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jueves, 13 de enero de 2011

La caída del padre en la sociedad de los vínculos rotos



¿La muerte de los límites?
por Dario Dejesús
Psicólogo

Hay una ruptura entre el padre y los hijos, es el origen de la decadencia cultural, de una caída que marca nuestra relación con el medio ambiente, con el otro y perpetúa el derrumbe de las instituciones en una crueldad enfermiza. Qué lleva a inventar un padre, desde los hijos, para instrumentar un incapaz que pueda reconciliarse con la cultura. Es ahí en donde Homero, el personaje de Los Simpson, nos dice todo sobre la cultura. No es papá, es sólo Homero, “casi un par”.

Destruir una ley es destruir un poder para que se distribuya otro tipo de saber. El circo de la puesta en escena de un agrupamiento sin fraternidad. El discurso de una aldea global.

El universo de imágenes profana cualquier tipo de deidad paterna estableciendo una posición desde lo netamente imaginario. Por eso, es coherente vivenciar una sociedad del espectáculo y una sociedad voyerista. Se descarna la ley del padre para que sea una ley totalmente inmaterial, sólo imagen, desde los referentes de la transitoriedad. Personajes que nos personifican y representan una posibilidad. Figuras de barro que se desacreditan y denigran la viabilidad de un adulto emocionalmente maduro.

La identificación permite la internalización de la prohibición. ¿Con quién se identifica el niño, el adolescente del siglo 21?

La sociedad provee de ideales que sirven de punto de referencia para una identidad social que propulsa al individuo a una función social. Con este proceso de crisis en la subjetividad, podemos entender por qué la sociedad está produciendo jóvenes sin responsabilidad, apáticos o violentos. Una modalidad corrosiva de recrear sujetos enajenados, extranjeros de su propio espíritu. Extraños a sí mismos.

El cambio es el mejor aliado en esta sociedad sin sustancias que puedan posibilitar la necesidad de la discontinuidad como razón para una argumentación del resentido. No sólo aparece el sinsentido como valor: hay tantos programas de televisión que hablan de banalidades que son importantes. Nos está colonizando la economía de la pobreza de mensajes. La elocuencia ha desaparecido, y lo chabacano se derrama en todos los medios de difusión masiva.

El hijo se transforma en el responsable de ser hijo. ¿Qué futuro padre será este hijo? Más allá de que se constituya una sociedad incestuosa, con nada prohibitivo que pueda atravesarlo, ante la ausencia de una ley que asuma la autoridad de mayor jerarquía, se funde todo en una política de igualdad.

Junto con la no aceptación de la ley, se produce la caída de cualquier autoridad. No pueden existir certezas, convicciones ni estructuras. La muerte del padre, la imposibilidad de la ley, la no internalización de la ley. La imposibilidad de los límites.

Como cristianos, debemos hacer una reflexión acción, posicionarnos con otra postura frente a la vida. Debemos navegar, como padres, en el océano de la disconformidad que pueden manifestar nuestros hijos, porque nosotros sí queremos ser sus padres; y sabemos que un no a tiempo es saludable.

Soportarnos nosotros mismos en el lugar de padres, lo suficientemente padres, lo necesariamente padres. No compinches, ni amigos. Diferentes, pero cercanos. Amigables. No hay reglas fijas para todas las familias, pero la clave radica en encontrar el punto intermedio entre autoritarismo y permisividad.

Cuando los padres ceden continuamente ante los hijos, éstos no suelen interiorizar el significado de frustración y desconocen cómo enfrentarse a los problemas. Por el contrario, cuando se imponen demasiadas reglas, se corre el riesgo de que los hijos crezcan inseguros y con una personalidad dependiente.

Asimismo, en el dilema de cruce de épocas, nos encontramos con adultos que siguen siendo los hijos obedientes al antiguo autoritarismo de sus padres, que los ha llevado, como disyuntiva no resuelta, a ser padres permisivos, porque no han elaborado su proceso de independencia y siguen cautivos de su padre autoritario.

Por ello, ha de evitarse tanto una conformidad excesiva, como priorizar una relación basada en conductas extremadamente correctivas. Porque nosotros elegimos traerlos a este mundo y que sean parte de un futuro en donde puedan crecer como ciudadanos nobles y al servicio de un Bien Mayor. Porque nosotros no queremos que sean idiotas útiles, que sólo ingieran sin metabolizar los mensajes. Que no se sientan satisfechos con la miseria que pretenden trasmitir como educación. La deformación del sentido, el descreimiento de las instituciones, la destrucción de lo religioso. Queremos que nuestros hijos apuesten a una trascendencia. A valores superiores que la trivialidad.

Bienvenidos al heroico desafío de ser padres en el siglo 21. Pido a Dios que nos ilumine para honrar, con verdadera autoridad, el maravilloso rol de ser padres.

Fuente: San Pablo
Comentario y opinión
Buenísimo artículo que sintetiza lo que nos está pasando a nivel familiar y social. Ya Jaime Barylko había abordado el tema en su libro "El miedo a los hijos" en el que describe esta situación en la que están inmersos muchos padres. Recuerdo que hace poco tiempo asistí a un Congreso Latinoamericano sobre Familia y uno de los expositores destacó que el mayor escollo que hoy tenemos en la mayoría de las sociedades -especialmente las latinoamericanas - es la ausencia del rol paterno, ya ni siquiera se hablaba de padre y madre sino que se asumía que la madre era la que tenía todo el protagonismo y responsabilidad en la educación de sus hijos y, en muchos casos, la que facilitaba que los límites se desdibujaran. Se planteaba que la solución -al menos parcial- pasaba por un ordenamiento de roles y una distribución de permisos y no permisos distribuida y acordada previamente por ambos progenitores. Si queremos volver a tener una sociedad sana y adulta habrá que comenzar por admitir que el padre es muy importante y cumple funciones educativas que no puede suplir la madre. Pero en un mundo donde la igualdad de los sexos se toma ligeramente sin medir las consecuencias que acarrea, se hace un poco difícil la propuesta. En una realidad como la que hoy nos quieren imponer de que la sexualidad se construye, muy poco importante será quien cumple un rol definido. Pero que los niños necesitan un padre hombre y una madre mujer, que me disculpen los que no opinan igual, pero yo no dudo que así debe ser para crecer en salud.
María Inés Maceratesi

jueves, 16 de septiembre de 2010

El juego en el niño


Una necesidad y un derecho a la vida
por Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación

El juego constituye, en los niños, una actividad vital. Sin jugar, las personas dejan espacios y tiempos, en sus infancias, que nunca podrán llenar, con la posibilidad cierta de construir personalidades inestables y neuróticas. El desarrollo histórico social de los hombres y las mujeres está íntimamente ligado al juego.

El niño que crece en un entorno lúdico, de juegos y juguetes: adquiere una mayor capacidad para el aprendizaje y, en consecuencia, un mejor desarrollo evolutivo; asienta la base de las destrezas que desplegará y aplicará posteriormente en la vida adulta; aprende a conocer y comprender el mundo que lo rodea y la forma en que puede interactuar con él.

En el juego, se involucra todo, cuerpo, mente, afecto y emociones. Así, el niño puede mostrar lo que mantiene oculto, hacer activo lo que, a veces, sufre pasivamente. Poner de manifiesto tanto lo placentero como lo doloroso.

Dentro de las posibilidades de la familia, compartir sus juegos es una manera de obtener información de cómo enfrenta diferentes situaciones de vida. El no jugar de un niño nos pone sobre la pista de que algo está sucediendo, ya que no se puede concebir una infancia sin juego.

