunden sus raíces en la gran tradición de la Iglesia, de la cual constituyen un autorizado desarrollo y una necesaria aplicación; a inspirarlas contribuye también la fuente tomasiana.

Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

Notas
[1] IV Sent. d. 26 a 1 c.
[2] IV Sent. d. 31 q. 1 a. 2 ad 1um
[3] IV Sent. d. 33 q. 1 a 3 a. 1c.
[4] I-II q. 100 a. 5 ad 4um
[5] II-II, q. 102, a. 1c.
[6] II-II, q. 154, a. 2c.
[7] C G IV, 58: Sunt enim quidam propagatores et conservatores spiritualis vitae secundum spirituale ministerium tantum, ad quod pertinet ordinis sacramentum; et secundum corporalem et spiritualem simul, quod fit per sacramentum matrimonii, quo vir et mulier conveniunt ad prolem generandam et educandam ad cultum divinum.
[8] Carta Gratissimam sane, 16. Enchiridion Vaticanum 14, pág. 157-167.
[9] CG. III, 123: … filius diuturna patris gubernatione indiget.
[10] Cf. Exhortación apostólica Familiaris consortio, 36. Enchiridion Vaticanum 7, pág. 1477.
[11] Suma Teológica I q. 20, a. 2c.
[12] Gratissimam sane, 16. Ed. cit. pág. 161.
[13] Cf. Familiaris consortio, 36, ib.
[14] Cf. íd. n. 37. También: Discurso al Pontificio Consejo para la Familia, 27 de mayo de 1983.
[15] Discurso a la Confederación italiana de ex–alumnos de la escuela católica, 26 de febrero de 1994.
[16] Discurso a los colegios católicos de Roma y el Lacio, 8 de marzo de 1986.
[17] Homilía pronunciada en Puerto Rico, 12 de octubre de 1984.
[18] Discurso a los educadores en Terranova (Canadá), 12 de septiembre de 1984.
[19] Discurso en la Universidad de Montevideo, 7 de mayo de 1988.
[20] Discurso a la Conferencia Episcopal Italiana, 26 de febrero de 1986.
[21] Cf. discurso a la Curia Romana, 28 de junio de 1984. Cf. también Homilía en Puerto Rico, 12 de octubre del mismo año.
[22] Discurso a la Conferencia Episcopal Italiana, 26 de febrero de 1986.
[23] Enc. Centesimus annus, 46. Enchiridion Vaticanum 13, pág. 149.

domingo, 25 de julio de 2010

Enseñar buenos modales a los hijos



Los niños deben aprender cuáles son los comportamientos adecuados en diferentes ámbitos y situaciones

Para cualquier padre es una gran satisfacción escuchar que su hijo está bien educado. Es el reconocimiento a una ardua tarea que los progenitores deben iniciar desde muy temprana edad. Inculcar a un niño buenos modales y normas de comportamiento le ayudará en el futuro en su proceso de socialización y le permitirá adquirir valores y actitudes imprescindibles para relacionarse con los demás. La paciencia y el buen ejemplo son las principales herramientas para conseguirlo.

Por Marta Vázquez Reina

Conseguir que un niño pida siempre las cosas "por favor" o que dé las "gracias" cuando recibe algo no es fruto del azar. Detrás de este logro persiste un importante trabajo educador por parte de las familias. Pero los buenos modales no se fundamentan sólo en estos dos términos. Engloban un conjunto de modelos de comportamiento que, aplicados de forma usual en la vida diaria, reportarán a los hijos una base óptima para relacionarse con los demás miembros de la sociedad e integrarse de modo efectivo en ella.

Los buenos modales pueden parecer algo tan sencillo como un conjunto de reglas sobre la conducta, pero estas pautas están muy ligadas a la educación en valores. Actitudes como el agradecimiento, el reconocimiento, el respeto, la consideración, la amabilidad o la cortesía se reflejan en una buena educación. Como afirma el sociólogo Salvador Cardús en su obra 'El desconcierto de la educación', "no se trata de enseñar normas estrictas, los modelos de comportamiento se aprenden como estilos de vida". La principal herramienta con la que cuentan los padres es el ejemplo.

