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jueves, 3 de octubre de 2013

Misión de la mujer en la Iglesia como animadora de espiritualidad

Autor: Juan Carlos Meinvielle

El mundo de la espiritualidad y la mujer:

Ya hace mucho tiempo, el escritor francés André Malraux, decía que el siglo XXI sería el siglo de la mística y Karl Ranher decía que el cristiano del siglo XXI, sería un místico o no sería cristiano, porque el mundo tendría hoy tantas ocasiones de vivir como ateo, que sólo un místico puede superarlas. Pero ¿Qué es ser místico? No son visiones, ni estados crepusculares, ni falsos misticismos de meditaciones o estados de trance que nos aparten de la realidad y sean una evasión de los verdaderos problemas. Sobre todo de la familia. La espiritualidad verdadera es vivir una profunda experiencia de Dios. El cristiano espiritual, es el que cultiva el diálogo con Dios y con los hombres, y sus problemas y se compromete con su testimonio. ¿Y cómo podemos vivir el diálogo cristiano en familia y la espiritualidad familiar?

No hay duda, que la espiritualidad es una tarea que se adapta bien al espíritu femenino. Sin entrar en el tema de las comparaciones entre mujeres y hombres, ni decir quién es más o quien es menos, hay que admitir que por su sensibilidad y percepción propia de la realidad, la mujer está muy bien dotada para esta misión. Su ubicación en lo cotidiano, en el mundo y la historia, en lo corpóreo y al mismo tiempo en la interioridad, en lo afectivo, en el arte, en la creatividad y la inteligencia emocional, la dotan de grandes cualidades para vivir y testimoniar la vida espiritual. Por ejemplo, una teóloga de la UCA, que comenta la obra del famoso Von Balthasar, dice que “el ser de lo femenino ocupa un lugar eminente en la configuración del diálogo interdisciplinario entre teología y vida”.

Carismas de estilo laical:

Por otra parte, es muy interesante darse cuenta de que este ámbito, no atañe exclusivamente al ministerio ordenado, sino que puede ser un “estilo laical” plenamente eclesial y femenino. Los pastores, no son los únicos que pueden hablar de todos los temas en la iglesia. A ellos les compete gobernar y discernir y vigilar los carismas particulares, pero hoy una verdadera teología de los carismas como enseña San Pablo, que en la medida que se profundice, va a ser de gran provecho para el desarrollo de la vida eclesial y seguramente nos revelará aspectos muy importantes de la misión y el papel de la mujer como animadora de espiritualidad en las comunidades eclesiales. Hoy la voz de la mujer debe oírse cada vez con más fuerza en la Iglesia. Es cierto que hoy, ya hay mujeres teólogas, que son formadoras de pensamiento cristiano. Hay catequistas, o trasmisoras de fe. La mujer es madre, trasmisora de vida y humanismo. Es maestra o formadora de cultura y de valores. Pero seguramente, sin ser profetas, podemos decir que cada vez más, será animadora de espiritualidad, no sólo para las mujeres sino para toda la Iglesia.

Misión de la mujer en la espiritualidad, mirada historia:

Si miramos la historia, nos encontramos enseguida con una mujer, María, que recibió el primer anuncio del Emmanuel, el Dios con nosotros y lo hizo carne en sí misma. Así entró ella en la historia de la salvación. Encontramos después a otra mujer, María Magdalena, que fue la primera enviada a anunciar a Jesús resucitado a toda la Iglesia, incluidos los Apóstoles. Más aun, recordemos entre otras a Santa Catalina de Siena, cuyos pasos fueron seguidos por Papas y Cardenales. Teresa de Ávila, dirigió una reforma impresionante en la Iglesia. Teresita abrió caminos de espiritualidad para todos. En la edad media y durante la conquista española de América, mientras los misioneros y las universidades expandían la evangelización en Europa y el nuevo mundo, las mujeres madres, plasmaban el humanismo cristiano en la familia y la inculturación de la fe en la España mora y judía, y en los pueblos originarios de Latinoamérica.

Nuevos movimientos de espiritualidad:

Si miramos la sociedad de hoy vemos muchas mujeres que participan en los nuevos movimientos de espiritualidad. Por cierto estos movimientos tienen cosas valiosas y otras que deben ser evangelizadas y discernidas. Recordamos las palabras del Papa cuando era prefecto de la Doctrina de la fe, sobre “los métodos orientales en la oración cristiana”. También hay aspectos de la nueva era, que son incompatibles con nuestra fe. Es importante estudiar cual el atractivo que ejerce esta espiritualidad y las causas del rechazo a la Iglesia y lo institucional. Hay mujeres cristianas que son instructoras de yoga o de zen y hay quienes dirigen grupos de oración cristiana con estos métodos. Son experiencias que pueden ser apreciadas y valoradas después de discernirlas convenientemente, no tienen por qué ser esfuerzos aislados y pueden ser integradas a la Comunidad. Aquí se puede descubrir el papel de la mujer laica, instaurando un diálogo de confianza y aprecio dentro de la comunidad.

Afinidad de la mujer con ciertos aspectos de la espiritualidad actual

La interioridad es una de las mayores búsquedas de los movimientos espiritualistas contemporáneos. Se utilizan para lograr la paz y armonía interior, la respiración, la concentración, la relajación y el silencio. Se busca lograr un nuevo concepto de salud y de armonía ecológica. Sin menospreciar esas prácticas, como ya dijimos, la espiritualidad cristiana no puede dejar de ser interior y espiritualidad, pero también religiosa y comunitaria. La espiritualidad actual es fuertemente individualista y evita lo religioso, lo trascendente y la tradición y magisterio eclesial.

Rasgos de una espiritualidad cristiana actual:

Tiene que ser una espiritualidad del corazón, que integre en la unidad de la persona, el cuerpo y el alma y el espíritu. Que cuide las emociones y busque liberarse de sentimientos de culpabilidad, de obsesiones y escrúpulos, de miedos y, sobre todo el miedo a Dios, al juicio y lo trascedente. La espiritualidad cristiana da verdadera importancia a la libertad de la persona como sujeto moral, a la formación de la conciencia y del juicio y la toma de decisiones morales, no tiene una concepción deformada del pecado y la conversión. Entiende lo que es la reconciliación y el perdón. Se funda plenamente en el amor a Dios y al prójimo, sin legalismos y moralismos rígidos e intransigentes y discriminatorios. Busca la justicia social y la reciprocidad de las conciencias, preocupándose por el bien del prójimo y la paz y la no-violencia en todo aspecto, social, doméstica, familiar, juvenil y política y la sanación del perdón de las ofensas y heridas de la vida. Una espiritualidad cristiana actual auténtica, deberá ser la espiritualidad de la acción y de la vida cotidiana. Juntamente con ella corre el tema de la liturgia de la vida diaria. El culto de la vida cotidiana y el sacerdocio bautismal del laico. Los actos del culto son el sacrificio y la ofrenda. Ofrecer todo lo que hago en mi vida cotidiana, y hacerlo lo mejor que pueda para gloria de Dios, es el acto de culto de mi Misa personal. La adoración de Dios en mi vida diaria es la ofrenda y el sacrificio de vida, de mi cuerpo de mi trabajo y sufrimientos, junto con el Sacrificio de Jesús.

Papel de la mujer en la espiritualidad familiar y de la vida cotidiana

Dios es familia, decía siempre Juan Pablo II. La familia es también una IGLESIA doméstica, es decir, un misterio de COMUNIÓN. Los SACRAMENTOS de la iglesia doméstica, son el Bautismo que vivimos como vida de Alianza y amistad con Dios por medio del Espíritu Santo. La Comunión de los miembros de la familia, alimentada por la Eucaristía. Y el misterio del sacramento del Matrimonio cristiano, es la comunión de vida y amor de dos que se entregan y reciben mutuamente, sus cuerpos y almas, se cuidan en la salud y la enfermedad, y se perdonan y reconcilian siempre. El calendario de la espiritualidad familiar, abarca los aniversarios, cumpleaños y fiestas de familia, para recordar el paso de Dios por su historia de todos los días. Los duelos, las enfermedades y los sufrimientos son la Semana Santa y la Pascua de la familia. También los padres viven la liturgia doméstica del hogar y la trasmiten a los chicos, cuando junto al beso de las buenas noches, los bendicen trazando la señal de la cruz en su frente. Cuando los lleven a realizar la visita a la iglesia del barrio, para que ésta se vuelva familiar para el chico. Y como los niños a esa edad comienzan a imitar lo que ven hacer a los otros, les enseñan a rezar ante las imágenes o el altar doméstico y hacer un ratito de silencio. Siempre obviamente gestos sencillos, breves. Cuando el niño empieza el jardín de infantes y aparecen los amiguitos, les hablan de Jesús como amigo, y les van enseñando las oraciones a la Viren y los santos.

Mujer, imagen femenina de Dios

Dios ¿es padre?, ¿o es madre? ¿Es varón o mujer? ¿Dios … o diosa? Las dos cosas tienen algo de verdad, pero no son verdad del todo. En realidad en Dios no hay sexo, no es varón ni mujer, pero es el Creador de todos los hombres y mujeres por igual. “Creó al hombre”; “Los hizo, varón y mujer. Y repartió sus dones por igual entre ellos, pero a cada uno le dio algo especial y característico, para que en la comunión de ambos pudieran enriquecer al otro y así viviendo en comunión, el hombre y la mujer re-crean la imagen de Dios Comunión Trinitaria y Amor de Personas. En realidad, la Biblia, está llena de imágenes femeninas y maternales de Dios. También el Nuevo Testamento. Y también de imágenes matrimoniales y nupciales y por supuesto, la Alianza.

Nos cuenta la Biblia que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y el Beato Juan Pablo, añade en su encíclica sobre la familia, que también la familia por ser una comunidad de personas es imagen de Dios, Comunidad de Tres Personas. No sólo eso, sino que también cada miembro de la familia reproduce personalmente, tomado dentro del conjunto familiar, alguno de los rasgos característicos de Dios: la mujer reproduce la ternura del amor de Dios; el hombre, la paternidad y fuerza; los ancianos la sabiduría de Dios; los jóvenes, su creatividad y energía, los niños aquella inocencia sin la cual no podemos entrar en su Reino.

Por supuesto, al decir que la mujer tiene la misión de trasmitir ternura, no significa que la mujer debe ser un ser débil y sometido. Todo lo contrario. La ternura, según San Francisco de Sales es la perfección de la caridad y del amor, que es el primer mandamiento. Ternura, es sinónimo de la “compasión” que experimenta Dios por los hombres, especialmente por los débiles y pecadores, como lo muestra la parábola del buen samaritano. “Con-pasión”, significa sufrir con el otro. Dios es compasivo porque asume el dolor del pobre, del pueblo crucificado y lo redime, no con discursos y enseñanzas teóricas, sino compartiendo su dolor. Ese es el amor de una madre, y en general de la mujer que está llamada a aportar a la sociedad, este rasgo que Dios puso en su naturaleza y que es característico de Él. Una mujer que no se entiende a sí misma un poco como madre, más allá de la maternidad puramente biológica, no entiende su misión de mujer.