Todos los niños tienen derecho a jugar, y los adultos deben posibilitarle el ejercicio de ese derecho. En la elección de sus primeros juguetes y en el juego con sus hijos, los padres ya están educándolos, transmitiéndoles valores éticos, morales y estéticos.

“Si se desea conocer a los niños −su mundo consciente e inconsciente−, es necesario comprender sus juegos; observando éstos descubrimos sus adquisiciones evolutivas, sus inquietudes, sus miedos, aquellas necesidades y deseos que no pueden expresar con palabras y que encuentran salida a través del juego” (Psicología: Ayuda a las personas). Freud, en Más allá del principio del placer, sostuvo que el juego le sirve al niño para repetir las experiencias que lo impresionaron, logrando, así, una "necesaria" descarga energética, que le permita regresar al estado de equilibrio psíquico.

Cada tipo de juego es una oportunidad de aprendizaje para los niños. Desde bebé, el sacudir, golpear, por ejemplo, un sonajero, entiende que una acción provoca una reacción, en este caso, un sonido o que el objeto se mueva.

A medida que va creciendo, al manipular juguetes, desarrolla habilidades motoras finas y mejora la coordinación ojo-mano.

El juego dramático o teatral, disfrazarse de superhéroe, o de mamá o papá, ofrece a los niños el progreso en aptitudes lingüísticas como así también la oportunidad de ser creativos y de interactuar con otros niños. El jugar implica tanto un momento de recreación, como un tiempo y un espacio de socialización.

El juego entraña un gran poder socializante, porque ayuda a respetar reglas para aprender a compartir, mantener una convivencia pacífica y cuidar su ambiente.

El juego espontáneo y libre favorece la maduración y el pensamiento creativo. Todos los niños son creativos. Pueden expresar aquello que ven, sienten, oyen y piensan; la autoexpresión puede orientar al niño a encontrar su propio estilo único.

¿Qué es jugar para el niño/niña? Es ser y hacer. Ser en cuanto a expresarse, a vivir experiencias placenteras volcando, en ellas, sus estados emocionales, carencias, frustraciones. Es el lenguaje propio del niño/a con el que se relaciona con su medio y facilita la formación del colectivo infantil.

Hacer en cuanto a las acciones que se realizan durante el juego sin un fin específico, para vincularse, para explorar, para manipular infundiendo significado e intencionalidad a la actividad lúdica.

Es conocer el ambiente e integrarse en la realidad circundante. Es expresar y compartir, es decir en acciones y, luego, verbalizando lo interno. Es participar en intereses comunes promoviendo la interacción con los otros. El juego proporciona placer, felicidad al niño/a, consolidando un mundo diferente del de la realidad objetiva, tomando elementos de ésta, pero transformándolos.

A través del juego, el niño/a se prepara para la vida futura, al alcanzar metas, siente satisfacción, descarga energías y consigue alivio a sus frustraciones” (Lic. Lucía Retamal Castro, Edufuturo.com).

La mayoría de los niños, en la actualidad, acceden rápidamente a una "cultura de los medios digitales", a las “bondades” alucinatorias de los juegos en el ciberespacio. Ameritan un serio debate los efectos que ocasiona su práctica entre las familias y profesionales, dado que, de hecho, no podemos hablar de juego según la manera clásica en que lo estamos tratando.

Es imprescindible que los padres sean conscientes de la importancia del juego en la vida del niño y no lo vean sólo como una actividad recreativa, sino como una impronta de aprendizaje natural.

El temor a la inseguridad no debe ser una razón para que los niños no jueguen. El Estado deberá generar espacios adecuados y propicios para jugar, sin olvidar que el hogar es el primer lugar de actividad lúdica.

El hombre sólo es verdaderamente humano cuando juega (F. Schiller).

Fuente: San Pablo on Line

lunes, 14 de septiembre de 2009

Saber escuchar activamente


Una manera de favorecer las intercomunicaciones

¿Quién no ha dicho, alguna vez, frente a un intercambio de ideas: “lo que pasa es que no me estás escuchando”? ¿Quién no ha recibido esto como sentencia?Saber escuchar no es fácil, y no todos escuchan. A lo sumo, oyen. ¿Eres uno de ellos?

Entre el oír y el escuchar, la diferencia reside en la intención. El primero sucede independientemente de nuestra voluntad, no así el segundo, que encierra una intencionalidad.

La buena comunicación, la comunicación positiva, la sana comunicación entre dos o más personas demanda la escucha activa. No de uno, sino de todos los involucrados.

Existen diferentes tipos de escucha que dependen de la atención que se presta a quien comunica. Ésta puede ser apreciativa, cuando se escucha sin poner atención. Oyendo más por obligación que por convicción. Cuando se atiende sólo a una parte del mensaje; aquélla que la persona considera más importante es la escucha selectiva. Si se centra más en el fondo que en la forma se habla de una escucha discernitiva.

Al separar la emoción de la información que se recibe, el tipo de escucha se vuelve analítica. Mediante la escucha empática, interpretamos el mensaje a través del mundo del emisor.

Por último, la escucha activa.La escucha activa forma parte de técnicas para una comunicación eficaz. Debemos tener presente que la eficacia difiere de la eficiencia en el sentido de que la eficiencia hace referencia a la mejor utilización de los recursos, en tanto que el ser eficaz apunta a la capacidad para alcanzar un objetivo. La meta aquí sería escuchar y comprender la comunicación desde el punto de vista del que habla. Esto exige un esfuerzo mayor que el que se hace cuando se habla.

La escucha activa es la habilidad de escuchar no sólo lo que la persona está expresando directamente, sino también los sentimientos, ideas o pensamientos que subyacen a lo que se está diciendo. Es captar, en lo verbal y en lo no verbal, también aquello que no se está diciendo.

La escucha activa implica adueñarse de la totalidad del mensaje e interpretarlo desde el punto de vista de nuestro interlocutor.“La escucha activa requiere un disciplinado esfuerzo para silenciar toda esta conversación interna, mientras tratamos de escuchar a otro ser humano. Requiere un sacrificio, el máximo esfuerzo por nuestra parte, para bloquear un ruido y entrar realmente en el mundo del otro, aunque sólo sea por unos minutos.

La escucha activa consiste en tratar de ver las cosas como el que habla las ve, y tratar de sentir las cosas como el que las habla las siente. Esta identificación con el que habla tiene que ver con la empatía y requiere un esfuerzo más que considerable” (James Hunter, La Paradoja).Sin lugar a dudas, la escucha activa debe convertirse en un hábito positivo.

Este tipo de escucha se aprende y, para aprender, se debe tener disposición. Este entrenamiento permitirá conseguir un grado de empatía con el otro para hacerle saber que se es capaz de ponerse en su lugar, sin que esto signifique aceptar o estar de acuerdo con lo que expresa.

Frases del tipo “entiendo lo que dices”, mostrarán esta actitud.Consecuentemente, el interlocutor adquirirá la confianza necesaria para un sinceramiento, además de sentirse valorado, facilitando, así, que se eliminen tensiones.Esto es muy importante en ambientes laborales, donde el estrés se está transformando en el obstáculo principal de las comunicaciones.

Ángel Antonio Marcuello García, jefe del Gabinete de Psicología de la Escuela de Especialidades Antonio de Escaño (Ferrol-La Coruña), aconseja que, para obtener una buena escucha activa, debe evitarse:

• Distraerse. Alimentar constantemente la atención

• No interrumpir al que habla.