Ejemplo y reconocimiento

Los modales deben estar presentes en todo momento, tanto en el hogar como fuera de él. De nada sirve mostrar a los hijos un comportamiento idóneo en ambientes externos si en casa, con los demás miembros de la familia, no se repiten. Deben entenderse como un proceso paulatino y cotidiano que los niños observen en las personas más cercanas desde muy pequeños y que apliquen ellos mismos a medida que adquieren la madurez necesaria. No consiste sólo en decirles qué no deben hacer, sino también lo contrario: qué deben hacer.

Además de "predicar con el ejemplo", los padres deben mostrar a los hijos los beneficios que se obtienen cuando se hace uso de las normas esenciales de respeto y cortesía. José Fernando Calderero, Decano de la Facultad de Educación de la Universidad Internacional de la Rioja y autor de 'Los buenos modales de tus hijos pequeños', apunta en este manual que nada ayuda más a un niño "que el reconocimiento, por parte de padres y educadores, de lo que le está saliendo bien".

Si el pequeño tan sólo recibe reprimendas o amonestaciones por no comportarse de forma adecuada y no se le felicita por sus buenas actitudes, no aprenderá a valorar la eficacia social de éstas. Tal como reconoce Calderero, "nada se consigue sin esfuerzo y dedicación".

Principales pautas

"Por favor" y "gracias": la repetición es la clave para que los niños incorporen estas dos palabras a su vocabulario de forma habitual. Desde muy pequeños, hay que utilizarlas al dirigirse a ellos e insistir en que las usen para que las entiendan como una fórmula mágica para obtener sus necesidades y para agradecerlo.

Saludar: un "hola" basta en las edades más tempranas, más adelante se les puede enseñar a incluir detrás de esta fórmula el nombre de la persona que se saluda. Decir "buenos días", "buenas tardes", etc. cuando se llega a un lugar, son costumbres que se deben inculcar de manera progresiva.

Interrupciones: llamar a la puerta antes de entrar, esperar el turno para hablar y no interrumpir las conversaciones de los demás son pautas fundamentales de buenos modales. Ya sea en casa o en actos públicos, los niños deben entender que cualquier momento no es bueno para hablar y que, si es imprescindible, deben pedir permiso para hacerlo.

Cuando estén capacitados, hay que enseñarles a asearse antes de salir de casa

Orden e higiene: el aspecto externo de un niño refleja su modo de actuar. Cuando estén capacitados, hay que enseñarles a asearse antes de salir de casa y mantener la pulcritud en la medida de lo posible, no hay que olvidar que son niños. Es fundamental inculcarles la importancia del orden, tanto con sus cosas como con las pertenencias de los demás y, en este último caso, que aprendan a respetar los objetos ajenos y a no tomar nunca nada que no sea de ellos sin permiso.

En la mesa

La comida es uno de los momentos del día en el que los padres deben utilizar sus mejores armas para proporcionar un buen modelo de comportamiento a los hijos. Es imprescindible que, al menos, en una de las comidas del día estén acompañados de los progenitores.

Hay que facilitarles esta tarea. No se puede pedir a un niño que se siente de forma correcta en la mesa si no cuenta con un asiento adaptado a su altura, o insistirle en que tome bien los cubiertos si éstos son demasiado grandes para él. Del mismo modo, es necesario evitar durante la comida distracciones (libros, televisión) que le impidan concentrarse.

Para que los buenos modales se reflejen en la mesa, es fundamental enseñar a los niños distintas pautas:

•Lavarse las manos antes de comer.
•Ayudar a poner y quitar la mesa.
•No empezar hasta que todos los platos se hayan servido y no levantarse de la mesa durante la comida.
•Colocarse la servilleta en el regazo y utilizarla siempre antes y después de beber.
•Colocar ambos brazos a los lados sin apoyar los codos.
•No chupar los cubiertos ni jugar con ellos.
•Mantener la boca cerrada mientras come.
•Cortar la comida en pequeños trozos.
•No hacer ruido al sorber los líquidos ni jugar con el pan.