Deformaciones de género

Es cierto que por desgracia, durante mucho tiempo se tergiversó la figura de la mujer, desfigurando su imagen mediante una caricatura de ser obediente y sumiso. Muchas veces la cultura de la época pasada, redujo el rol de la madre solamente los quehaceres domésticos y a su papel en el hogar. No hablo de este tipo de rol materno antiguo, sino de la mujer que siempre en todas sus funciones, domésticas, sociales, eclesiales o políticas y culturales, sabe dar ese toque de madre, que sólo ella puede dar, al poder dar vida, hacer crecer, cuidar y dar fe a sus semejantes como lo hace Dios con sus hijos.

¿Igualismo o complementación?

“Cuando el machismo y el feminismo se encuentran, nace el igualismo”, dice una propaganda de cerveza. Como si dijéramos que cuando nos encontramos para tomar una Quilmes, ya no hay diferencias de sexos. El “igualismo”, puede funcionar bien, si se trata de los derechos humanos de las personas. Todos somos iguales, hombres y mujeres y tenemos los mismos derechos. Pero también es cierto, que los sexos tienen características propias de cada uno, que los hacen diferentes, aunque iguales en valor y dignidad. Esas diferencias, justamente son para enriquecer al otro, en el encuentro de los sexos y en el amor. No hablamos solamente del encuentro sexual de tipo genital, sino en el encuentro de personas diferentes, donde cada una mirando a la otra pude decir “yo tengo lo que a vos te hace falta” y “vos tenés lo que yo necesito”. Y así, en primer lugar la amistad entre hombres y mujeres y luego en particular el matrimonio, es un camino de perfeccionamiento y crecimiento en conjunto donde los dos se complementan como personas.

El futuro de la mujer en la Iglesia

Si bien la Iglesia de Cristo seguirá siendo siempre la misma, no sabemos cómo será la Iglesia del futuro, humanamente hablando y desde el punto de vista pastoral e intencional. No sabemos si algún día la mujer llegará a ser sacerdote, o si se admitirán sacerdotes casados. Pero en realidad tampoco importa demasiado. Lo importante es afirmar la importancia del papel de la mujer en la iglesia del futuro, como maestra de espiritualidad cristiana.

En Europa la idea de pueblo cristiano va perdiendo fuerza frente al pluralismo y a otras religiones. El pueblo ya no es la Iglesia, como era en otra época. Tal vez vayan creciendo los movimientos eclesiales y las pequeñas comunidades más fuertes y comprometidas. También entre nosotros se podrá ir dado ese proceso, pero en Latinoamérica donde todavía es fuerte la religiosidad popular, se hace necesaria una nueva evangelización de la cultura. No hablamos sólo de catequesis parroquial. Acá es donde el papel de la mujer puede aparecer con mucha fuerza como trasmisora de fe y maestra de espiritualidad en la comunidad eclesial del futuro tanto en Europa como en Latinoamérica.

Preguntas, para un debate:

1. ¿Qué es lo más importante que puede hacer la mujer para comprometerse en un trabajo de espiritualidad

2. ¿Tiene hoy la mujer en la Iglesia un papel importante, en nombre propio, no sólo como colaboradora o secretaria? ¿Puede llegar a tenerlo?

3. ¿Qué características tiene la mujer, con las que puede enriquecer a los demás y a la Iglesia?

martes, 7 de febrero de 2012

Misión de la mujer en la Iglesia como animadora de espiritualidad


Autor: Juan Carlos Meinvielle

El mundo de la espiritualidad y la mujer:

Ya hace mucho tiempo, el escritor francés André Malraux, decía que el siglo XXI sería el siglo de la mística y Karl Ranher decía que el cristiano del siglo XXI, sería un místico o no sería cristiano, porque el mundo tendría hoy tantas ocasiones de vivir como ateo, que sólo un místico puede superarlas. Pero ¿Qué es ser místico? No son visiones, ni estados crepusculares, ni falsos misticismos de meditaciones o estados de trance que nos aparten de la realidad y sean una evasión de los verdaderos problemas. Sobre todo de la familia. La espiritualidad verdadera es vivir una profunda experiencia de Dios. El cristiano espiritual, es el que cultiva el diálogo con Dios y con los hombres, y sus problemas y se compromete con su testimonio. ¿Y cómo podemos vivir el diálogo cristiano en familia y la espiritualidad familiar?

No hay duda, que la espiritualidad es una tarea que se adapta bien al espíritu femenino. Sin entrar en el tema de las comparaciones entre mujeres y hombres, ni decir quién es más o quien es menos, hay que admitir que por su sensibilidad y percepción propia de la realidad, la mujer está muy bien dotada para esta misión. Su ubicación en lo cotidiano, en el mundo y la historia, en lo corpóreo y al mismo tiempo en la interioridad, en lo afectivo, en el arte, en la creatividad y la inteligencia emocional, la dotan de grandes cualidades para vivir y testimoniar la vida espiritual. Por ejemplo, una teóloga de la UCA, que comenta la obra del famoso Von Balthasar, dice que “el ser de lo femenino ocupa un lugar eminente en la configuración del diálogo interdisciplinario entre teología y vida”.

Carismas de estilo laical:

Por otra parte, es muy interesante darse cuenta de que este ámbito, no atañe exclusivamente al ministerio ordenado, sino que puede ser un “estilo laical” plenamente eclesial y femenino. Los pastores, no son los únicos que pueden hablar de todos los temas en la iglesia. A ellos les compete gobernar y discernir y vigilar los carismas particulares, pero hoy una verdadera teología de los carismas como enseña San Pablo, que en la medida que se profundice, va a ser de gran provecho para el desarrollo de la vida eclesial y seguramente nos revelará aspectos muy importantes de la misión y el papel de la mujer como animadora de espiritualidad en las comunidades eclesiales. Hoy la voz de la mujer debe oírse cada vez con más fuerza en la Iglesia. Es cierto que hoy, ya hay mujeres teólogas, que son formadoras de pensamiento cristiano. Hay catequistas, o trasmisoras de fe. La mujer es madre, trasmisora de vida y humanismo. Es maestra o formadora de cultura y de valores. Pero seguramente, sin ser profetas, podemos decir que cada vez más, será animadora de espiritualidad, no sólo para las mujeres sino para toda la Iglesia.

Misión de la mujer en la espiritualidad, mirada historia:

Si miramos la historia, nos encontramos enseguida con una mujer, María, que recibió el primer anuncio del Emmanuel, el Dios con nosotros y lo hizo carne en sí misma. Así entró ella en la historia de la salvación. Encontramos después a otra mujer, María Magdalena, que fue la primera enviada a anunciar a Jesús resucitado a toda la Iglesia, incluidos los Apóstoles. Más aun, recordemos entre otras a Santa Catalina de Siena, cuyos pasos fueron seguidos por Papas y Cardenales. Teresa de Ávila, dirigió una reforma impresionante en la Iglesia. Teresita abrió caminos de espiritualidad para todos. En la edad media y durante la conquista española de América, mientras los misioneros y las universidades expandían la evangelización en Europa y el nuevo mundo, las mujeres madres, plasmaban el humanismo cristiano en la familia y la inculturación de la fe en la España mora y judía, y en los pueblos originarios de Latinoamérica.

Nuevos movimientos de espiritualidad:

Si miramos la sociedad de hoy vemos muchas mujeres que participan en los nuevos movimientos de espiritualidad. Por cierto estos movimientos tienen cosas valiosas y otras que deben ser evangelizadas y discernidas. Recordamos las palabras del Papa cuando era prefecto de la Doctrina de la fe, sobre “los métodos orientales en la oración cristiana”. También hay aspectos de la nueva era, que son incompatibles con nuestra fe. Es importante estudiar cual el atractivo que ejerce esta espiritualidad y las causas del rechazo a la Iglesia y lo institucional. Hay mujeres cristianas que son instructoras de yoga o de zen y hay quienes dirigen grupos de oración cristiana con estos métodos. Son experiencias que pueden ser apreciadas y valoradas después de discernirlas convenientemente, no tienen por qué ser esfuerzos aislados y pueden ser integradas a la Comunidad. Aquí se puede descubrir el papel de la mujer laica, instaurando un diálogo de confianza y aprecio dentro de la comunidad.

Afinidad de la mujer con ciertos aspectos de la espiritualidad actual

La interioridad es una de las mayores búsquedas de los movimientos espiritualistas contemporáneos. Se utilizan para lograr la paz y armonía interior, la respiración, la concentración, la relajación y el silencio. Se busca lograr un nuevo concepto de salud y de armonía ecológica. Sin menospreciar esas prácticas, como ya dijimos, la espiritualidad cristiana no puede dejar de ser interior y espiritualidad, pero también religiosa y comunitaria. La espiritualidad actual es fuertemente individualista y evita lo religioso, lo trascendente y la tradición y magisterio eclesial.

Rasgos de una espiritualidad cristiana actual:

Tiene que ser una espiritualidad del corazón, que integre en la unidad de la persona, el cuerpo y el alma y el espíritu. Que cuide las emociones y busque liberarse de sentimientos de culpabilidad, de obsesiones y escrúpulos, de miedos y, sobre todo el miedo a Dios, al juicio y lo trascedente. La espiritualidad cristiana da verdadera importancia a la libertad de la persona como sujeto moral, a la formación de la conciencia y del juicio y la toma de decisiones morales, no tiene una concepción deformada del pecado y la conversión. Entiende lo que es la reconciliación y el perdón. Se funda plenamente en el amor a Dios y al prójimo, sin legalismos y moralismos rígidos e intransigentes y discriminatorios. Busca la justicia social y la reciprocidad de las conciencias, preocupándose por el bien del prójimo y la paz y la no-violencia en todo aspecto, social, doméstica, familiar, juvenil y política y la sanación del perdón de las ofensas y heridas de la vida. Una espiritualidad cristiana actual auténtica, deberá ser la espiritualidad de la acción y de la vida cotidiana. Juntamente con ella corre el tema de la liturgia de la vida diaria. El culto de la vida cotidiana y el sacerdocio bautismal del laico. Los actos del culto son el sacrificio y la ofrenda. Ofrecer todo lo que hago en mi vida cotidiana, y hacerlo lo mejor que pueda para gloria de Dios, es el acto de culto de mi Misa personal. La adoración de Dios en mi vida diaria es la ofrenda y el sacrificio de vida, de mi cuerpo de mi trabajo y sufrimientos, junto con el Sacrificio de Jesús.

Papel de la mujer en la espiritualidad familiar y de la vida cotidiana

Dios es familia, decía siempre Juan Pablo II. La familia es también una IGLESIA doméstica, es decir, un misterio de COMUNIÓN. Los SACRAMENTOS de la iglesia doméstica, son el Bautismo que vivimos como vida de Alianza y amistad con Dios por medio del Espíritu Santo. La Comunión de los miembros de la familia, alimentada por la Eucaristía. Y el misterio del sacramento del Matrimonio cristiano, es la comunión de vida y amor de dos que se entregan y reciben mutuamente, sus cuerpos y almas, se cuidan en la salud y la enfermedad, y se perdonan y reconcilian siempre. El calendario de la espiritualidad familiar, abarca los aniversarios, cumpleaños y fiestas de familia, para recordar el paso de Dios por su historia de todos los días. Los duelos, las enfermedades y los sufrimientos son la Semana Santa y la Pascua de la familia. También los padres viven la liturgia doméstica del hogar y la trasmiten a los chicos, cuando junto al beso de las buenas noches, los bendicen trazando la señal de la cruz en su frente. Cuando los lleven a realizar la visita a la iglesia del barrio, para que ésta se vuelva familiar para el chico. Y como los niños a esa edad comienzan a imitar lo que ven hacer a los otros, les enseñan a rezar ante las imágenes o el altar doméstico y hacer un ratito de silencio. Siempre obviamente gestos sencillos, breves. Cuando el niño empieza el jardín de infantes y aparecen los amiguitos, les hablan de Jesús como amigo, y les van enseñando las oraciones a la Viren y los santos.