• No juzgar.

• No ofrecer ayuda o soluciones prematuras.

• No rechazar lo que el otro esté sintiendo, por ejemplo: "no te preocupes, eso no es nada".

• No contar "tu historia", cuando el otro necesita hablarte.

• No contraargumentar. Por ejemplo: el otro dice "me siento mal", y tú respondes "yo también".

• Evitar el "síndrome del experto": ya tienes las respuestas al problema de la otra persona, antes, incluso, de que te haya contado la mitad.

Queda más que claro que el escuchar no es algo pasivo. La escucha consciente no sólo proporciona beneficios a quien habla, sino también a quien escucha. En primer lugar, se capta toda la información sin ningún tipo de rechazo, y es, por excelencia, la escucha que espera el otro. Esto hace que una persona sea el centro de atención y confidente de muchas otras personas. Favorece las relaciones positivas, al llegar al fondo de los conflictos y las crisis; otorga seguridad, ya que los interlocutores perciben que sus mensajes han sido comprendidos perfectamente. Por sobre todo, provoca respeto tanto en uno como en otro, que es la base de una convivencia asertiva y de una sociedad que acepta la diversidad.
por Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
Fuente: Revista San Pablo on line

jueves, 21 de mayo de 2009

La familia hoy: ¿crisis o diversidad? Tipos de familia (2a. Parte)



Como he comentado en el artículo anterior, en la actualidad, la familia es un sistema dinámico sujeto a múltiples transformaciones. Nuevas técnicas de reproducción asistida, avances científicos en esta especialidad, alquiler de vientres determinan nuevos principios/fundamentos que difieren del modelo familiar tradicional. Los casados en nueva unión y las uniones de hecho generan nuevas formas de convivencia.

En su libro La familia del anciano 1, el doctor Claudio C. García Pintos clasifica a la familia en dos grandes sistemas: maduros e inmaduros. Esta diferenciación parte de la armonía o no de los vínculos que se entretejen en su seno. Algunos autores las denominan familias funcionales y disfuncionales.Para el Dr. Pintos, los sistemas familiares maduros son aquéllos que reconocen una cierta estabilidad emocional como para asumir conflictos y crisis, y buscan una solución, apelando a sus propios recursos. La armonía es la resultante de una integración funcional y afectiva, de sus miembros, que implica estabilidad.

La familia normal representa este sistema. “En este caso, señalo como ‘normal’ la cualidad de aquel sistema en el cual los miembros son independientes, pero interdependientes autónomos en lo personal, pero comprometidos en las circunstancias de los otros. Están vinculados a través de lazos de reciprocidad.”

En la otra punta del péndulo, se encuentran los sistemas familiares inmaduros donde cada miembro piensa y actúa en función de sus propios deseos y necesidades, en menoscabo de los intereses del grupo. Esto acarrea como secuela escasas posibilidades de resolución de conflictos adecuadamente, relaciones de rivalidad y egoísmo. Una crisis no se vive como “crisis del grupo familiar”, sino como crisis del integrante que la padece. Siempre aparece “un alguien” emergente del conflicto.

El Dr. García Pintos concibe esta subclasificación desde el abordaje que realiza la familia con respecto a sus miembros más ancianos. De cualquier manera, nos resulta útil para apreciar diferentes dinamismos que ocurren en las familias. Es así que se manifiestan las de tipo clan, abandónicas, sobreprotectoras y distantes.

En las primeras, de tipo clan, se organizan alrededor, generalmente, de una de las figuras parentales. Ya sea el padre o la madre. Actúan rígidamente sin la posibilidad de independencia entre sus miembros, los cuales son fagocitados por el propio clan. Nunca logran hallar soluciones positivas a sus conflictos, porque se preocupan más de la subsistencia del clan que del bienestar de sus miembros.
En las abandónicas, sus integrantes “viven intensamente sumergidos en sus intereses y actividades dejando de lado al grupo familiar, el cual, podría decirse, queda emocionalmente estéril”. No existen lazos de pertenencia, y lo paradójico es que, sin depender de nadie, son “demandantes insatisfechos”. No cuentan con recursos afectivos y emocionales para responder a estas demandas entre sí.

La diferencia entre las distantes y las abandónicas se basa en la fachada. Las primeras reflejan serenidad, producto de una actitud de intelectualización e inhibición de lo afectivo. La racionalización es el camino para resolver su conflictiva interna o explicar sus vínculos.

Por último, las sobreprotectoras son las más comunes en nuestras sociedades. Lo interesante de estos grupos es que, a pesar de demostrar excesivo interés y preocupación hacia sus miembros, los moviliza el rechazo. Este rechazo les genera culpa, entonces, elaboran una actitud sobreprotectora como reparación o compensación. Esta posición es asfixiante para sus miembros. Los padres retardan la madurez de sus hijos, no permitiéndoles desarrollarse ni alcanzar su independencia.

Para completar las familias disfuncionales, citaremos a la familia permisiva. En este tipo de familia, los padres son incapaces de proporcionar a sus hijos una educación basada en la no realización inmediata de los deseos y de impartirles reglas de sana convivencia. Con la excusa de no ser autoritarios, de querer razonarlo todo y no provocar conductas que los frustren, dan libertad, a los hijos, para hacer todo lo que quieran. No fijan límites. Los roles padre e hijo no son cumplidos ni delimitados, creándose, así, una suerte de intercambio confuso. Los hijos suelen ser más padres que los propios padres. Normalmente, las familias disfuncionales son inestables, lo cual origina, en los hijos, sentimientos de inseguridad, desconfianza con gran dificultad para dar y recibir afecto. Se vuelven adultos pasivos-dependientes, incapaces de expresar sus necesidades y, por lo tanto, frustrados y llenos de culpa. Al no lograr expresar sus sentimientos hostiles, guardan siempre una actitud de rencor frente al mundo.

Algunos autores clasifican a las familias según su organización familiar y parentesco. En primer lugar, mencionan a la familia nuclear o elemental, como la unidad familiar básica que se compone de esposo (padre), esposa (madre) e hijos (de descendencia biológica o adoptados). La familia nuclear es el paradigma de las clases medias en las grandes ciudades.

La extensa o consanguínea constituida por más de una unidad nuclear, asentada en los vínculos de sangre de una gran cantidad de personas, incluyendo a los padres, niños, abuelos, tíos, tías, sobrinos, primos y demás. La monoparental, compuesta por uno de los padres y sus hijos. Ésta puede presentar diversos orígenes: ya sea porque los padres se han divorciado, y los hijos viven con uno de ellos, por lo general, la madre; por un embarazo precoz donde se configura otro tipo de familia dentro de la mencionada: la familia de madre soltera; o por el fallecimiento de uno de los cónyuges.

La familia de padres separados: donde los padres ya no son pareja, pero deben seguir cumpliendo su rol ante los hijos, por muy lejos que éstos se encuentren. “En cuanto a los hijos, como la unión entre los padres les otorga seguridad y confianza, muchas veces, rechazan la ruptura, y ésta les causa un hondo y prolongado sufrimiento. Pero si con la separación se disipa el clima de tensión o de abierta pelea, los padres tienen la posibilidad de entablar con sus hijos una relación más íntima y afectuosa, de guiarlos con mano más firme y segura y de fijarles límites más claros. Los padres podrán dejar de vivir juntos, pero siguen siendo padres para siempre” (Dr. Eduardo José‚ Cárdenas, ex juez de familia).

