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jueves, 3 de octubre de 2013

El Papa dialoga con Scalfari sobre la fe


El fundador del periódico "Repubblica" había publicado dos cartas sobre la encíclica "Lumen Fidei". Bergoglio le ha respondido
Andrea Tornielli
Ciudad del Vaticano

«Estimadísimo Doctor Scalfari...». Así empieza la inédita y excepcional carta que el Pontífice ha enviado al fundador del periódico italiano "Repubblica"

Este último en dos ocasiones se había dirigido directamente a Francisco para plantearle algunas preguntas sobre la fe, sobre Jesús, sobre el perdón de los pecados de los que no creen, sobre las diferencias entre el cristianismo y las demás religiones, a partir de la encíclica "Lumen Fidei". Bergoglio decidió responderle con una larga carta personal, hoy publicada por el periódico en primera plana.

El Papa recuerda que el diálogo «sincero y riguroso» con los que no creen es uno de los objetivos de la encíclica comenzada por Ratzinger y acabada por su sucesor. Un diálogo «necesario y precioso» que, explica el Papa, no es «un accesorio secundario de la existencia del creyente: es, en cambio, una expresión íntima e indispensable».

Justamente en la encíclica se lee que «la verdad de un amor no se impone con la violencia, no aplasta a la persona. Naciendo del amor puede llegar al corazón, al centro personal de cada hombre. Se ve claro así que la fe no es intransigente, sino que crece en la convivencia que respeta al otro. El creyente no es arrogante; al contrario, la verdad le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos pone en camino y hace posible el testimonio y el diálogo con todos».

Francisco explicó a Scalfari que «sin la Iglesia, "créame", no habría podido encontrar a Jesús, aún con la consciencia de aquel inmenso don que "la fe ha custodiado en los frágiles vasos de arcilla de nuestra humanidad"». Y es justamente a partir de esta «personal experiencia de fe vivida en la Iglesia que me encuentro a gusto escuchando sus preguntas y tratando, junto a usted, las vías a lo largo de las que tal vez podamos comenzar a caminar juntos por un trecho».

El Papa insistió en la importancia de la historicidad de los Evangelios y de la divinidad de Jesús, que se manifiesta en el Calvario. Justamente sobre la Cruz, explica el Papa «¡Jesús se muestra, paradójicamente, como el Hijo de Dios! Hijo de un Dios que es  amor y que quiere, con todo su ser, que el hombre, cada hombre, se descubra y viva también como su verdadero hijo. Esto, para la fe cristiana, certifica el hecho de que Jesús resucitó: no para traer el triunfo sobre quien le ha rechazado, sino para demostrar que el amor de Dios es más fuerte que la muerte, el perdón de Dios es más fuerte que cualquier pecado y que vale la pena dar la propia vida, hasta el fondo, para testimoniar este inmenso don».

«La fe cristiana cree esto: que Jesús es el Hijo de Dios que ha venido a dar su vida para abrir a todos», y la encarnación «es el eje de la salvación. Porque la encarnación, es decir el hecho de que el Hijo de Dios haya venido a nuestra carne y haya compartido alegrías y dolores, victorias y derrotas de nuestra existencia, hasta el grito en la cruz, viviendo cada cosa en el amor y en la fidelidad al "Abba", es el testimonio del increíble amor que Dios tiene por cada hombre, el valor inestimable que le reconoce. Cada uno de nosotros, por elllo, ha sido llamado a hacer suya la mirada y la elección de amor de Jesús, a entrar en su forma de ser, de pensar y de actuar».

Un pasaje de la carta está dedicado a los judíos: «Lo  que puedo decir, con el apóstol Pablo, es que nunca ha disminuido la fidelidad de Dios hacia la alianza estrechada con Israel y que, a través de las terribles pruebas de estos siglos, los judíos han conservado su fe en Dios. Y nunca estaremos suficientemente agracedidos para con ellos, como Iglesia, pero también como humanidad».

Con respecto a la pregunta de Scalfari sobre si el Dios de los cristianos perdona a los que no creen y a los que no buscan la fe, el Papa dice: «la cuestión para los que no creen en Dios radica en el obedecer la propia consciencia. El pecado, incluso para los que no tienen fe, existe cuando se va en contra de la consciencia. Escuchar y obedecerla significa, de hecho, decidir frente a lo que se percibe como bien o como mal. Y sobre esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestras acciones».

Y sobre la idea de que «no existe nada absoluto y por lo tanto tampoco ninguna verdad absoluta, sino una serie de verdades relativas y subjetivas», Francisco responde: «Para empezar, yo no hablaría, ni siquiera para los que creen, de verdad absoluta, en el sentido de que lo absoluto es lo que no está vinculado, es decir lo que es anterior a cualquier relación. Entonces, la verdad según la fe cristiana es el amor de Dios por nosotros en Jesús. Cristo. Así pues, ¡la verdad es una relación! Tan es así que cada uno de nosotros acoge la verdad y la expresa a partir de sí, de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc. Esto no significa que la verdad sea variable y subjetiva, todo lo contrario. Significa que la verdad se da a nosotros siempre y solamente como un camino y una vida».