Mujer, imagen femenina de Dios

Dios ¿es padre?, ¿o es madre? ¿Es varón o mujer? ¿Dios … o diosa? Las dos cosas tienen algo de verdad, pero no son verdad del todo. En realidad en Dios no hay sexo, no es varón ni mujer, pero es el Creador de todos los hombres y mujeres por igual. “Creó al hombre”; “Los hizo, varón y mujer. Y repartió sus dones por igual entre ellos, pero a cada uno le dio algo especial y característico, para que en la comunión de ambos pudieran enriquecer al otro y así viviendo en comunión, el hombre y la mujer re-crean la imagen de Dios Comunión Trinitaria y Amor de Personas. En realidad, la Biblia, está llena de imágenes femeninas y maternales de Dios. También el Nuevo Testamento. Y también de imágenes matrimoniales y nupciales y por supuesto, la Alianza.

Nos cuenta la Biblia que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Y el Beato Juan Pablo, añade en su encíclica sobre la familia, que también la familia por ser una comunidad de personas es imagen de Dios, Comunidad de Tres Personas. No sólo eso, sino que también cada miembro de la familia reproduce personalmente, tomado dentro del conjunto familiar, alguno de los rasgos característicos de Dios: la mujer reproduce la ternura del amor de Dios; el hombre, la paternidad y fuerza; los ancianos la sabiduría de Dios; los jóvenes, su creatividad y energía, los niños aquella inocencia sin la cual no podemos entrar en su Reino.

Por supuesto, al decir que la mujer tiene la misión de trasmitir ternura, no significa que la mujer debe ser un ser débil y sometido. Todo lo contrario. La ternura, según San Francisco de Sales es la perfección de la caridad y del amor, que es el primer mandamiento. Ternura, es sinónimo de la “compasión” que experimenta Dios por los hombres, especialmente por los débiles y pecadores, como lo muestra la parábola del buen samaritano. “Con-pasión”, significa sufrir con el otro. Dios es compasivo porque asume el dolor del pobre, del pueblo crucificado y lo redime, no con discursos y enseñanzas teóricas, sino compartiendo su dolor. Ese es el amor de una madre, y en general de la mujer que está llamada a aportar a la sociedad, este rasgo que Dios puso en su naturaleza y que es característico de Él. Una mujer que no se entiende a sí misma un poco como madre, más allá de la maternidad puramente biológica, no entiende su misión de mujer.

Deformaciones de género

Es cierto que por desgracia, durante mucho tiempo se tergiversó la figura de la mujer, desfigurando su imagen mediante una caricatura de ser obediente y sumiso. Muchas veces la cultura de la época pasada, redujo el rol de la madre solamente los quehaceres domésticos y a su papel en el hogar. No hablo de este tipo de rol materno antiguo, sino de la mujer que siempre en todas sus funciones, domésticas, sociales, eclesiales o políticas y culturales, sabe dar ese toque de madre, que sólo ella puede dar, al poder dar vida, hacer crecer, cuidar y dar fe a sus semejantes como lo hace Dios con sus hijos.

¿Igualismo o complementación?

“Cuando el machismo y el feminismo se encuentran, nace el igualismo”, dice una propaganda de cerveza. Como si dijéramos que cuando nos encontramos para tomar una Quilmes, ya no hay diferencias de sexos. El “igualismo”, puede funcionar bien, si se trata de los derechos humanos de las personas. Todos somos iguales, hombres y mujeres y tenemos los mismos derechos. Pero también es cierto, que los sexos tienen características propias de cada uno, que los hacen diferentes, aunque iguales en valor y dignidad. Esas diferencias, justamente son para enriquecer al otro, en el encuentro de los sexos y en el amor. No hablamos solamente del encuentro sexual de tipo genital, sino en el encuentro de personas diferentes, donde cada una mirando a la otra pude decir “yo tengo lo que a vos te hace falta” y “vos tenés lo que yo necesito”. Y así, en primer lugar la amistad entre hombres y mujeres y luego en particular el matrimonio, es un camino de perfeccionamiento y crecimiento en conjunto donde los dos se complementan como personas.

El futuro de la mujer en la Iglesia

Si bien la Iglesia de Cristo seguirá siendo siempre la misma, no sabemos cómo será la Iglesia del futuro, humanamente hablando y desde el punto de vista pastoral e intencional. No sabemos si algún día la mujer llegará a ser sacerdote, o si se admitirán sacerdotes casados. Pero en realidad tampoco importa demasiado. Lo importante es afirmar la importancia del papel de la mujer en la iglesia del futuro, como maestra de espiritualidad cristiana.

En Europa la idea de pueblo cristiano va perdiendo fuerza frente al pluralismo y a otras religiones. El pueblo ya no es la Iglesia, como era en otra época. Tal vez vayan creciendo los movimientos eclesiales y las pequeñas comunidades más fuertes y comprometidas. También entre nosotros se podrá ir dado ese proceso, pero en Latinoamérica donde todavía es fuerte la religiosidad popular, se hace necesaria una nueva evangelización de la cultura. No hablamos sólo de catequesis parroquial. Acá es donde el papel de la mujer puede aparecer con mucha fuerza como trasmisora de fe y maestra de espiritualidad en la comunidad eclesial del futuro tanto en Europa como en Latinoamérica.

Preguntas, para un debate:

1. ¿Qué es lo más importante que puede hacer la mujer para comprometerse en un trabajo de espiritualidad

2. ¿Tiene hoy la mujer en la Iglesia un papel importante, en nombre propio, no sólo como colaboradora o secretaria? ¿Puede llegar a tenerlo?

3. ¿Qué características tiene la mujer, con las que puede enriquecer a los demás y a la Iglesia?

lunes, 4 de mayo de 2009

La Catequesis y las enseñanzas de Jesús


"Vayan y encuéntrenme en Galilea"

Hace muchos años que estudié que la única forma de enseñar, es decir, de que el otro aprenda, es hacer que lo que se transmite sea de su interés.

En numerosas oportunidades observo que hay muchas cosas que, en la escuela, nadie enseña y, sin embargo, son de verdadero interés para los niños y los jóvenes.

La catequesis debe hablar de esos temas. En la semana de Pascua, en la parroquia Santa Juana de Arco, de Ciudadela (Buenos Aires), el sacerdote explicó que cuando Jesús dijo a las mujeres que lo buscaran resucitado en Galilea, quiso decir que debían buscarlo en la vida cotidiana.

Hallar a Jesús en la Iglesia es relativamente fácil, lo necesario es encontrarlo en los otros, en los que nos molestan, en las situaciones cotidianas, buenas o malas, en los signos de Dios.

Hace muchos años, en la programación del colegio secundario había una materia que se llamaba higiene en la cual nos enseñaban el cuidado del cuerpo y las diferentes enfermedades.

Hoy, a pesar de que se habla mucho de la comida sana, cada vez se comen más cosas que no benefician el buen desarrollo.

¿Por qué, si desde la catequesis hablamos de esto sin sentir que perdemos el tiempo o que estamos yéndonos del tema?

Porque todo el que quiera seguir a Jesús se debe hacer responsable de sí mismo y de los demás. Y esto comienza por el plano físico. Si, teniendo la posibilidad, no me alimento correctamente, no hago deporte, vivo una vida sedentaria, no estaré cuidando lo que Dios me encomendó. Si no respeto al otro y lo utiliza sólo para mi propio placer, tampoco estaré viviendo en el amor.

Ir a Galilea sería partir de la vida de los chicos, de sus cosas más concretas, que sientan que allí está Jesús, que su mensaje se dirige a la vida de todos los días.

Lo cotidiano también son los medios de comunicación, casi el único lugar de donde los chicos extraen la información y, lamentablemente, en muchas oportunidades, la recuerdan.
Lo que se dice en los medios es casi palabra santa, incuestionable.

Ir a Galilea sería enseñarles a descubrir lo que nos están transmitiendo, quién lo dice, por qué, qué intereses persigue.

Hace pocos días, cuando un chico de 14 años mató a un camionero, los medios escribieron largas notas acerca de este suceso, y de la violencia cotidiana. Poco dijeron de la vida del chico, de la educación que había recibido, de cómo era su vivienda y de las oportunidades que había tenido.
Poco contaron acerca de los que se habían ocupado por educar a ese chico, de los trabajadores sociales que averiguaron por qué no iba más a la escuela. A pocos les interesó contar la verdad, no dijeron que el hombre había bajado armado y había disparado tres tiros que dieron en casa vecinas sin herir a nadie, pero podría haber matado a alguien que pasaba por la calle. Esto no justifica, pero muestra cómo los medios cuentan una sola parte de la realidad llegando en numerosas ocasiones a desvirtuarla.

La catequesis debe ofrecer una visión de la realidad desde las enseñanzas de Jesús.

Hay un viejo cuento de Menapace, Los anteojos de Dios, que termina diciendo que si uno quiere tener la mirada de Dios y juzgar como él, debe tener el corazón de Dios. Podremos entonces, educar el corazón para que primero comprenda y luego juzgue, para que desee el bien, en lugar de buscar venganza.

Muchas cosas se pueden decir desde la catequesis para descubrir a Jesús resucitado en Galilea, en lo cotidiano. Es hora de abrir el corazón para descubrir qué necesita nuestra sociedad para no destruirse y, para que las nuevas generaciones no se encuentren desde la cuna, una contra otra.
Es un desafío en el cual Dios está dispuesto a darnos una gran mano siempre que nosotros pongamos la otra.
María Inés Casalá
Fuente: Periódico "Diálogo"

sábado, 28 de marzo de 2009

Redescubrir la energía pascual transformante


VOLVERSE A JESÚS

Cercana la festividad litúrgica de Pascua urge peguntarnos cuáles son nuestras expectativas para celebrarla con honestidad y coherencia.-

Por eso, nos venimos preguntando en estos días de cuaresma si somos honestos con nosotros mismos y coherentes con la fe en Jesucristo y su Evangelio.
Honestos… lo somos si al llamarnos cristianos encaramos nuestro cotidiano acontecer con la mentalidad del mismo Jesús reflejada en cada página de su Evangelio.

Coherentes… lo somos si la participación en la Misa dominical es punto de referencia de que, domingo tras domingo, los que nos rodean perciben que algo pasa en nuestra existencia personal. Si nuestro ser cristiano nos hace distintos pero no distantes.