Para terminar, hago mías estas palabras: “Creo que para todos es claro, o debería serlo, que el amor es un valor fundamental para la familia. La familia es la escuela del amor, donde primero aprendemos a amar de pequeños; y de este aprendizaje primario del amor, muchas veces, dependerá de que, más adelante en nuestra vida, nuestro amor sea completo, íntegro, y enriquecedor. Si no hay amor en la familia, ¿en dónde lo habrá?”(1)

(1) http://www.churchforum.org/amor-como-valor-familia.htm

por Joaquín Rocha Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación
Fuente: San Pablo on Line

La familia hoy: ¿crisis o diversidad? (1a Parte)

Definir hoy a la familia no es una tarea fácil. Los cambios constantes y abruptos de la sociedad la han convertido en un ícono interesante de develar, aunque no se discute que constituya un núcleo indispensable para el desarrollo de un individuo, para su supervivencia, maduración y para su crecimiento como persona.
La mayoría de los estudiosos plantea la familia como la estructura social básica, el tipo de comunidad perfecta donde convergen todos los aspectos de la sociedad: económicos, culturales, jurídicos, políticos, etc. A lo largo del tiempo, esta convergencia le ha otorgado una dinámica y un desplazamiento, logrando que la frase “la familia no es lo que era” cobrara realidad.

Para comprender qué es la familia hoy, debemos realizar un rastreo socio-histórico, sin invadir el terreno de los sociólogos. Una familia se construye con el encuentro y la relación entre un hombre y una mujer que quieren unirse, en un proyecto de vida común, mediante el afecto, del cual surgirán, después, los hijos. Aquí aparece una de las primeras funciones que se ha mantenido a través de la historia y en todas las sociedades: la reproducción.

Cuando un individuo nace, la familia lo provee no sólo de los cuidados primarios, como alimento y casa, sino de amor, atención y respeto, enseñándole a sociabilizarse y adquirir autonomía e identidad propia. El seno familiar debe ser el principal refugio para una persona, debe ser el lugar donde reciba el apoyo y la ayuda en los momentos de crisis. Sin embargo, el desequilibrio social que se vive hoy repercute en la familia, con la consecuencia inmediata del no cumplimiento adecuado de sus funciones, ya sea de cara a sus miembros o de cara a la sociedad. Esto deriva en una serie de conflictos como el abandono de los hijos, el maltrato, desarraigo, la no trasmisión de pautas culturales y ausencia de hábitos adecuados.

En cada familia, los miembros deben cumplir roles específicos, no intercambiables. Un hijo no debe ejercer el papel de padre, como un padre no puede ocupar el lugar del hijo. Si bien debe existir siempre una vinculación íntima y permanente, los progenitores son los encargados de la crianza y manutención biológica y psicológica de los hijos. Es interesante la descripción que hace Jorge Bucay, en su libro El Camino del Encuentro, sobre el vínculo que une a padres e hijos: “Todos tratamos a nuestros hijos de la misma manera, con el mismo amor y, a veces, tristemente, con el mismo desamor que tenemos por nosotros mismos. Alguien que se trata bien a sí mismo podrá tratar muy bien a sus hijos.
Alguien que se maltrata va a terminar maltratando a sus hijos. Y posiblemente, alguien que viva abandonándose a sí mismo, será capaz de abandonar a un hijo porque no hay otra posibilidad más que hacerles a nuestros hijos lo mismo que nos hacemos a nosotros. Como hijos de nuestros padres, nosotros no sentimos que ellos sean una prolongación nuestra, y de hecho no lo son. Mis hijos son para mí un pedazo de mi vida, y por eso los amo incondicionalmente, pero yo no lo soy para ellos. La sensación de pertenencia y de incondicionalidad es de los padres para con los hijos, pero de ninguna manera de los hijos para con los padres”.

Saber cuál es el rol que le corresponde al padre y a la madre resulta de suma importancia. Se pueden compartir actividades culturales, deportivas, de entretenimiento con los hijos, como discutir ideas y noticias, pero siempre desde el lugar de padres y no como “un amigo más”. Es necesario, para la conservación de la integridad de la familia y de sus miembros, poner límites, expresar valores y fijar posiciones claras, las negociables y las no negociables, siempre dentro de un marco de diálogo, de comprensión y entendimiento.

Sin lugar a dudas, la familia es el lugar insustituible para formar a una persona, para configurar y desarrollar su individualidad y originalidad.

Por: Joaquín Rocha. Psicólogo Especialista en Educación para la Comunicación
Fuente: San Pablo on Line

jueves, 19 de marzo de 2009

Síndrome del nido vacío


La familia no es algo inerte, cumple con diferentes etapas evolutivas. Cada una de ellas la llevarán a construir lazos más fuertes y amorosos.

Una de esas etapas cobra una cierta singularidad, y los psicólogos han denominado síndrome del nido vacío: acontece cuando los hijos se emancipan y abandonan el hogar. Debido a que se trata de un diagnóstico clínico-médico o psicológico, es difícil encontrar estadísticas acerca de cuántas personas lo experimentan.

No es fácil vivir la experiencia de un hijo que parte. En la ausencia, se generan sentimientos de extrañeza, nostalgia, soledad, pérdida. Si bien es una crisis personal, que puede provocar fatiga, problemas sexuales, ansiedad, desinterés por las actividades cotidianas, este síndrome se origina, generalmente, en padres que hicieron de la familia el centro de su vida, restándole dedicación, durante esos años, a la pareja o a sus propios proyectos.

La mayoría de los autores que han tratado de explicar este síndrome han impreso sobre él una carga negativa. Se habla de la posibilidad de desarrollo de una depresión, un trastorno afectivo enmascarado, de características depresivas, donde reinan los sentimientos de tristeza y de pérdida.

Se manifiesta, más comúnmente, en las madres, encargadas de velar por el hogar y la familia, postergando sus intereses en bien de los demás. Ellas sienten el vacío del nido como un vacío en su identidad. Los padres no están exentos de vivirlo, dado que los roles familiares clásicos, hoy son funcionales, como consecuencia de los cambios sociales, laborales y culturales. El riesgo se incrementa cuando coincide la emancipación de sus hijos con la jubilación laboral. Tanto las unas como los otros deben reconocer que están experimentando una pérdida y que es normal que esto duela. Hacer un duelo por la familia que fue implica un montante de angustia por los lazos que se modifican.

Además de protegerse mutuamente y proporcionarse un hogar, el gran desafió que enfrentan las familias es el de soltar, dejar en libertad… La gran tarea, en todas las fases de crecimiento familiar, es ante todo, para los padres, la de desprenderse” (La Aventura de la Vida, Anselm Grün - Magdalena Bogner, Editorial San Pablo, 2008).

“Es una forma de pérdida real," dice Sandy Wasserman, coautora, con Lauren Schaffer, de 133 Maneras de Evitar Ser el Cuco Cuando sus Hijos Vuelan del Nido. Sostienen que la cantidad de tiempo que usted invierte en la relación con los hijos es proporcional a la cantidad de sufrimiento una vez que ellos se van.

Una buena salida pasa por la prevención, o sea, preparase para cuando los hijos “vuelen”.

El “nido vació” constituye un drama, si los padres no toman conciencia de que esto puede ser el inicio de una nueva y maravillosa forma de relación, mucho más profunda e intensa. Para ello, resulta necesario empezar a elaborar proyectos propios, sin esperar que sus hijos cubran los vacíos afectivos.