Consumer.es

domingo, 29 de noviembre de 2009

Reflexión sobre las relaciones de padres e hijos


Otro diálogo sorprendente
Alfonso Aguiló



Tomás Alvira reproduce en uno de sus últimos libros el siguiente diálogo, contado por el Dr. Melcior:

— Qué te gustaría ser, Luis.

— Mayor.

— Y ¿por qué?

— Para poder mandar y tener siempre razón.

— ¿Tú crees que los mayores nunca se equivocan?

— Se equivocan muchas veces, pero siempre tienen razón.

Y así concluyó aquella conversación, tan reveladora sobre la percepción que aquel chico tenía –tal vez con bastante fundamento– sobre los adultos con que trataba.

— Pues a mi no me resulta muy lejana esa actitud. A veces pienso que no entiendo a mis hijos, y que ellos tampoco me entienden a mí. Parece que lo que decimos los padres siempre es a sus ojos algo caduco...

Es natural que los jóvenes y los mayores vean las cosas de distinto modo. Lo que sería extraño es que un adolescente y una persona madura pensaran de idéntica manera.

A todos, a esas edades, cuando comenzábamos a formar con autonomía nuestro criterio, nos sucedía algo así, en mayor o menor medida. Luego, con el paso de los años, hemos comprendido que nuestros padres tenían razón en muchas cosas –y en otras no–, y que lo que nos decían era fruto de su experiencia y del cariño que nos tenían.

Rememorando aquellos años de su juventud, un padre o una madre sensatos pueden imaginarse con bastante precisión qué sucede en las mentes de sus hijos. Si no lo recuerdan bien –e incluso si creen que lo recuerdan, como recomienda James B. Stenson– puede ser útil, y seguro que divertido, preguntar a los propios padres.

No dramatices asuntos triviales. Haz memoria y esfuérzate por adaptarte a los cambios de la sociedad, que no tienen por qué ser malos siempre.

No digas que la música moderna es intragable, o que visten con mal gusto, o que los modales de la juventud son un desastre, porque así te marginas tontamente. Y aunque es verdad que el vestido refleja mucho la personalidad de cada uno, no se puede desairar a un chico o una chica joven porque no nos entusiasmen sus modales, sus gustos, o su forma de vestir. Preocúpate sobre todo de lo que tienen dentro de la cabeza, que lo otro después se resolverá solo.

A lo mejor a tus hijos les pareces carca o anticuado simplemente por tu modo de expresarte. Actualiza tus modos de decir, no te distancies tontamente, habla de modo que te entiendan bien.

— Pero a veces parece que creen que con poner la música a todo volumen y vestir de modo estrafalario ya son muy originales y tienen mucha personalidad.

No te pongas así. Los padres han de procurar –como recomendaba J. Escrivá de Balaguer–"mantener el corazón joven, para que les sea más fácil recibir con simpatía las aspiraciones nobles e incluso las extravagancias de los chicos. La vida cambia, y hay muchas cosas nuevas que quizá no nos gusten –hasta es posible que no sean objetivamente mejores que otras de antes–, pero que no son malas: son simplemente otros modos de vivir, sin más trascendencia. En no pocas ocasiones, los conflictos aparecen porque se da importancia a pequeñeces, que se superan con un poco de perspectiva y de sentido del humor".


Fuente: Fluvium

lunes, 19 de octubre de 2009

Hijos: ¿por qué no a los castigos?


Por Elena Roger Gamir, pedagoga del Gabinete Pedagógico Solohijos

¿Qué haces cuando tu hijo no te obedece? ¿Cuándo infringe las normas de casa? ¿Le castigas o permites que aprenda de las consecuencias de sus actos? ¿Sabes distinguir consecuencias de castigos? No es tan fácil, muchos padres confunden con facilidad ambos términos disfrazando los castigos con el término de consecuencias.

¿Por qué no a los castigos?

El concepto "castigo" debería eliminarse de nuestro repertorio de técnicas persuasivas con nuestros hijos. Creemos firmemente que los niños no aprenden nada positivo con ellos. Los castigos disfrazados de disciplina son estériles y solo sirven para cosechar resentimiento y odio hacia el padre o la madre. No ayudan al niño a reflexionar sobre su comportamiento ya que éste está emocionalmente tan ocupado culpando a los padres de su conducta que pierde la oportunidad de aprender de su error.