Si quedamos satisfechos con un fiel cumplimiento al precepto dominical y no evaluamos nuestro cambio de mentalidad y nuestra transformación de actitudes como discípulas/os de Jesucristo, somos sencillamente deshonestos e incoherentes.

La festividad de Pascua nos trae una gran tarea, la que durante la Cuaresma hemos venido recordando para sincerarnos y responder al nombre cristiano. Urge que en estos días cercanos a la Pascua repensemos qué significó para Jesús su Pascua y qué repercusión tiene en nosotros… para la historia de la sociedad humana.

Lo sabemos, es nuestra Fe Cristiana, la Pascua de Jesús significó su muerte y resurrección. Pascua: paso de la muerte a la vida que en su última cena con sus primeros discípulos, encuentra la forma de salvar al mundo entero. Yo soy… para la vida del Mundo. Y este anuncio… de su propia vida para que nosotros la vivamos lo hace realidad la Misa… llamada también Eucaristía… la Cena del Señor…

Si queremos ser honestos y coherentes, preguntémonos que repercusión tiene la Misa dominical para el resto de nuestra existencia ciudadana. ¿Acaso Jesús no es nuestra Pascua y la Misa es el alimento pascual para nosotros tal cual nos lo revelan las enseñanzas del mismísimo Jesús y lo viven las primeras comunidades de sus discípulas y discípulos? Jn 6. Mc.14, 22 - Mt.26, 26-29 - Lc.22, 17-20 -1 Cor.11, 21-23

Es un hecho que lo que hoy llamamos Misa (Eucaristía) arranca de la última Cena de Jesús con sus discípulos. A tal punto que las primeras comunidades cristianas la llamaron, en forma sencilla y muy expresiva: la Cena del Señor. Y como comentábamos en homilías pasadas, en intención profunda e íntima de Jesús, la última Cena tal cual la celebró, en gestos y palabras, es el compendio de su mensaje que nos es trasmitido línea tras línea en su Evangelio, que Jesús lo sintetiza: el Reino de Dios.

En consecuencia, la Mesa de la Eucaristía, debidamente preparada por la Mesa de la Palabra, va creando, en la sociedad humana, comunidades testigos del Reino, testigos de un mundo nuevo, cuyo perfil es la acogida fraterna y la amistad social en un equitativo compartir la vida… es decir bienes y personas. Cuando esto va aconteciendo, el Reino de Dios va surgiendo. Dios reina como Padre cuando las personas se relacionan como hermanas y hermanos. El compartir la Cena del Señor (Misa-Eucaristía) crea y capacita la comensabilidad fraternal en un compartir familiar. La Iglesia en su rostro de pueblo de Dios, de familia de hijas e hijos de Dios, se va creando en cada misa para proyectarse como levadura de sociabilidad equitativa y justa en la ciudadanía en general. Es lo que los obispos llamamos “amistad social” que beneficia a gobernantes y gobernados, buscando el interés de todos y cada uno de los ciudadanos.

Es la médula de la misión cristiana.

En la Argentina de hoy, necesitada de comunidades de testigos de la muerte y resurrección de Jesús… testigos de la Pascua, testigos del Reino, testigos de una sociedad argentina nueva, urge redescubrir la energía pascual transformante, encerrada en la Misa. Y que se la encuentra cuando se participa con la intención del Señor Jesús en la última Cena, en vísperas de su muerte en Cruz Salvadora.

Miguel Esteban Hesayne
mehm@speedy.com.ar

jueves, 12 de marzo de 2009

Entrevista a Anselm Grün

El arte del corazón amplio

Por Christian Lindner. Traducción Luís González Vaya.


Una conversación con el monje benedictino y escritor Anselm Grün sobre las disensiones en la Iglesia Católica, el diálogo con el Islam y una globalización humana.Alejado del ruido de las grandes ciudades, en medio de campos de cultivo y pueblos tranquilos, se alza majestuoso el monasterio de Münsterschwarzach.

El que este sitio sea hoy un centro de peregrinación espiritual en Franconia se debe sobre todo a una persona: el padre Anselm Grün, el humilde religioso que con su característica barba se ha convertido en una especie de estrella del pop para la Iglesia Católica en Alemania.

Sus obras esotérico-piadosas como Para encontrar el equilibrio interior y Paz del corazón son bestsellers, y se han traducido a 28 lenguas. De esta forma, el monje benedictino se cuenta entre los más importantes autores espirituales del mundo contemporáneo.

El padre Grün me recibe una fresca mañana de sábado en la puerta del monasterio y me conduce –a petición mía- a la cafetería del convento, el lugar adecuado para un brunch. Rodeado de damas en busca de tranquilidad espiritual, pronto nos parece más adecuado retirarnos: con una taza de café nos refugiamos en una tranquila habitación vecina, donde Anselm Grün comienza a relatar su vida.

Nada más acabar las pruebas de acceso a los estudios universitarios, este sesentón se decidió por una vida de ascesis monástica y entró en la comunidad de los Benedictinos de Münsterschwarzach. No sin escepticismo: “Por supuesto, al principio hubo dudas sobre si esta rígida vida en la Orden no sería demasiado estrecha para mí. ¿Y es el celibato realmente posible, o tendré que reprimir mi sexualidad?” Aunque hoy considere su elección de una vida espiritual como “el camino acertado para mí”, aún tiene momentos de remordimiento: “siento a veces como un dolor al no haberme casado ni tenido hijos”.Grün habla tranquilo y despacio, sorbiendo de vez en cuando su capuchino, mientras relata los años de estudio en Roma.

Sus estudios de Teología coincidieron con la época de los cambios sociales de finales de los años sesenta, cuando los movimientos estudiantiles protestaban en muchos Estados europeos por un mundo mejor: “También entre nosotros se notó entonces un cambio. Nos rebelamos contra las costumbres anticuadas y los rituales polvorientos.” Para lograr una Iglesia que predicase más cerca del sentir de los tiempos y que pusiese el acento en el hombre.
Mística cristiana y psicología moderna

Esta cercanía a la gente es la que impregna las obras de Anselm Grün y explica su éxito. Une la mística cristiana con la psicología moderna y la filosofía oriental. “Tengo un lenguaje simple que no prejuzga”, cita como un factor importante de su celebridad. Un lenguaje que también encuentra críticas: sobre todo en el sector conservador de la Iglesia, algunos temen que se diluyan los principios católicos mediante la apertura espiritual y las posiciones liberales de la filosofía de Anselm Grün. “Tengo un lenguaje diferente del de muchos conservadores y por eso me atacan desde algunos círculos”, señala un poco turbado

.¿Es Anselm Grün un renovador, un precursor de una pequeña revolución eclesiástica? El padre Anselm lo niega: “Me veo en general en concordancia con la tradición católica”. Sobre el papa Benedicto XVI, al que aún no ha conocido personalmente, dice palabras conciliadoras: “Bajo el nuevo papa ha tenido lugar una apertura. No creo que tenga nada contra mi teología”.

Hablamos sobre la creciente atracción que tiene la Iglesia Católica actual sobre muchos jóvenes europeos. “En este tiempo cambiante, los jóvenes buscan reposo y claridad. La juventud de hoy a menudo no está relacionada con la Iglesia y siente curiosidad. De ahí que la gran baza de la Iglesia consista en que es auténtica y ofrece orientación al mismo tiempo que una sana espiritualidad”, explica.
Búsqueda del corazón amplio

La búsqueda de una espiritualidad sana es un aspecto central de su trabajo teológico. Ve con preocupación las actuales tendencias al fanatismo religioso. “Hay formas de religiosidad que crean enfermos y fanáticos, no sólo en el Cristianismo, sino también en otras religiones.” La llave para una forma curativa, no fanática de la Fe la ha encontrado el Padre Anselm en el fundador de la Orden de los Benedictinos. “Para Benito de Nursia es un rasgo de espiritualidad sana el corazón amplio”. Tras esta formulación se oculta una búsqueda de la apertura, la tolerancia y la empatía.

A mi pregunta sobre las relaciones entre la Iglesia Católica y el Islam, Anselm Grün vacila: “Por una parte es importante mantener un diálogo adecuado con el Islam, que esté impregnado del respeto a las tradiciones del otro. Pero aún así debemos ser críticos con la intolerancia que vemos en algunos países en los que está arraigado el Islam. Lo que necesitamos es un diálogo crítico.” Al mismo tiempo, el benedictino nos aconseja no proyectar sólo imágenes negativas del Islam. En lugar de eso, “deberíamos preguntarnos qué podemos aprender”, dice refiriéndose a la abierta tradición sufí.Tampoco su Iglesia está libre de corrientes intolerantes, admite el Padre Anselm tras ser preguntado.

Hablamos sobre la posición de la Iglesia Católica respecto a la homosexualidad. “Aquí hay sombras aún, por supuesto”, subraya el teólogo reflexivo. Esto es especialmente problemático cuando la fe católica sirve para justificar políticas de discriminación respecto a los homosexuales, como sucede en algunos países de Europa del Este. “Debemos evitar ver la homosexualidad como un pecado”, dice Anselm Grün.

Durante la conversación, el Padre vuelve a menudo a su principio del “corazón amplio”. Plantea con esta metáfora la filosofía de una globalización humana: “Cuanto la globalización sólo beneficia los derechos de los más fuertes, se convierte en maldición”. Apela a la responsabilidad de la economía mundial, y propone “crear valores apreciando valores”. En seminarios regulares de Dirección de Empresas, Anselm Grün enseña a dirigirlas “con corazón amplio”, que tiene como principios la tolerancia hacia el personal y la empatía con él. “El objetivo no es juzgar, sino comprender”, reza uno de los mandamientos del benedictino.

Fuente: http://www.cafebabel.com/spa/article/21372/anselm-grun-e

jueves, 26 de febrero de 2009

El diálogo sexual en el matrimonio


Escuchaba en un programa de radio una entrevista realizada a un matrimonio que se autodenominaban "swingers". Según ellos, la práctica de relaciones sexuales con otras parejas que comparten este tipo de prácticas, es una manera de enriquecer la relación, evitar la rutina y crecer como pareja. Le preguntaban al varón si no sentía rechazo al ver a su esposa teniendo relaciones con otro hombre o si a su esposa no le molestaba que él tuviera relaciones con otra mujer y la respuesta fue "no, porque en la relación entre parejas swingers lo que hacemos es separar el sexo del amor, el amor va por un lado y el sexo por otro".

Este comentario y toda la entrevista, me indujeron a pensar en cuanta confusión se instala en los oyentes al decir ciertas cosas que no son verdad, por lo menos para el común de la gente.

De ahí que surja esta reflexión.

¿Cómo vemos la sexualidad desde el matrimonio en el marco de un verdadero diálogo sexual?

La sexualidad es un modo de ser masculino y un modo de ser femenino que se expresa con toda la persona, es toda la persona que actúa y establece relaciones sexuadas y sexuales.

El acto sexual genital es una forma de comunicación entre un hombre y una mujer que se expresan a través de sus cuerpos pero sin desentenderse de lo que sienten y lo que piensan porque un ser humano, una persona es una unidad biopsicoespiritual y social indivisible.

El diálogo sexual que establecen un hombre y una mujer responde a una vocación de amor, porque se unen para realizar algo que los enriquece mutuamente, los torna complementarios y los plenifica como personas.