Ante todo, habrá que acomodarse a la nueva situación. Todo vuelve a ser de dos, como en el principio, cuando recién empezaban a soñar con la construcción de una familia. El bullicio de los hijos ahora se convierte en silencio que debe aprovecharse para un reencuentro.

Se dispone de más tiempo para disfrutar de una mayor libertad y para revitalizar, en todo sentido, a la pareja: por ejemplo, redescubrir los intereses en común, buscar una renovada intimidad sin el temor a ser interrumpidos.

Muchas son las parejas que sienten temor frente a esta nueva etapa. Magdalena Bogner, en el libro ya citado arriba, afirma: El amor entre dos personas siempre está marcado por la necesidad de protección por un lado y de libertad, por otro. Ambas cosas son necesarias para avanzar con confianza en la vida en común que han emprendido. La tensión entre la capacidad de respetar el modo de ser del otro alegrándose por su búsqueda y su crecimiento, y la amorosa preocupación por su bienestar determina la convivencia. En toda familia, debe mantenerse y cumplirse.

A buen entendedor sobran las palabras. Depende de cada uno hacer del nido vacío un lugar de felicidad.
Por Joaquín Rocha
Psicólogo- Especialista en Educación para la Comunicación
Fuente: San Pablo on Line

jueves, 5 de febrero de 2009

Mala comunicación, causa de conflictos en la pareja


La toma de decisiones constituye una de las fuentes de conflicto importantes en la pareja, ya que, para esto, es necesario que se establezca una estructura de poder que puede ser, según los casos, más o menos democrática. De algún modo, marca cuánta consideración se tiene por el otro; quién ejerce el dominio y quién la sumisión. Si se toma la pareja como una unidad, ésta debería ser equilibrada: todas las tareas, decisiones y labores que se realizan deben repartirse en forma equitativa. La pareja no debe hacer de la relación una lucha de poder y control, porque se provoca, así, un círculo de competencia que dificulta la convivencia. Las consecuencias son: el rencor, la envidia, la frustración y la búsqueda de la derrota de ese otro a quien se dice amar.

La mayor parte de las veces el conflicto es causado por una falta de comunicación de parte de uno o de los dos miembros que configuran la pareja. Siempre es importante recordar que una buena comunicación es la base de una relación de pareja satisfactoria. El conflicto aparece cuando esa comunicación es negativa, a la cual se responde, a menudo, con otro mensaje negativo, que conforma una espiral de incomprensión que puede desatar tanto violencia física como verbal.
Se torna imprescindible hacer consciente el modo en que se emite algo que deseamos que el otro recepcione. El cómo lo recibe y el contenido de ese mensaje son fundamentales. La manera en que decimos las cosas adquiere una connotación emocional según cada sexo. Una escucha activa contribuye a una mejor decodificación. Nada más efectivo para destruir una pareja que los mensajes poco claros para que el otro no sepa cómo actuar (“ya sabes lo que tienes que hacer”… “anda, después no digas que no te avise”…).

Cada miembro de la pareja, frente a un problema, reacciona de forma diferente. Unos guardaran silencio, utilizando una comunicación no verbal, otros tienen la necesidad de hablar. Las parejas en conflicto solamente reparan en las conductas negativas del otro y tienden a no ver o a disminuir el valor de las conductas positivas. La famosa imagen de no poder visualizar la parte medio llena del vaso.

Una baja autoestima y autodesvalorización, en uno de los miembros de la pareja, genera, casi siempre, desconfianza y celos, ejerciendo un exceso de control. Se manipula e invade el espacio personal del otro. Surge, de inmediato, un sentimiento de coerción y ahogo del que se desea escapar.

La inseguridad, el miedo o la angustia, ante lo que puede estar haciendo o pensando la pareja, origina ansiedad, depresión y persecuciones, que terminan por destruir la pareja. Cuando una persona no se sostiene a sí misma, busca que el otro la sostenga, que sea su punto de apoyo y, en su afán imperioso de poseerlo, lo transforma en un objeto.

En la pareja, se debe aceptar que la vida es únicamente responsabilidad de cada uno. La felicidad se construye de a dos, y no se debe esperar que el otro haga todo.

Cada uno debe madurar y no pretender que el otro le solucione todos sus problemas o le marque pautas de cómo debe vivir.

Ambos deben consensuar para elegir un espacio vital común que se convierta en “lo nuestro”.

Se debe aprender a pedir. Nada mejor, para iniciar un conflicto, que reclamarle al otro algo que sabe que no va a poder dar. La imagen es “pedir peras al olmo”.

Compartir la economía, definir bien los roles de cada uno dentro de la casa permite sostener lazos de unión y evitar asperezas y roces que ocasionan discusiones violentas.

Cuando ocurre una situación que no resulta de agrado para alguno de los dos, lo más acertado es conversar sobre ella en el momento. Decir lo que hay que decir en el momento que hay que decirlo ayuda a una mejor comunicación.

El cuidado y el trabajo de todos estos aspectos pueden servir de gran ayuda para encontrar un método para superar las dificultades.

Estar atento a las conductas que suscitan descontento y angustia en el otro; sacar la mirada sobre el otro y dirigirla hacia uno, admitiendo lo que cada uno aporta al conflicto. Poder hacer esto es haber conseguido el cincuenta por ciento de la solución.
por Joaquín Rocha Psicólogo especialista en Educación para laComunicación
Fuente: San Pablo on Line

viernes, 12 de diciembre de 2008

Navidad: Unión o disgregación familiar


Por Joaquín Rocha
Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación

Nadie puede negar que la Navidad, amén de ser una de las más importantes fiestas de la cristiandad, moviliza a las personas tanto psicológica como socialmente. Las vínculos familiares no se ubican fuera de estas condiciones, de modo que llevan a convertir las fiestas, de paz y amor, en un tiempo y un espacio de desarmonías y discusiones.

La familia es una estructura social básica y, como tal, debe cumplir con ciertas funciones para que sus miembros se relacionen entre sí: función económica, educativa, cultural y afectiva, entre otras. Constituye un sistema donde el mal funcionamiento de una de estas variables incide, directa o indirectamente, en las demás.

De la misma manera, se supone que, cuando algo afecta a uno de sus miembros, afecta también al resto. La realidad nos dice que esto no ocurre siempre así. Los lazos familiares conforman una construcción cultural que, a menudo, no está acompañada por lo afectivo. No existe la familia modelo. Cada familia es como es, y esto responde a sus propias circunstancias y a como cada individualidad encaja o desencaja en el grupo.

La Navidad, vivida desde la obligación, sirve para revivir ciertos litigios que se instauraron en la infancia. Desafectos, baja autoestima, desvalorizaciones, competencias fraternarles, generadas por las figuras parentales, hacen su aparición desde el niño interno de cada persona. No son los adultos los que discuten, sino las rivalidades infantiles nacidas, a veces, de la fuente de frustración de los padres.

Para afianzar las expresiones comunicacionales positivas en la familia, es necesario que cada persona se sienta a gusto con sus vínculos y, así, pueda alimentar una buena autoestima y adquirir seguridad. Las reuniones familiares, sea cual sea el motivo de la celebración, ponen en juego todas estas mezquindades.