Clara. 5 años. Ha vuelto otra vez del colegio sin su mochila.

Incorrecto: ¡Otra vez! ¡Ya está bien! Estoy muy enfadada contigo. Esta noche te irás a la cama sin cuento y mañana no te traeré merienda si no vuelves con la mochila!

Evidentemente, Clara se siente fatal y en lugar de centrar sus reflexiones sobre la mochila, centra sus sentimientos hacía su madre, que la amenaza con consecuencias terribles para ella. La oportunidad de aprender pasa inútilmente.

Correcto: Clara, esto no puede volver a pasar. Es necesario que traigas tu mochila cada viernes porque yo tengo que lavar la bata sucia, sino no la tendrás limpia el lunes. Te pondré un lacito rojo en la muñeca cada viernes para que te acuerdes. Si a pesar de eso la olvidas, tendrás que ponerte la bata sucia durante toda la semana siguiente

¿Castigos? No, gracias

¿Son las consecuencias una forma delicada de hablar de castigos? ¿No es el mismo concepto?

En absoluto. Los castigos hacen que tu hijo se estanque en el problema, que se sienta mal, que proyecte su culpa en el acusador y que tienda a comportarse de la misma forma en situaciones parecidas: por miedo, por rencor, por rutina, etc. Tras el castigo, en muchas ocasiones, se esconde la actitud de "darle una lección a este niño; así aprenderá". Va íntimamente ligado a nuestra rabia, a nuestra impotencia por hacerle cambiar, a nuestra frustración. Tu hijo, enfadado y con rencor, no aprende/quiere cambiar su comportamiento.

Las consecuencias hacen que tu hijo forme parte de la solución, que asimile su error, anticipe los resultados de un mal comportamiento y que obre en consecuencia. Con las consecuencias se desarrolla la autodisciplina y el criterio necesario para tomar decisiones acertadas.

Hay, pues, muuuuucha diferencia y es muy importante que, tenga la edad que tenga tu hijo, comiences a aplicar este cambio de mentalidad. Prueba a desterrar los castigos de tu casa durante una temporada. Olvídate de las amenazas, de los chantajes y de los gritos. Ponte un objetivo para los próximos 7 días: "sustituiré los castigos por consecuencias".

Te ayudamos con estas pautas:

Trasmite con muchísima claridad y firmeza lo que quieres que haga tu hijo. Pocas palabras y muy claritas: lavarse las manos antes de merendar, jugar después de deberes, camas hechas antes de salir de casa, etc.

Ante un comportamiento indeseado, expresa tu disconformidad. La ropa sucia no se tira al suelo; este comportamiento no se puede volver a repetir.

Explícale cual sería el comportamiento esperado. La ropa se tira al cubo de la ropa sucia. No hay ningún otro sitio donde se pueda tirar.

Ofrécele alternativas y recuerda la consecuencia. Puedes colocar el cubo de la ropa sucia junto a la puerta de tu cuarto; esto te ayudará a acordarte. Pero recuerda que esto es una familia y trabajamos en equipo. Si tu no tiras la ropa en su sitio, yo no la lavaré.

En ese caso, si sigue sin tirar la ropa en su sitio, por favor, ¡no le laves la ropa! Cumple con la consecuencia, sin enfadarte y sin gritar. De hecho, es su problema, no el tuyo, ya que es su ropa la que no se lavará.

Es cierto que requiere mucha paciencia por parte de los padres pero estás tratando de que se de cuenta de su comportamiento inaceptable para que sea él mismo el que quiera poner solución. Debe sentir la necesidad de solventar su problema y para ello necesita tu coherencia.

Sabemos que no siempre es fácil saber cuándo estamos aplicando consecuencias o castigos. A veces, imponemos los castigos de siempre e impedimos que nuestros hijos experimenten sus propias consecuencias.

Castigos y consecuencias no son lo mismo. ¿En qué se diferencian?

Sencillamente, las consecuencias enseñan a los hijos a hacerse responsables de sus elecciones y su conducta. Los castigos evitan una conducta por imposición del adulto, por miedo y amenazas y no porque nuestros hijos hayan comprendido lo incorrecto de su conducta.