Algunos estudiosos del amor matrimonial, lo describen como un amor orgánico, porque hablamos de dos seres que están en constante evolución, que crecen, como toda vida orgánica y van adquiriendo nuevas formas, pasando por procesos o etapas.Llevar adelante este amor orgánico es un gran desafío, sobre todo para nuestro compromiso con el amor.
El matrimonio es algo vivo y dinámico que, como toda historia de vida, tiene un comienzo y un final, con etapas intermedias y, en cada etapa, tendremos que aprender a asimilar todo lo que en el otro hay de nuevo cada día, sin dejar de asombrarnos y de estar abiertos a descubrirlo pues nos llevará al cambio y al crecimiento.

El matrimonio no es, como muchos dicen, algo estático que no cambia ni se transforma, eso sería muy limitante, desgastante y ¿por qué no?, hasta aburrido.
Constantemente estamos comenzando y viviendo la novedad de la relación y el secreto, quizá esté en advertir y advertirnos de que no siempre la novedad nos situará en el campo de lo placentero.

El amor matrimonial es como la construcción de una casa, de una embarcación, requiere siempre de mantenimiento.

En todo matrimonio el amor necesita renovarse como en una casa, en la que siempre hay algo por mejorar, el revoque de una pared, la pintura, agregar ladrillos, etc. Es muy importante la comunicación que se logra a partir del diálogo. Este diálogo conyugal tiene varias formas diferentes que incluye lo espiritual, lo afectivo, lo físico. El diálogo físico comprende el cuidado del cuerpo propio y del cónyuge, la protección de la salud, la aceptación de los cambios corporales: las arrugas, las limitaciones físicas, el cansancio.

El crecer en estos cuidados y aceptaciones ayuda a redescubrir el vínculo matrimonial.

La relación sexual es parte del diálogo físico, es un encuentro que necesita de la integración de los otros tipos de diálogo. La sexualidad en la vida matrimonial no queda aislada a un momento, sino que es un factor decisivo en el desarrollo del amor y de la realización personal de cada cónyuge, donde la genitalidad y el erotismo no son simplemente una experiencia sino uno de los aspectos esenciales de la relación interpersonal..Un gesto de humanización porque está asumido y asimilado por el amor.
Textos: María Inés Maceratesi
Bibliografía: Italo F. Gastaldi y Julio Perelló "Sexualidad" Editorial EDBA

viernes, 9 de enero de 2009

La aceptación


Enfoque desde la aceptación
por Gabriel Jorge Castellá

Adecuación sabia.
Compresión de la situación.
Enfoque sensato.
Paz ante la adversidad.
Tolerancia superadora.
Actitud fértil.
Capacitación para la solución.
Inspiración de la paciencia.
Optimización de la respuesta.
Nivel de la sabiduría.


La palabra aceptación se origina a partir del verbo latino acceptare; derivado, a su vez, de accipere: recibir y éste de capere: coger.

Con la aceptación uno recibe los hechos tal cual son. Le da una sensata y ecuánime acogida a la realidad, para adentrarse en ella y explorar con sabiduría sus recónditos recovecos.

La realidad es compleja y sorprendente. Está llena de matices. El misterio acecha agazapado para asaltar hasta el más experto explorador. Quien se rebela contra ella sólo logra estrellarse contra su granítica estructura; en una inoperante y estéril actividad consigue que la realidad le oculte sus tesoros. Sin advertirlo empuja la puerta hacia el lado que se cierra.

Quien se resigna a su circunstancia paraliza su espíritu. Se inmoviliza y anula a sí mismo. Niega su ser y rechaza con necedad las posibilidades que tiene a su alcance.

Quien, en cambio, acepta la realidad tal cual es, con tan humilde actitud, devela la clave para que la realidad se rinda a sus pies. Con la aceptación se entra en sintonía con los hechos. Se es UNO con ellos. Con docilidad y fluidez se accede a las riquezas y posibilidades que la realidad, celosamente, resguarda y oculta detrás de un rostro hosco y huraño.

Es frecuente, en nuestra cultura, confundir la noción de aceptación con la acepción actual de resignación, cuando en realidad son antónimos. En su origen etimológico resignación tenía un sentido contrario al que se le asigna hoy. Proviene del latín resignare: romper el sello que cierra algo. Volver a signar. Desde aquí fue evolucionando, o mejor, tergiversándose hasta la connotación actual de impotencia, abandono y sometimiento ante la adversidad que se vive.

Si descorremos el velo de la apariencia se distinguirá con claridad que resignación y aceptación se hallan en posiciones antagónicas ante la realidad.

En la resignación hay ignorancia de las posibilidades. Con la aceptación hay conciencia del límite.

En la resignación se sobredimensionan las dificultades. Con la aceptación se vislumbran las posibilidades.

En la resignación sólo hay ojos para “ver” aquello que se carece. Con la aceptación se ilumina aquello que aun se conserva.

En la resignación se paraliza toda acción. Con la aceptación se pone en marcha la acción más sabia.
En la resignación hay una vergonzosa sumisión. Con la aceptación uno encuentra la senda de “su” misión.

En la resignación hay dejadez y complicidad. Con la aceptación hay prestancia y superación.

En la resignación hay impotencia y desconsuelo. Con la aceptación hay fortaleza y serenidad.

Citaré a continuación tres perlas conceptuales de Romano Guardini con relación a la aceptación:
(...) Hemos de aclarar en seguida que no se trata aquí de ningún débil dejarse llevar, sino de ver la verdad y situarse en ella, naturalmente, decididos a emprender el trabajo en ella y, si hace falta, la lucha por ella.

La aceptación de lo real es lo que fundamenta la sinceridad de la existencia.
Aceptar la existencia es una acción que se debe realizar en lo más hondo de la vida.

Se requiere un gran temple anímico para aceptar la realidad como es. Por eso lejos de una postura facilista o derrotista es fortaleza de ánimo y claridad de la mente para afrontar la contingencia adversa.

Hay tres reglas de oro para afrontar, con dignidad, las horas aciagas por más adversas que se presenten:

1) Antes que nada, y por sobre todas las cosas, ACEPTAR los hechos tal como son.

2) Estar de acuerdo con esta premisa hasta la fibra más íntima de nuestro ser.

3) Antes de cualquier otro paso respetar al pie de la letra los puntos 1 y 2.

Los dos postulados básicos que le permitieron al pueblo japonés reponerse de la ignominia de las dos bombas atómicas, de Hiroshima y Nagasaki, fueron los siguientes:

1) ¿Qué es lo que aún tenemos? O, en otras palabras: ¿Con qué contamos?
2) Con esto que poseemos: ¿Qué podemos hacer?

Sólo la aceptación de las circunstancias como son, por más dolorosas que sean, puede promover tan valiosas actitudes.

Hay un proverbio japonés que reza: Si las entiendes, las cosas son lo que son; y si no las entiendes... las cosas son lo que son.

Cuanto más se intenta forzar un cambio mayor resistencia se promueve, con lo cual se logra lo opuesto a lo que se pretende.

El Padre Carlos Vallés nos recuerda las palabras de Anthony de Melo.

No cambiéis. El deseo de cambiar es enemigo del amor.
No os cambiéis a vosotros mismos: amáos a vosotros mismos tal como sois.
No hagáis cambiar a los demás: amad a todos tal como son.
No intentéis cambiar el mundo: el mundo está en manos de Dios y él lo sabe.
Y si lo hacéis así... todo cambiará maravillosamente a su tiempo y a su manera.

La aceptación abre los ojos, ilumina la comprensión, alumbra el camino, despierta la razón, aguza los oídos, refina el tacto, aclara el gusto, sensibiliza el olfato, sintoniza el corazón, redobla la fortaleza, templa el ánimo, fertiliza la paz, inspira la paciencia y nutre la sabiduría.

Para clarificar aún más la noción de aceptación apelaré a la siguiente imagen: Imagine, amigo lector, que se halla atrapado en una arena movediza. Está allí solo y con la necesidad apremiante de poner a salvo su vida con premura. No hay nadie cerca que pueda acudir ante sus gritos de auxilio y tampoco ninguna rama o algo parecido de donde pueda asirse. Debe salvar su vida. ¿Qué hace?

Si se deja arrastrar por la desesperación realizará movimientos alocados, incoordinados e inoperantes, desplazando de tal modo la arena que facilitará su hundimiento, rápidamente.

Si, en cambio, logra tener autodominio de sí ante tal peligro y sobreponiéndose al temor, consigue relajarse y hacer la “plancha” se mantendrá a flote, indispensable para salvarse. Luego, lentamente podrá ir desplazándose hacia la orilla.

Este autogobierno ante la contingencia adversa, esta capacidad de relajarse y mantenerse a “flote” es equivalente a la capacidad de aceptación y lo que se consigue en nosotros cuando la aplicamos.

Citaré a continuación dos relatos que, con sabia elocuencia, plantean qué es aceptar.

El señor Vishnú estaba tan harto de las continuas peticiones de su devoto que un día se apareció a él y le dijo: –He decidido concederte las tres cosas que desees pedirme.

Después no volveré a concederte nada más.

Lleno de gozo, el devoto hizo su primera petición sin pensarlo dos veces. Pidió que muriera su mujer para poder casarse con una mejor y su petición fue inmediatamente atendida.

Pero cuando sus amigos y parientes se reunieron para el funeral y comenzaron a recordar las buenas cualidades de su difunta esposa, el devoto cayó en la cuenta de que había sido un tanto precipitado. Ahora reconocía que había sido absolutamente ciego a las virtudes de su mujer. ¿Acaso era fácil encontrar otra mujer tan buena como ella?

De manera que pidió al señor que la devolviera a la vida. Con lo cual sólo le quedaba una petición que hacer. Y estaba decidido a no cometer un nuevo error porque esta vez no tendría posibilidad de enmendarlo. Y se puso a pedir consejo a los demás. Algunos de sus amigos le aconsejaron que pidiese la inmortalidad. ¿Pero de qué servía la inmortalidad –le dijeron otros– si no tenía salud? ¿Y de qué servía la salud si no tenía dinero? ¿Y de qué servía el dinero si no tenía amigos?

Pasaban los años y no podía determinar qué era lo que debía pedir: ¿Vida, salud, riquezas, poder, amor...? Al fin suplicó al señor: –Por favor, aconséjame lo que debo pedir.

El señor se rió al ver los apuros del pobre hombre y le dijo: –Pide ser capaz de contentarte con todo lo que la vida te ofrezca, sea lo que sea20.
El siguiente relato cuenta la historia de un hombre de ciudad que se traslada de visita al campo.

Instalado allí le pregunta a un campesino: ¿Qué tiempo va a hacer mañana?
Con humildad campechana le responde: –El tiempo que yo quiero.

En tono despectivo el burgués le vuelve a preguntar: –¿Y usted cómo sabe que va a hacer el tiempo que quiere?

–Muy simple, desde que aprendí que es imposible tener todo lo que uno quiere aprendí a querer todo lo que tengo. Yo no sé qué tiempo va a hacer mañana, pero, sea cual fuere lo voy a querer. Por lo tanto, va a hacer el tiempo que yo quiero.