La mayoría se manejan desde la hipocresía y desde un deber ser impuesto culturalmente. Muchas familias que, durante largos períodos, no se vinculan toman la Navidad como un espacio de encuentro, pero no como un momento para reconciliarse con sus propias incongruencias ni con las ajenas. Entonces, revisten a la fiesta de un cierto halo de falsedad, rigidez y resistencia, provocando una “enquistación” de los conflictos

En otras familias no sucede lo mismo, ya que mantienen lazos emocionales generalmente estables y sólidos, sobre todo cuando se plantean situaciones de discrepancia. Los conflictos son, para estas familias, un medio para que sus integrantes crezcan y maduren. Por lo tanto, la Navidad será vivida como una fiesta de la familia. Una fiesta donde las demandas afectivas no interferirán en dónde, cómo y con quién se va a festejar y compartir. La Navidad no puede solucionar aquello que los integrantes de una familia no han sabido o no desean solucionar.

Fuente: San Pablo Revista on line

lunes, 10 de noviembre de 2008

Dependencia emocional, una mirada desde la Psicología


Todos los seres humanos necesitamos amar y ser amados aunque muchas veces, los vínculos que entablamos nos acarrean conflictos y sufrimiento. Debido a la necesidad imperiosa que tenemos de amor nos vamos haciendo dependientes desde pequeños. Todos los seres humanos queremos ser libres y no es posible pensar en que alguien no quiera vivir sobre esta tierra con libertad. Pero lo cierto es que muchos vivimos aprisionados y con ataduras de toda índole; así los problemas psicológicos, la infelicidad, la insatisfacción, son manifestaciones y consecuencias de no vivir libremente, al menos emocionalmente. Lo más triste es que algunos ni siquiera nos damos cuenta de que esas ataduras, muchas veces son fabricadas por nosotros mismos y que el miedo nos impide encontrar la manera de librarnos de ellas.

Así vamos buscando diferentes medios para salir de un estado de perplejidad y sin sentido, buscando en la psicología la respuesta a nuestras necesidades. La educación que hemos recibido y aún siguen recibiendo las nuevas generaciones se basa en el conformismo, y casi todo lo que se aprende debe ser aceptado verticalmente, de manera colectiva y sin tener la oportunidad de desarrollar la capacidad perceptiva, reflexiva, investigativa y sensitiva. Lo que más a menudo comprobamos es que la educación, aún hoy, fomenta la acumulación de conocimientos alejados de la realidad, incentivando simplemente el amoldamiento, la imitación, la comparación competitiva, dejando a un lado lo propio de la naturaleza de cada uno, su propia creatividad y su potencial humano.

La sociedad actual está habitada por muchas personas que han recibido una educación en la que no se acostumbraba a cuestionar lo establecido y que se regía por creencias que lo único que hacían era fomentar la dependencia a algo o a alguien. La carencia de pasión, la apatía, el vacío emocional y espiritual, la depresión, son su resultado.

En algunas culturas suelen predominar las conductas imitativas y las personas prefieren vivir con verdades prestadas en lugar de explorar en las honduras de su interioridad para encontrar la verdad.

Deberíamos preguntarnos por qué la familia y la escuela no facilitan a los niños el camino hacia un despertar de la conciencia en lugar de acallarla y adormecerla. Así sería posible desarrollar la capacidad de abrir la mente y el corazón y disponerlos a abrirse a los demás, comprenderse y comprenderlos, respetando la vida y creciendo hasta convertirse en persona maduras y sanas, capaces de dar sentido a su vida asumiendo su identidad, condición imprescindible para no caer en las enfermedades y sufrimientos que acarrean el hecho de no saber quiénes somos ni para qué vivimos o, lo que es igual, presos de miedos e inseguridades que conducen a la dependencia y producen una lucha feroz por alcanzar la aprobación de los demás.

La autoestima es una condición que no han alcanzado muchos adultos pero, a pesar de eso, sí han alcanzado logros de tipo social, económico o intelectual y, en el fondo, siguen siendo niños dependientes que únicamente se preocupan por mostrarse tal como se espera de ellos, tratando de demostrar sus rendimientos y el éxito con que se mueven en la vida buscando reconocimiento y notoriedad. En realidad lo que evidencian estas personas es una gran debilidad y una carencia de personalidad que los impulsa a apoyarse en cosas exteriores (grupos, status, bienes materiales, líderes religiosos, etc).

Quienes han crecido en medio de un contexto de desatención, hipocresía o autoritarismo como también de desvalorización o desprecio, están heridos en su integridad y, al no conocer otra realidad o por estar acostumbrados a ese entorno, repiten esas situaciones y se vinculan de manera enferma, estableciendo relaciones complicadas que los atan a situaciones similares a las ya vividas, en las cuales muchas veces lo que predomina es el desamor, la desconfianza, los celos enfermizos, la dominación y la posesión, bloqueando el crecimiento y desarrollo personal necesario para una vida plena.

En un estado de este tipo los vínculos quedan atados y atrapados en una especie de dependencia infantil entre los miembros de una misma familia, negando y manteniendo bajo control las inseguridades y temores mutuos, sin advertir que toda relación que limita acciones, sentimientos o pensamientos propios, concluye en la dependencia que deriva en el aislamiento y el autoencierro, dado que el producto de la dependencia es la negación de una verdadera relación.
Pero todos los seres humanos podemos cambiar de vida y adquirir la madurez psicológica que otorga confianza y seguridad. Todos los seres humanos son capaces de asumir su vida y descubrir la posibilidad de amar por elección.

Esta reflexión partía del hecho de que todos los seres humanos necesitamos amar y ser amados. La pregunta sería entonces ahora ¿y qué es el amor?; ya que circulan muchos conceptos falsos respecto del mismo, inclusive se ha llegado a creer que la dependencia es amor, pero no lo es, como tampoco es amor la posesión, la dominación, el miedo y la desconfianza.

Por el contrario, quien ama y ha recibido amor a lo largo de su existencia, es capaz de ser libre y de otorgar libertad, el amor es donación mutua entre dos personas que se eligen para caminar juntos por la vida, creciendo, madurando y completándose mutuamente. Fomentar la autonomía desestimando la dependencia emocional es la muestra más acabada y contundente de amor que podemos ofrecer pero, nadie da de lo que no tiene, de ahí que si cada persona goza de autonomía y seguridad será capaz de entablar vínculos maduros en los que la dependencia y la dominación estarán ausentes y se dará paso al amor que nos hace libres.

María Inés Maceratesi

Bibliografía:
La dependencia emocional
Ángela Sannuti (Buenos Aires)

sábado, 13 de septiembre de 2008

De la disculpa a la responsabilidad

Entrevista al Dr. Claudio García Pintos
Por Joaquín Rocha Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación

Claudio García Pintos es Doctor en psicología por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA) y autor de numerosos libros sobre logoterapia*

En unos de tus escritos afirmas que “morir es obligatorio, pero ¿cómo hacerlo?... ¿es optativo?”
El hombre pudo optar siempre, en toda cultura. Lo que pasa es que hay momentos culturales que logran confundirlo tanto que lo llevan a abandonar ese privilegio de la opción. Le hacen creer que está optando cuando en realidad está cerrando los ojos y sigue obedientemente el mandato cultural vigente.

En la actualidad lo vemos en muchos ejemplos. Ante la disyuntiva “valores o bienes” el hombre no duda en volcarse a los “bienes”, y lo hace muchas veces creyendo que es una opción genuina cuando en realidad es la fuerza del imperativo social. Hacerlo por los valores es ser tonto. La picardía o “viveza criolla” en lugar de la inteligencia, la honestidad y el trabajo. Otro ejemplo claro lo tenemos con el concepto de mujer.