Pablo. 7 años. Sabe que no debe llenar de agua el suelo del baño cada vez que se ducha. Sin embargo, lo ha hecho.
Castigo: No verá la tele el resto de la tarde o se quedará sin el cuento de la noche.
Consecuencia: Deberá coger los utensilios necesarios para recoger el agua y dejar el baño en las mismas condiciones como las encontró.

Juan. 8 años. Sabe que no se debe "salpicar" en el suelo del baño cuando va a orinar.
Castigo: Cada vez que ensucia el water, sus padres le amenazan diciéndole que le van a poner un pañal de bebé. En alguna ocasión se lo han puesto.
Consecuencia: Cada vez que ensucia el water con su orina, tiene que limpiarlo.

Maria. 10 años. Tarda cada día más de una hora en cenar.
Castigo: Se va a la cama sin acabar de cenar. Casi nunca toma el postre o se lo acaba en el cuarto de baño.
Consecuencias: Al cabo del tiempo estipulado, se le retira la comida y se guarda en la nevera para comerla al día siguiente.

Enrique. 12 años. Jugando con el mando a distancia de la televisión, se le ha caído y lo ha roto.
Castigo: No podrá ver la televisión durante una semana.
Consecuencia: Tendrá que comprar con su dinero un mando a distancia nuevo.

Ana. 14 años. No puede hacer llamadas de teléfono a sus amigas a partir de las 10,00h, durante la semana. Incumple la norma.
Castigo: No podrá salir con sus amigas el sábado siguiente.
Consecuencia: Pierde el privilegio de llamar por teléfono durante una semana.

Sara. 16 años. Nunca tira la ropa sucia en la cesta correspondiente.
Castigo: Se quedará sin comprarse el pantalón que tanta ilusión le hacía ya que no cuida la ropa. Consecuencia: No se le lavará aquella ropa sucia que no se coloque en el sitio estipulado para ello. Posiblemente en poco tiempo se quedará sin ropa que ponerse.

¿El secreto de una consecuencia eficaz?

No añadir ningún tipo de comentario. Evitar reproches, ironías y humillaciones. La consecuencia es suficientemente clara.
Mario (6 años) se ha quemado levemente el dedo por tocar una olla caliente. No decir: "Ya lo veía venir" "estaba seguro que pasaría esto". Simplemente, callar y curar la herida.

Debe ser inmediata. Juan juega a tirar bolitas de pan a su hermano en la cena. La consecuencia inmediata es quitarle el pan en ese momento, no al cabo de un rato.

Debe guardar relación con la conducta de tu hijo. No tiene sentido que castiguemos a nuestro hijo sin dulces o sin ver la televisión por no recoger los juguetes del suelo. Sería más apropiado el hecho de retirarle los juguetes no recogidos durante una temporada

Ofrece a tu hijo un modelo a imitar. Oscar juega incorrectamente con el cuchillo, haciendo el "payaso" delante de sus hermanos. Su padre puede actuar de dos maneras: "Oscar, todos sabemos que eres un poco pequeño y por eso no sabes utilizar el cuchillo como un mayor; ¡te acabas de quedar sin cuchillo!" o bien "en la próxima comida podrás volver a utilizar el cuchillo".
La consecuencia es la misma (quedarse sin cuchillo) pero la segunda opción ofrece un modelo a imitar.

Coherencia entre los padres. Ambos padres han establecido que no se puede jugar a la Play Station entre semana. Si Alicia les pregunta por separado si puede jugar a la play, ambos deben mantenerse firmes, sabiendo qué es lo que contestará su pareja.

Mejor consecuencias de poca duración que a largo plazo. Juan tiene 15 años y sabe que no puede hablar por teléfono más que 10 minutos. Infringe la norma. Sus padres le castigan un mes sin teléfono. En este caso, habría sido razonable acotar más el tiempo de pérdida de privilegio, por ejemplo, una semana. De esta manera, ofrecemos al niño la posibilidad de probar de nuevo después de la consecuencia estando todavía "caliente" la infracción.