La aceptación y el insulto

Cuándo estoy recibiendo un insulto: ¿Puedo evitar oírlo y recepcionarlo? Sí puedo, pero es francamente difícil (ver anécdota de Oscar Wilde en el enfoque desde la templanza, p. 135). Más importante que evitar oírlo es no involucrarme con el arrebato del otro. Si me encolerizo empeoro aún más la situación, así que aceptarla tal como es, es una actitud muy sabia.

¡Qué valiosa la actitud de san Pablo ante los Filipenses! Sé disfrutar de una buena comida y sé pasar hambre.

¡Qué bello desafío el que nos propone san Pablo! Que sepamos degustar las cálidas palabras de alabanza y que sepamos aceptar los agravios.

Saber aceptar un insulto no significa concordar con su contenido.

¿Cómo no sentir alegría si uno sabe responder con esta sabia actitud?

Si acepto el problema, tal como es, lograré comprensión.
Si logro comprensión alcanzaré serenidad.
Si alcanzo serenidad conoceré la raíz del conflicto.
Si conozco la raíz del conflicto descubriré su sentido.
Si descubro su sentido tendré mayor claridad mental.
Si tengo mayor claridad mental plantearé mejor el problema.
Si planteo bien el problema desarrollaré nuevos enfoques.
Si desarrollo nuevos enfoques transformaré el conflicto en oportunidad.
Si transformo en oportunidad lo dificultoso habré solucionado el problema.

Fuente: Revista on Line de Editorial San Pablo

viernes, 3 de octubre de 2008

Catequistas: los puntos débiles en su espiritualidad


Desde los catorce hasta los dieciocho años fui catequista de iniciación. Luego nunca dejé de ser catequista. También cuando era párroco, yo mismo daba catequesis a los niños y jóvenes más “difíciles”, que podían obstaculizar la tarea normal de los catequistas. Más allá de lo cuestionable de esa opción, creo que refleja que no quería privarme del gozo de la catequesis. Ahora prefiero ejercer este ministerio en la predicación, respetando el carisma de los laicos catequistas.

Desde esta experiencia personal, más que desde mi función de teólogo, quisiera plantearles una cuestión que siempre me ha preocupado y donde me parece que todavía tenemos que crecer mucho.

Lamentablemente, cuando se habla de la espiritualidad del catequista suele decirse lo mismo que podría afirmarse de un sacerdote, una religiosa o un monje. Porque se sostiene que la espiritualidad del catequista está integrada por la oración personal, la lectura de la Biblia, la Eucaristía, y suele agregarse la Liturgia de las Horas. De este modo no se habla de una espiritualidad específica del catequista, ni siquiera de una espiritualidad, sino sólo de algunos medios de espiritualidad.

Espiritualidad de la actividad catequística

La espiritualidad que caracteriza a un catequista, como cualquier otra espiritualidad cristiana, está marcada por las notas propias de su misión. No se trata de espacios de espiritualidad vividos al margen de esa misión, como si uno hiciera un paréntesis íntimo para dedicarse a Dios y la tarea catequística no fuera “espiritual”.

Quizás la confusión provenga de lo que llamamos “espiritual”, que no es lo inmaterial, lo escondido, lo oculto, la pura intimidad. Si leemos bien la Biblia podemos advertir que “espiritual” es el impulso del Espíritu Santo que nos mueve al amor. Ese impulso de amor se vive tanto en la soledad como en el encuentro con el hermano, tanto en el recogimiento como en la actividad.

Por eso, cuando el catequista tiene un momento de contemplación en la oración, eso que contempla permanece en su corazón cuando va a dar catequesis, y lo vive en la misma actividad catequística. Es más, eso que se contempla en la oración se hace más maduro cuando se pasa a la acción; se enriquece, se expresa, se aplica, se profundiza, se proyecta y crece en el ejercicio de su ministerio catequístico.

Como consecuencia, cuando el catequista termina un encuentro catequístico y vuelve a tener un momento de recogimiento, ese encuentro solitario con Dios es más rico que el anterior, porque ahora está cargado con la riqueza que le ha dado la vida, y más concretamente, el encuentro catequístico que ha vivido.

La espiritualidad es el dinamismo del amor que el Espíritu infunde en nuestros corazones e impregna toda nuestra vida. Pero ese dinamismo del amor está marcado, enriquecido, adornado, embellecido por unas notas distintivas que le vienen de la misión que uno debe realizar, de la tarea concreta que debe desempeñar para el bien de los demás. Por eso no ama de la misma manera un catequista que un monje o que un predicador itinerante.

¿Cuáles son entonces las características propias de una espiritualidad catequística, es decir, de la actividad catequística con su mística propia?

1. Una imagen de Jesús

En primer lugar digamos que la misma imagen de Jesús que tiene un catequista está marcada por su misión catequística. El Jesús que se destaca en su oración y en su meditación es el Jesús maestro, el Jesús catequista, el que distribuye el pan de su Palabra y siembra su vida en los corazones; el que se detenía a catequizar a la samaritana, a Nicodemo, a Zaqueo.

Por eso, cuando el catequista contempla a Jesús en la oración, cuando lo adora y dialoga con él, en esa misma oración se siente impulsado a ser catequista como Jesús, allí mismo brota el deseo del encuentro catequístico. No es que va a la oración a sacar fuerzas para “soportar” un encuentro catequístico, o a descansar en el Señor después de haberse esforzado mucho en la catequesis. Si así fuera, su vida espiritual estaría al margen de su misión. En la oración personal le brota el deseo (como un fuego que no se puede apagar) de comenzar el encuentro catequístico, y al terminar el encuentro vuelve a encontrarse con el divino Maestro para agradecerle que ha podido ser instrumento suyo para llegar a los demás con su Palabra.

2. Palabra para dar

Ciertamente la Palabra ocupa un lugar central en la espiritualidad catequística, pero esa centralidad de la Palabra en su espiritualidad se vive tanto en la oración personal como en el encuentro catequístico. Al trasmitir la Palabra a los catequizandos la está gozando, la está escuchando él mismo, se está dejando tocar y está agradeciendo el don de la Palabra, expresándole su amor y vivenciándola.

Es cierto que su relación con la Palabra en el encuentro catequístico será más rica y gozosa si previamente la ha contemplado en la oración solitaria, si la ha rumiado serenamente en su intimidad y la ha aplicado a su propia vida en una prolongada meditación. Pero también es cierto que la oración del catequista con la Palabra no debe ser intimista. Cuando está orando con la Palabra, allí mismo debe brotar el interés por preguntarse qué quiere decir Dios a sus catequizandos con esa Palabra. El amor a Dios siempre se convierte inmediatamente en un impulso de amor al prójimo, y por eso la contemplación de Dios siempre tiende a convertirse en una inclinación hacia el prójimo. Por eso mismo, en su encuentro con la Palabra, el catequista siente el impulso de incorporar a los catequizandos en su meditación orante.

Por consiguiente, lo normal debería ser que el catequista use para su meditación personal el mismo texto bíblico que deberá transmitir a sus catequizandos, y no otro texto que le llevaría a desarrollar una oración personal paralela a su actividad y sin relación directa con ella.

Esto hace que el catequista, en su relación con la Palabra, sea muy sincero, muy abierto, muy sensible. Porque cuando hay algo de esa Palabra que no comprende, que no le dice nada, que no lo motiva, en lugar de escapar de estas dificultades escondiéndose en una abstracción o en una explicación fácil y rápida, el catequista reacciona pensando en sus catequizandos: “Si esta Palabra no me dice nada ¿cómo voy a motivarlos a ellos para que la reciban sinceramente”? “Si yo me rebelo frente a esta Palabra ¿cómo los ayudaré a ellos a comprender y aceptar su sentido para sus vidas?” Y entonces comienza a implorar la ayuda de la Gracia, y hace un nuevo esfuerzo personal por dejarse hablar por la Palabra, por dejarse tocar y movilizar personalmente.

3. Ellos en mí. Juntos en Jesús

En esta misma línea, la intercesión ocupa un lugar y una fuerza muy particular en la oración personal del catequista y en su encuentro con la Eucaristía. Es cierto que esto vale para todos los cristianos; pero en la intercesión del catequista no está presente genéricamente el mundo entero, sino que predominan unos pocos rostros, los de sus catequizandos, con sus historias muy concretas y personalísimas.

Y cuando va a Misa y se acerca a comulgar, no vive un encuentro con Cristo meramente intimista. Al mismo tiempo que dirige intensos actos de amor a Jesús, no puede evitar incorporar a sus catequizandos en ese encuentro, le brota espontáneamente la actitud de entregarlos al Señor, de pedirle por sus necesidades, de ofrecer su comunión por ellos, de ofrecerse como instrumento para que esa vida de la Gracia llegue a ellos. Si la Eucaristía es fuente y cumbre de la vida de la Iglesia, también es fuente y cumbre de la actividad catequística.

4. Pastor, padre y madre

Una clave para entender la espiritualidad propia del sacerdote es la “caridad pastoral”. Pero en realidad deberíamos decir lo mismo de la espiritualidad del catequista, que también es “pastor”de sus catequizandos, aunque de distinta manera. El sacerdote es pastor desde sus funciones específicas e indelegables, que son celebrar la Eucaristía e impartir la absolución sacramental. Es decir, en cuanto es instrumento de la donación de la Gracia santificante, que se derrama sobre todo en esos Sacramentos. De esa manera él da vida a las ovejas y las cura. Pero también lo hace el catequista desde el ministerio de la Palabra: lleva a sus catequizandos a los verdes prados y a las fuentes del agua sobrenatural que restaura (Sal 23, 2-3), y así los cura (Ez 34, 4.16).

Por eso mismo, el catequista ejerce la función de padre y madre para con sus catequizandos. El Concilio nos enseñó que toda la comunidad es madre “a través de la caridad, la oración, el ejemplo y las obras de penitencia” (PO 6). Pero cada uno ejerce esa maternidad de la comunidad de un modo más directo con los que le han sido encomendados particularmente. Por eso el catequista es de una manera especial padre y madre de sus catequizandos (1 Tes 2, 7-8.11-12); gesta para Dios y acompaña en el camino a sus hijos espirituales.

Y en cuanto a la cercanía y el conocimiento íntimo que el pastor tiene de sus ovejas (Jn 10, 14), el catequista es más pastor y más padre-madre que el sacerdote, porque su trato es ciertamente más frecuente y más cercano.

Pero la espiritualidad del catequista implica la convicción profunda de ser instrumento y reflejo de Cristo, en quien los catequizandos deben encontrar a su Pastor, y donde deben encontrar el amor firme y orientador de un padre y la ternura de una madre. Por eso el afecto del catequista es sincero y cálido, pero al mismo tiempo desprendido y oblativo, porque en primer lugar le interesa el bien de los catequizandos y su encuentro con Cristo. Por eso Jesús dijo a Pedro: “Apacienta mis ovejas” (Jn 21, 17). La catequesis no existe en primer lugar para que los catequizandos se hagan amigos del catequista y guarden de él un buen recuerdo, sino para que, a través de él, encuentren vida, fortaleza y alegría en el Señor. Allí está el gozo más profundo de la fecundidad del catequista.Y su sano orgullo no será decir que los catequizandos nunca se han olvidado de él, sino que viven el Evangelio y se dejan guiar por el Espíritu: “Ustedes son mi carta, escrita en sus corazones… no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo” (2 Cor 3, 2-3).