¿Qué es ser mujer hoy? Cómo saberlo si uno de programas de televisión abierta más visto invita a “sacá la perra”, “sacá la zorra que tenés dentro”… Entonces ser mujer es igual a ser prostituta… Cuando una muchacha se muestra como mujer, ¿está eligiendo cómo ser mujer o se rinde ante el imperativo cultural vigente? El hombre siempre pudo y podrá elegir, pero la cultura no siempre se lo facilita o lo promueve. Así esté entre la “espada y la pared” y crea que no puede elegir, siempre podrá optar por volcarse contra la pared y morir como un cobarde o hacerlo sobre la espada y morir como un valiente.

¿Es lo que Víktor Frankl llama capacidad de oposición?
Así es. Desde lo etimológico “oposición” significa “tomar posición” (o-ponerse). Siempre somos puestos en determinada posición, pudiendo elegir u optar por quedarnos allí o modificarla. Vivir tiene que ver con la facultad del hombre para decidir, tomar posición, oponerse ante las cosas que le pasan. ¿Qué hacer entonces para salir adelante? Tenemos dos posibilidades o posturas para discernir: sobrevivir o tratar de superarlas.

La primera postura se basa en la disposición de soportar y resistir asumiendo una postura de victima sosteniendo con esfuerzo y sacrificio lo que acontece. De alguna manera es responsabilizar a algún otro, ya sea Dios u otras personas, de lo que nos pasa.

Por otro lado asumir la capacidad de oponerse a lo que sucede, implica asumir la propia responsabilidad ante el hecho y la innata posibilidad de optar por aquel camino que más nos acerque al camino elegido.

Por ejemplo, cuando recibo un diagnostico que no esperaba, oponerme no significa devolverle el diagnóstico al médico y decirle “no quiero tener cáncer, me opongo, déme otro diagnóstico”, sino decidir cómo voy a vivir mi vida, ahora, a partir de saber que tengo cáncer. Eso es “oponerme”.
Simone de Beauvoir ha dicho que cada persona envejece de acuerdo a como ha vivido yo agrego cada uno muere de acuerdo ha como ha vivido.

¿Cuál es el papel que juega el psicoterapeuta en este asumir la propia responsabilidad?
En esto, la relación terapéutica, adquiere una tonalidad muy especial. Se inserta en el grupo de aquellas relaciones de ayuda, asumiendo sus propias características entre todas ellas.

El psicoterapeuta debe actuar ayudando, promoviendo “la conciencia del deber” y no la “conciencia de la obligación”. La conciencia de obligación significa hacer aquello que no puedo dejar de hacer, impuesto por una ley externa que me lo impone. La conciencia del deber es cumplir con uno mismo, con una especie de “ley interna”, no un mandato, sino una profunda vocación personal que me lleva a ser yo mismo, la mejor versión de mí mismo. El psicoterapeuta es, entonces, un FACILITADOR. No en el sentido de hacerle las cosas más fáciles al paciente sino en el de "proveer" (facilitar). Como terapeuta debe tratar de proveerle los medios para que pueda conectarse con su deber ser y desarrolle su "conciencia del deber" para garantizar su cumplimiento, para seguir su orientación.

Cada terapeuta debe contestarse esta pregunta: “¿Quién cura y quien sana?” y así salvaguardarse de la omnipotencia. No debemos cerrar respuestas sino abrir caminos. El curar es un proceso o procedimiento que se origina y dirige de afuera hacia adentro. Es ordenado y conducido por un tercero (el médico o el terapeuta), quien asume el rol de agente y se sostiene o desarrolla respecto del individuo, quien asume el rol de paciente. Este acto de curar se complementa necesariamente con el de "sanar", que como proceso y respecto del individuo enfermo, se produce y concreta de adentro hacia afuera. En este caso, es ordenado y conducido por el propio individuo quien termina siendo, entonces, el agente y paciente del mismo proceso.

El acento está mucho más puesto sobre el vínculo terapeuta paciente.
Siempre le digo a mis alumnos que lo cura es el vínculo.
Este paradigma del “yo te cuido más tú te sanas”, presenta un doble beneficio: por un lado, el desarrollo a pleno de la humanidad posible del otro, lo que conducirá a ser más “uno mismo”, y, por otro lado, si la “cura” no fuera posible, siempre existe la posibilidad de reconfortarlo al otro en su sufrimiento. Cuando la terapia no puede curar, por lo menos debe reconfortar al que sufre; no deja de ser útil cuando no puede curar, deja de serlo cuando no puede acompañar y sostener al otro en su sufrimiento. Nuestro trabajo nos otorga la maravillosa posibilidad de ser espectadores del más glorioso espectáculo: un hombre que, con los genuinos recursos de su humanidad, se pone de pie ante la adversidad de algunas circunstancias de vida. ¿No es ese privilegio suficiente, como para que aspiremos, además, a ser hacedores del milagro?
Toda terapia, en el fondo y en última instancia, es un análisis existencial.

Lo que queda claro es el ser humano esta llamado a redimir su existencia y hacer de ella una historia con significado…
El hombre es un ser en tránsito. Es un peregrino en búsqueda del cumplimiento de su existencia como hombre. Llegar a ser “lo mas hombre posible”, lograr la “mejor versión de si mismo”. Cuando se desvía del camino, cuando no puede o no sabe peregrinar se coloca en situación de deambulante. O sea, aquel que camina sin rumbo o destino.

Mitad peregrinando, mitad deambulando, todos estamos llamados a cumplir con una tarea. Nuestra existencia espera una obra. Tenemos la oportunidad de hacer de nuestra historia una biografía significativa, única, personal y singular.
La opción está. Solo debemos tomarla.

*Claudio García Pintos es doctor en Psicología (UCA). Profesor titular en las carreras de Psicología, Psicopedagogía y Lenguas (UCA). Director del CLAE (Centro de Logoterapia y Análisis Existencial de la UCA).
Director de Cavef (Cátedra Abierta Víktor Frankl).
Creador y director de “Aulas3 Viktor Frankl”.
Director de IDPa (Instituto para el Desarrollo de la Persona, de la Fundación gestión y Desarrollo).
Autor de Cita a Ciegas, La familia del anciano también necesita sentido, La logoterapia en cuentos publicados por Editorial SAN PABLO y otros
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Fuente: San Pablo

miércoles, 21 de mayo de 2008

Redescubriendo el amor que libera

El desafío de armonizar las diferentes concepciones que proponen los especialistas.


La psicología desde siempre ha reducido, casi exclusivamente, el tema del amor a la relación hombre-mujer, o terapeuta-paciente, viendo en esto una reedición, en la edad adulta, de la primerísima relación emotiva profunda: aquella entre la madre y el niño. Relación que, según muchos psicólogos, condiciona las relaciones afectivas de toda nuestra existencia.

Personalmente, en cambio, estoy convencido de que ha llegado el momento de considerar el amor en psicología como libertad y no como dependencia. No se trata de estar apegado a alguien para amarlo, sino, sobre todo, de ser libres para amar a alguien.

Desde este punto de vista, ¿de qué amor se trata? Es un amor que libera, porque no nos hace sentir prisioneros o sofocados. Es un amor que cuando más se comparte con otras personas más se multiplica, no es exclusivo. Es un amor inteligente, que conoce a fondo al otro, que es clarividente, que no piensa sólo en el placer del aquí y del ahora, sino que se interesa genuinamente por lo que es mejor para el otro.