«En otras palabras -continúa el Papa-, la verdad, al ser en definitiva un todo con el amor, exige la humildad y la apertura para ser buscada, acogida y expresada. Por lo que hay que entender bien los términos y, tal vez, para salir de los callejones de una contraposición… absoluta, replantear profundamente la cuestión».

Para concluir, Francisco, después de haber definido sus palabras como una «respuesta tentativa y provisional, pero sincera y con confianza», en la que invitó a «recorrer un trecho del camino juntos», concluyó garantizando a Scalfari que «la Iglesia, créame, a pesar de todas las lentitudes, las infidelidades, los errores y los pecados que puede haber cometido y puede todavía cometer en los que la componen, no tiene otro sentido ni fin si no el de vivir y ofrecer testimoniar a Jesús».

miércoles, 4 de agosto de 2010

Día del Párroco a la luz de Aparecida


El Documento de Aparecida nos dice que los Párrocos son esencialmente animadores de una comunidad de discípulos misioneros. El tan difícil momento que nos toca vivir, con grandes desafíos, crisis de valores y de identidad, los Párrocos tienen una misión sumamente difícil pero a la vez apasionante como es, adaptar la parroquia para que siga siendo un lugar de encuentro para todos.

Pero para lograr este objetivo, la parroquia requiere de una renovación que exige de los párrocos y sacerdotes que lo acompañan, actitudes nuevas.

Aparecida en su art. 201 señala que " La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia. Pero, al mismo tiempo, debe ser un ardoroso misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración".

¿Cuántas veces nos encontramos con algunos párrocos que comenzaron a ejercer su ministerio enamorados de su misión pero luego los vimos sumergirse en las tareas propias de un administrador?

¿Y qué hacemos los laicos?.

Aparecida en su artículo 202 señala justamente cuál es nuestra función: "Pero, sin duda, no basta la entrega generosa del sacerdote y de las comunidades de religiosos. Se requiere que todos los laicos se sientan corresponsables en la formación de los discípulos y en la misión. Esto supone que los párrocos sean promotores y animadores de la diversidad misionera y que dediquen tiempo generosamente al sacramento de la reconciliación. Una parroquia renovada multiplica las personas que prestan servicios y acrecienta los ministerios. Igualmente, en este campo, se requiere imaginación para encontrar respuesta a los muchos y siempre cambiantes desafíos que plantea la realidad, exigiendo nuevos servicios y ministerios. La integración de todos ellos en la unidad de un único proyecto evangelizador es esencial para asegurar una comunión misionera.

Una parroquia es una comunidad de discípulos misioneros que requiere la superación de cualquier clase de burocracia. Son muchas las tareas que los párrocos pueden delegar en los laicos como discípulos misioneros, simplemente deben confiar y hacer crecer ese fermento que llevamos cada uno en nuestro ser animados por una espiritualidad de comunión misionera que conduzca a toda la comunidad a ser medios de expresión y crecimiento para llegar a todos, especialmente a los alejados.

Hoy también, en una sociedad que se encuentra en plena tarea de cuidar y fortalecer el matrimonio y la familia, el Párroco tiene una gran responsabilidad, la de reconocer a la familia como la primera y más básica comunidad eclesial, en la cual se viven y transmiten los valores fundamentales de la vida cristiana ya que habrán de reconocer que en este sentido, la familia encuentra bastantes dificultades y la Parroquia no sólo debe llegar a sujetos aislados, sino a la vida de todas las familias, para fortalecer su dimensión misionera. El Párroco deberá ser capaz de poner a disposición de las familias, todos los recursos y personas capaces de animar una verdadera, adecuada y ardorosa Pastoral Familiar.

Para concluir con esta reflexión, valen las palabras que pronunció el Arzobispo de Buenos Aires, Mons. Jorge M. Bergoglio al clero de San Isidro sobre la tarea de los Presbíteros a la luz de Aparecida,

"Siguiendo el Documento de Aparecida sobresalen tres categorías a tener en cuenta para la vida y el trabajo del sacerdote en la ciudad: encuentro, acompañamiento, y fermento. El presbítero, hombre que sale al encuentro, que acompaña y que es fermento (con sus cualidades de ver lo íntegro en lo fragmentado y de un modo de actuar más propositivo que impositivo).

Las tres categorías suponen cercanía, projimidad, salir de sí ... dicho en lenguaje simplificado: salir a la calle, salir al encuentro; lo cual no quita la necesidad del repliegue existencial y espiritual hacia el otro encuentro, el que está en la base, el encuentro con Jesucristo para discipularse, dejarse acompañar y recibir del Espíritu la gracia de dejarse integrar en la Iglesia".
San Isidro, 18 de mayo de 2010

¡Feliz día del Párroco y que el Espíritu Santo los siga iluminando para llevar adelante la tarea de ser el Buen Pastor para todos!

Texto: María Inés Maceratesi

Foto: En el día del Párroco, un testigo verdadero discípulo misionero de Jesucristo: Padre José María Di Paola (Padre Pepe), Párroco de la Villa 21, integrante del Equipo de Sacerdotes para las villas de emergencia, luchador incansable contra la droga y la pobreza.