Invitación

Creo que estas son las notas principales de la espiritualidad de la catequesis y del catequista, una espiritualidad totalizante, que se vive tanto en la intimidad como en la acción, tanto en el silencio como en la palabra, tanto en la soledad como en el encuentro catequístico.

La espiritualidad del catequista es un modo específico de amar, y por lo tanto su propia manera de ser “espiritual”. Quisiera que estas breves páginas sean un estímulo para que, juntos, sigamos reflexionando sobre la espiritualidad de la actividad catequística.

Ciertamente habría que incorporar aquí algunas consideraciones sobre María en la función materna del catequista, o sobre la integración de cada uno en la comunidad fraterna de catequistas, y otros aspectos muy ricos que pueden completar lo que acabo de exponer. Los invito a seguir aportando para el bien de todos.

Víctor Manuel Fernández
Fuente: ISCA www.isca.org.ar
Foto: UCA

viernes, 1 de agosto de 2008

Sin espiritualidad no hay evangelización


Vivencia de Dios no es lo mismo que ocupación de las cosas de Dios.
Comunitariamente no hemos captado el cambio de cultura y aún no estamos reaccionando a sus urgencias pastorales.

Sometidos, muchas veces, a párrocos cansados, exhaustos de tantas reuniones o misas. Religiosos y religiosas ocupados en procesos de cambios y refundación. Laicos mareados por problemas cotidianos: “queremos que nuestro párroco participe en todo”, pero eso es imposible, es como si pretendiéramos que una directora de escuela participe de todas las reuniones de docentes de áreas, de padres, de personal, de ministerio, de entidades públicas. ¡No sería directora... no sería vida!

Así nuestros pastores muchas veces sumidos en el activismo, mareados por tantas exigencias, no encuentran un tiempo necesario para la pausa y la oración. Para aquello que es justamente lo más importante, alimentar la espiritualidad.

Contemplar y dar a conocer lo contemplado sostenía Santo Domingo [1]. ¿Cuánto de ello aún podemos dar nosotros, cristianos del siglo XXI? Entre tanto bullicio: ¿será posible que experimentemos al menos la necesidad de Dios? ¿Hasta qué punto lo que transmitimos o lo que transmiten muchos fieles de la Iglesia nace de la verdadera reflexión, o de la meditación personal?

Seguro que no queremos lograr adeptos. Ya no estamos en épocas para decir bautizamos 100 chicos, comulgaron 350, hubo 20 casamientos, se confirmaron 250. Ahora ya no cuentan los números, cuenta quiénes somos y si vivimos de acuerdo a lo que predicamos.

Tal vez esta cultura no está buscando alguna religión para creer y realizar ritos sino un sentido para vivir. No hacemos nada grandioso cambiando de religión a la gente si no los ayudamos a encontrar un verdadero sentido de su vida. No se gana más prestigio por llenar iglesias o expedientes matrimoniales. No se trata de vivir sólo sacramentizando a todos sino vivir como sacramento primero: la vida.

Se trata de transmitir una experiencia, una verdadera e intensa unidad de espíritu y mente. Una experiencia que es la del discípulo con el maestro. La evangelización que se presenta como mera experiencia sensible de folletitos devocionales, de tareas exclusivamente sociales o esas asambleas de puro sentimentalismo no es otra cosa que pan para hoy y hambre para mañana. Tampoco es respuesta creíble el sacramentalismo, “misa diaria hasta que tenga algo más importante que hacer”, o como se dice ahora “los preparo a los chicos para que tomen la primera y última comunión”. Bienvenida y funeral de los signos con los que la Iglesia hace presente a Cristo.

¿Qué quiere decir hoy ser discípulos y misioneros de Cristo? Hablar de discipulado y del seguimiento en la misión tendrá que ver seguramente con hacer una experiencia de cercanía a Jesús y de profundidad espiritual.

Tal vez terminó el tiempo de los agentes pastorales sobrecargados de actividades parroquiales cubriendo, en muchos casos, el puesto de sacristán hasta la animación musical de la misa dominical y entregar las mercaderías de Cáritas en la puerta de la Iglesia.

Un evangelizador que se ha convertido en el chico de los mandados del párroco o en el fusible que encaja casi perfectamente en todas las funciones de la capilla, no puede evangelizar y tampoco evangelizarse.

Casi ninguna empresa es capaz de quemar y secar los recursos humanos como lo hacemos dentro de la Iglesia.

En nuestra Iglesia permanecen por años aquellos laicos o sacerdotes que se sienten dueños de todo, y escandalizan echando gente, malgastando bienes o deteriorándolos y cediendo poquísimo de su persona a la espiritualidad y a mostrar, al menos, un poco el rostro de Cristo. A veces no se les dice nada para no ocasionar más escándalo pero ante la desidia y descontrol son más ateos y mártires los que se generan. La Iglesia es cuerpo, es cierto, y todas sus partes son importantes, pero un servicio de control sanitario no vendría mal.

Volviendo a la Espiritualidad, la Iglesia necesita de personas espirituales para seguir creciendo y evangelizando. Es triste como se adoptan expresiones de moda para llenar lo que está vacío. Así como se puso en muchas capillas y parroquias la famosa expresión de “Aparecida”: Discípulos y misioneros de Cristo.

La reforma de la Iglesia en muchos templos tiene que ver solamente con hacerla más divertida, saludando gente por micrófono o cantando canciones de moda con pequeñas reformas de la letra. Son débiles, son reformas externas pero no transforman la sustancia, son sólo accidentes.

Para evangelizar en serio nos falta mucho aún, no podemos hacer presente a Cristo sino vivimos y actuamos tal como lo afirma Evangelii nuntiandi: "Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda" (n. 14).

Ser verdaderos discípulos quiere decir caminar junto a Él, escucharlo, amarlo, imitarlo. Ser misioneros será sentirse enviados por Él, por la comunidad con un mensaje claro: Soy de Cristo y precisamente de Él quiero hablarte. En la evangelización se requiere probar el producto antes de venderlo, como cuando se vende un perfume, y en este caso el perfume es Cristo.

[1] Primero contemplar, y después enseñar. O sea: antes dedicar mucho tiempo y muchos esfuerzos a estudiar y meditar las enseñanzas de Jesucristo y de su Iglesia, y después sí dedicarse a predicar con todo el entusiasmo posible. http://www.ewtn.com/

por German Diaz
Religioso. Lic. En Comunicación Social


jueves, 6 de septiembre de 2007

Volver a comenzar desde Dios



Para detenernos en el diario caminar y mirarnos adentro, nos viene muy bien esta meditación "incisiva" del Cardenal Martini que nos ayudará a volver a lo esencial.

Volver a comenzar desde Dios

Sí, estoy convencido: hay que volver a empezar desde Dios, desde lo esencial, desde lo que únicamente cuenta, desde lo que da ser y sentido a todo.
La Iglesia que habla con frecuencia de solidaridad, de justicia social, etc. ¿sabe todavía hablar de Dios?.

Volver a empezar de Dios quiere decir saber que nosotros no lo vemos, pero creemos en Él, y lo buscamos como la noche busca la aurora. Quiere decir, pues, vivir para uno mismo la santa inquietud de una búsqueda incansable del rostro oculto del Padre, y contagiarla a los demás.
Hemos de denunciar a nuestros contemporáneos la miopía de contentarse con todo lo que no es Dios, con todo lo que puede convertirse en ídolo. Dios es más grande que nuestro corazón, Dios está más allá de la noche.

Volver a empezar desde Dios quiere decir confrontar con las exigencias de su primacía cuanto somos y cuanto hacemos: sólo Él es la medida de la verdad, de la justicia, del bien. Quiere decir volver a la verdad de nosotros mismos, renunciando a hacernos la medida de todo, para reconocer que sólo Él es la medida que no pasa, el áncora que da fundamento , la razón última para vivir, amar, morir. Quiere decir mirar las cosas desde Arriba, ver el Todo antes que la parte, partir de la Fuente para comprender las corrientes de agua.

Volver a empezar desde Dios quiere decir medirse según Jesucristo, y por tanto, inspirarse continuamente en su Palabra, en sus ejemplos, tal como nos lo presenta el Evangelio.
Quiere decir entrar en el corazón de Cristo que llama a Dios "Padre".
El Evangelio, cuando se lee con espíritu de fe y de oración, nos remite a un Dios que está siempre más allá de nuestras expectativas, que supera y desconcierta nuestras previsiones.

Volver a partir desde Dios quiere decir abandonar al soplo del Espíritu nuestro inquieto corazón, perseverar en la noche de la adoración y la espera. El Dios con nosotros es el Dios que puede ayudarnos a encontrar las verdaderas razones para vivir, y vivir juntos.
Volver a empezar de Dios significa reconocer que estamos en el corazón de Dios para una experiencia de fe y de amor vividos; reconocer que hemos nacido para aprender y amar más, para ir más allá de los límites de nuestras comodidades y de nuestras pequeñas metas.

Volver a empezar de Dios significa peregrinar hacia Él abriéndonos al don de su Palabra, dejándonos reconciliar y transformar por su gracia. No existe otro puerto de paz, otra fuente de vida que venza la muerte. Sólo el Dios de la vida sabe dar reposo a nuestro inquieto corazón; sólo Él puede librarnos del miedo a amar, y contagiarnos el coraje de opciones de libertad de nosotros mismos, de servicio a los demás. Sólo quien se sabe amado por Dios vivo, más grande que nuestro corazón, vence el miedo y vive el gran viaje, el éxodo de sí mismo si retorno, para caminar hacia los otros, hacia el Otro.

Esta experiencia de paz y de reconciliación interior la hacemos, sobre todo, cuando damos a Dios tiempos gratuitos de oración, de silencio, de audición de la Palabra; cuando somos fieles a la oración diaria, sin prisas, con calma, con amor; cuando dedicamos a Dios, con gozo, el tiempo de la Misa dominical; cuando dejamos que de nuestros labios brote la alabanza al Padre, el agradecimiento por las cosas bellas que nos da, por las personas que encontramos y también por los acontecimientos dolorosos cuyo sentido no captamos de inmediato.

Llevar en el corazón al Eterno, y al mismo tiempo, el desafío más profundo y la oferta más grande que puede vivirse: testimoniar esta primacía de Dios es la tarea más alta que los creyentes podemos realizar en este tiempo de cambio e inquietud.

(De una carta pastoral del Cardenal Carlo María Martini, arzobispo de Milán, septiembre de 1995)

martes, 3 de julio de 2007

Trabajar con espíritu.



Comentario Editorial:
La reflexión que encontrarán seguidamente, está centrada sobre la espiritualidad en el trabajo pastoral pero, muy bien puede aplicarse a la vida y el trabajo de todos los días de cada uno de nosotros. Cuando la actividad que realizamos nos da alegría y nos permite expresarnos, el Espíritu Santo está presente alentándonos a continuar con la tarea a pesar de lo esforzada y difícil que pueda resultar.

María Inés Maceratesi


La espiritualidad en la actividad pastoral

¿Por qué a veces sentimos que nuestra actividad pastoral es un obstáculo para nuestra espiritualidad? Quizás porque vivimos un dualismo entre nuestra actividad y nuestro mundo interior, más influyente hoy, que el dualismo entre cuerpo y alma. Para liberarnos de esta triste dicotomía es bueno recordar qué es la "espiritualidad" cristiana. Pero precisemos, antes, qué entendemos por "espíritu".

Espíritu

El sentido originario de la expresión "espíritu" (ruaj), en el Antiguo Testamento, es el de "aire en movimiento". Por eso, aun antes de la creación es impensable sin movimiento: el Espíritu "se movía sobre la superficie de las aguas" (Gn 1, 2).

Cuando significa aliento no se refiere a la aptitud permanente para respirar, sino al golpe de respiración, al resuello, al suspiro, a la exhalación, indicando una vitalidad dinámica. En definitiva, "la misma palabra espíritu significa dinamismo" (Comisión teológica internacional, El Cristianismo y las Religiones, pág. 53).

El adjetivo "Santo" aplicado al Espíritu (Is 63, l0-11; Sal 31, 13) hace referencia a su distinción y trascendencia con respecto a lo mundano. Es casi sinónimo de "divino". Pero en la Escritura suele aparecer la misericordia como lo específicamente divino, como expresión perfecta de la santidad de Dios: "Soy Dios, no hombre; en medio de ti soy el Santo, y no vendré con ira" (Os 11, 9). De hecho este texto de Oseas, que identifica santidad con misericordia, anticipa la identificación que hace Lucas de la perfección divina con la "compasión" cuando cambia el "sean perfectos como Dios" (Mt 5, 47-48) por "sean misericordiosos como el Padre" (Lc 6, 36). Además, así se explica la estrecha relación que establece Pablo entre la donación del Espíritu y el derramamiento del "amor" de Dios en los corazones (Rom 5, 5), librándonos de la cólera (Rom 5, l0).

Esta relación particular del Espíritu con el amor aparece también en 1Cor 12-14, donde se habla de los dones que el Espíritu derrama en el cuerpo de Cristo, pero destacando bellamente el primado del amor por encima de todo otro don.

Así, todo nos invita a entender la expresión "Espíritu Santo" como el dinamismo trascendente del amor divino que se comunica al hombre.



Esta asociación peculiar entre el Espíritu Santo y el amor, ha sido abundante y ricamente explotada en la Tradición de la Iglesia. En Tomás de Aquino, por ejemplo, el Espíritu es "Dios que está presente en la voluntad como lo amado en el amante, y como inclinado hacia el amado" (Contra Gentiles IV, 19). Al mismo tiempo, "la caridad es cierta unión afectiva entre el amante y el amado, en cuanto el amante se mueve hacia el amado considerándolo como uno consigo (Summa Theologica II-II, 27, 2). Vemos, entonces, que el "dinamismo hacia el amado" caracteriza igualmente al Espíritu y a la caridad que lo manifiesta.

En el Nuevo Testamento también se asocia al Espíritu con el simbolismo del viento: se dice que así como el viento sopla donde quiere, así es el que nace del Espíritu (Jn 3, 8). Jesús resucitado "sopla" cuando derrama el Espíritu en los discípulos (Jn 20, 22) y los moviliza hacia una misión. Por eso no es casual que los Hechos asocien el derramamiento del Espíritu en Pentecostés, sacándolos del encierro, con una ráfaga de viento impetuoso (Hech 2, 2).

La "espiritualidad", que se deriva de este impulso, no ha de entenderse, entonces, como un momento meramente subjetivo de la vida cristiana, ni como un conjunto de ejercicios privados, ni solamente como un encuentro íntimo y secreto con Dios. Ha sido la identificación entre "espiritual" e "inmaterial" lo que ha causado esta tremenda confusión, debida a la influencia de algunos filósofos griegos, de la filosofía alemana moderna y del jansenismo. Pero si entendemos la espiritualidad como "el dinamismo del amor que el Espíritu Santo infunde en nosotros", todo cambia maravillosamente porque tal dinamismo puede ser vivido, no sólo en los momentos de recogimiento y de oración privada, sino también en la actividad externa. Toda la actividad del hombre en el mundo –desde el trabajo manual hasta la tarea evangelizadora– puede ser impregnada por ese dinamismo y convertirse en una realidad plenamente espiritual. Por consiguiente, el hombre "carnal", contrapuesto al hombre "espiritual", es el que se encierra en su inmanencia y contradice el dinamismo del amor, cerrándose también a los hermanos. Así se entiende la queja de san Pablo: "Yo, hermanos, no pude hablarles como a espirituales... porque todavía son carnales. Pues mientras haya entre ustedes envidia y discordia ¿no es verdad que son carnales y viven a modo humano?" (1Cor 3, 3-4).




Si el hombre "espiritual" es el que se deja dominar por el impulso de amor que infunde el Espíritu Santo, no podemos decir que sólo los ejercicios íntimos de espiritualidad enriquecen y dan impulso a la acción. También hay que afirmar que la actividad amante en el mundo externo enriquece a la espiritualidad y la hace crecer; ¿de qué manera?, permitiéndole expresarse, desarrollarse y concretarse en la historia.

Si en la acción está presente el dinamismo del amor, hay, entonces, una espiritualidad de la acción misma. La vida del Espíritu (que es el dinamismo del amor que nos inclina hacia el otro) se deja marcar por las características de la propia actividad de amor en la porción de mundo donde es ejercida.

Esta "encarnación" de la espiritualidad en la acción sólo se realiza cuando los actos externos son verdaderamente actos de amor. Pero, si lo único que se considera espiritual son los actos internos y secretos realizados en la soledad y en el recogimiento, la actividad externa sólo se soportará como una imperfección inevitable, carente del dinamismo del Espíritu.

Consecuencias para la espiritualidad pastoral

En síntesis, decimos que la actividad externa, cuando es expresión de amor sincero, es parte integrante esencial de la espiritualidad.

Teniendo en cuenta que la espiritualidad está llamada a un crecimiento, tenemos que advertir que no sólo crece con más actos internos de amor a Dios y mejores momentos de oración privada. Aunque el ejercicio de la espiritualidad suela identificarse con el hábito de acudir a ciertos medios de espiritualidad privada (oración personal, lecturas piadosas, determinados ejercicios privados), el crecimiento sólo será real, si, al mismo tiempo, se producen actos más intensos de amor a Dios y al prójimo en medio de la actividad; en una actividad que tendrá mayor calidad cuanto más amor manifieste.

Agreguemos que la preocupación por la calidad y la perfección de la obra externa es también una expresión de la autenticidad del amor, porque indica que no se le quiere regalar a Dios y a los demás algo mediocre o de poco valor. Contrariamente, la dejadez y el desinterés por la perfección de la obra externa y su eficacia, suelen indicar la pobreza de ese amor y una débil espiritualidad que no alcanza a tocarlo todo. El estilo de la "nueva evangelización exige la conversión pastoral de la Iglesia, coherente con el Concilio. Lo toca todo y a todos: en la conciencia y en la praxis personal y comunitaria, en las relaciones de igualdad y de autoridad; con estructuras y dinamismos que hagan presente cada vez con más claridad a la Iglesia, Sacramento de Salvación Universal" (SD 30).

El intento de amar más, que es una cooperación necesaria con la gracia de Dios, se realiza igual e inseparablemente en los espacios privados y en la actividad externa. Hay que superar aquí la idea de que la espiritualidad se alimenta o se "carga" (como una batería de automóvil) en los espacios de soledad, en la oración privada y en los retiros, para "descargarse" o desgastarse y enfermarse en la actividad. Es indispensable tomar clara conciencia de que la riqueza espiritual se alimenta de ambas maneras, y por lo tanto es necesario procurar al mismo tiempo crecer en ambas dimensiones.

Por ejemplo: si en la íntima contemplación nos hemos detenido en la Palabra de Dios, no dejamos de encontrarnos con ella cuando la predicamos. Más bien, en la predicación, nuestro encuentro con la Palabra se abre a nuevas dimensiones, se manifiesta, se amplía y se concreta produciendo un fruto maduro. Igualmente, cuando un sacerdote contempla el misterio de la gracia en la oración, no abandona esa contemplación cuando va a bautizar o a administrar la reconciliación, sino que en la misma celebración de los sacramentos concreta, profundiza e inserta el fruto de su oración en la historia; así la contemplación se enriquece y alcanza su plenitud.

Cuando la actividad y las relaciones no tienen espiritualidad

Digamos también que hay actividades que no santifican, que no cualquier actividad es expresión y alimento de la espiritualidad. Una acción evangelizadora realizada para obtener prestigio, gloria personal o para dominar y aprovecharse de otros, no es, evidentemente, un dinamismo espiritual.

Sólo es realmente espiritualidad, una actividad que esté motivada e impulsada por el amor a Dios y al prójimo. El crecimiento espiritual supone que la persona viva ya en la gracia santificante y, por lo tanto, su existencia esté marcada por el dinamismo de la caridad, que motiva y provoca actos generosos, sinceramente fraternos, gratuitos, impregnados de confianza en Dios y de auténtica misericordia.

Cuando alguien advierte que su vida se ha empobrecido, que ha perdido gozo y entusiasmo, que se ha apagado el fervor espiritual y el dinamismo evangelizador, no basta aumentar el tiempo de oración personal y los actos piadosos privados. Es indispensable, al mismo tiempo, revisar el modo en que se está viviendo la actividad, pues, tal vez, el problema radique en la falta de "calidad espiritual" de la acción. Será la manera más certera de renacer espiritualmente en una crisis para una verdadera curación del corazón.

Esto vale también para las crisis comunitarias: en estas situaciones no basta crear estructuras que favorezcan la comunión, ni tampoco que cada uno de los miembros rece más. Es necesario promover y alimentar una "espiritualidad" de la comunión que se viva en el encuentro concreto de unos con otros… ¿pero qué es esta espiritualidad de la comunión?, ¿es algo más que los actos interiores de amor al prójimo…? En realidad es algo intermedio entre la espiritualidad vivida en la solitaria relación con Dios y las estructuras comunitarias externas. Se trata del dinamismo del Espíritu que no se agota en la íntima relación con Dios, sino que impregna el modo de relacionarse con los demás. Esto produce un estilo que marca el mundo concreto de las relaciones humanas y no sólo las actitudes internas hacia los demás.

Para ejemplificar las características de este estilo, donde se conectan lo interno con lo externo, podemos retomar algunas expresiones de Juan Pablo II: es la "capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como ‘uno que me pertenece’, para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad" (Novo Milenio Ineunte, 43). También "es saber ‘dar espacio’ al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cfr. Gál 6, 2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias" (Novo Milenio Ineunte, 43).

En el desarrollo de este "estilo espiritual" de relaciones, la acción del Espíritu en lo íntimo de los corazones se derrama hacia el mundo externo y se convierte en el "alma" de los instrumentos externos de comunión. De otro modo, sólo serían máscaras de comunión y expresiones externas carentes de "espiritualidad".

Pbro Dr. Víctor M. Fernández


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