Es un amor capaz de decir “no” y ser firme en ciertas decisiones…pero es creativo, capaz de inventar nuevas situaciones, nuevas maneras de estar juntos y de entrar en relación con los otros. En cambio, en nuestra época hay una banalización y una despersonalización del amor.

Muchos hemos “desaprendido” a amar y esto sucede porque, a medida que nuestra sociedad ha liberado la sexualidad, ésta ha terminado por reprimir el eros. De hecho, muchos interpretan que el eros es sinónimo de sexualidad. En cambio son dos cosas distintas. La sexualidad es una necesidad, en cambio el eros es una emoción. Por lo tanto, puede existir sexualidad sin eros, es decir, sin pasión.

En el eros la intimidad se vuelve tal que nuestros límites deben ceder, tenemos que dejarlos desaparecer para fundirnos con el otro. Pero esto, muchas veces, provoca miedo, porque es demasiado intenso: en el fondo es una muerte de la individualidad y muchos la temen. Entonces sucede que toda o casi toda la atención se transfiere al sexo que, no obstante, resulta empobrecido, porque se ignoran, desconocen o reprimen muchos sentimientos importantes, como por ejemplo, la ternura y el entusiasmo. Una actitud tal lleva a la despersonalización y a la banalización del amor.

A finales de los sesenta, el psicólogo Rollo May afirmaba que existen varias formas de amor: philiá (amistad, amor fraterno), eros, y ágape (amor altruista o espiritual). El verdadero amor, el integrado, debería llegar a armonizar estas tres dimensiones y no limitarse solamente a una de ellas.

Autor: Pascual Ionata

lunes, 28 de enero de 2008

Pareja estable, una difícil tarea a emprender

A pesar de que en el verano aumentan las posibilidades de entablar nuevas amistades y también de que florezcan los amores, a los jóvenes les resulta difícil formar una pareja estable. Especialistas consultados por LA NACION coincidieron en relacionar esta realidad con la prolongación de la adolescencia, la resistencia al compromiso y el miedo a perder la libertad. "Hoy en día, la dificultad para construir una relación de pareja está teñida por algunas características de la cultura de la inmediatez y de la satisfacción inmediata, en la que las personas se convierten en objetos de consumo", dijo el escritor, periodista y psicólogo Sergio Sinay, especialista en vínculos humanos y psicología masculina. "La dificultad para conseguir pareja tiene que ver con un tema de maduración, ya que las personas se comprometen en la medida en que maduran", agregó. Además explicó que, "a partir de los 30, comienza el momento de definir qué tipo de vida uno elige o quiere, y con quién deseará estar acompañado."

Un problema que afecta a los jóvenes de entre 30 y 40 años
Especialistas lo asocian con la prolongación de la adolescencia, la inmadurez y el miedo al compromiso
LANACION.com Ciencia/Salud Sábado 26 de enero de 2008

jueves, 23 de agosto de 2007

La comunicación no verbal. El cuerpo no miente

No podemos negar que la mayor parte de la comunicación interpersonal está compuesta por mensajes no verbales y que cada conducta no verbal está ineludiblemente asociada al conjunto de lo que la persona quiere comunicar. El principal actor es el cuerpo y más allá de éste, el esquema corporal. Estamos hablando de la imagen que cada uno tiene de sí mismo.

Esta imagen corporal es la representación mental que cada uno tiene de los diversos componentes del cuerpo y de sus estados y posibilidades. Es interiorizar, tener una imagen visual, mental o memorística del cuerpo. Es una estructura móvil que se construye en la interrelación con el mundo, lo cual le da características de modificable a través del proceso evolutivo de un individuo y variando según las circunstancias. De esta manera, la imagen que tenemos de nuestro cuerpo es una estructura social internalizada.

Cuando hablamos de cuerpo no sólo nos estamos refiriendo a lo biológico sino a la persona misma como una totalidad integrada. Es al decir de Merleau Ponty el-vehículo-del-ser-en-el-mundo. Lo queramos o no, nuestro cuerpo transmite mensajes permanentemente y, a menudo, contradice lo que están diciendo nuestras palabras. "El problema del esquema está relacionado con la metacomunicación o comunicación no verbal, corporal. Es decir que la comunicación es el mensaje de lo que se comunica, y la metacomunicación el cómo se comunica, en la que el cuerpo va a jugar un rol importante, ya que puede decir una cosa con toda amabilidad, y tener una actitud agresiva corporal, o viceversa." (Dr. Enrique Pichon Riviere, 1966).

Todo nuestro cuerpo habla en todo momento. Estos mensajes son percibidos por los demás -aunque sea de manera inconsciente- y condicionan su relación de comunicación con nosotros. El lenguaje del cuerpo tiene su "palabra" en la comunicación no verbal. Esta surge con los inicios de la especie humana antes de la evolución del lenguaje propiamente dicho. Es un modo menos estructurado y de más difícil interpretación, siendo una parte esencial de la comunicación dado que, muchas veces, es el vehículo para muchas transacciones humanas fundamentales que el discurso solo no puede comunicar.

El investigador Albert Mehrabian descompuso en porcentajes el impacto de un mensaje: 7% es verbal, 38% vocal (tono, matices y otras características) y un 55% señales y gestos. El componente verbal se utiliza para comunicar información y el no verbal para comunicar estados y actitudes personales. Afirma que en una conversación cara a cara el componente verbal es un 35% y más del 65% es comunicación no verbal.

No se necesita ser un erudito en la materia para comprender el significado de ciertas miradas y gestos. Lo que sí se debe tener en cuenta es que cada comportamiento no verbal está ineludiblemente asociado al conjunto de la comunicación de la persona. Necesita ser congruente con la comunicación verbal y viceversa, para que la comunicación total resulte comprensible y sincera y, por último, la necesidad de situar a cada comportamiento no verbal en su contexto comunicacional. Cada gesto debe leerse en su contexto, porque puede significar cosas muy distintas según cuándo, dónde y cómo se produzca.

Cuando se toma conciencia del tema, muchos son los que se creen capacitados de interpretar cada gesto para obtener pistas sobre las conductas de los otros. Se debe tener en claro que siempre existe la tendencia a ver lo que queremos ver o lo que nos interesa. En la comunicación no verbal no hay verdades absolutas. Que alguien nos mire directamente a los ojos no siempre significa que no está mintiendo, al igual que frotarse las manos sea signo de impaciencia o nerviosismo.
Un mismo gesto puede tener significado diferente según el lugar del mundo donde estemos. La mayoría de los gestos y movimientos corporales que utilizamos cotidianamente son internalizados del entorno donde hemos ido creciendo. La cultura que nos rodea es de gran importancia en el lenguaje corporal. También el entorno familiar tiene una clara influencia en nuestro comportamiento y en nuestra manera de "hablar con el cuerpo". Según el profesor de Psicología de la Universidad Médica de California, Paul Ekman, "todos los pueblos coinciden en el uso de los mismos gestos faciales básicos para expresar la alegría, la rabia, el desprecio, el interés, la sorpresa, la vergüenza, el miedo, la ira, el asco y la tristeza. Sin embargo, en culturas diferentes, también hay sistemas no verbales distintos".

Lo que es indiscutible es que la comunicación no verbal sea posible de manipular por el individuo al contrario que con la verbal, ya que el lenguaje corporal proporciona una gran cantidad de información sobre el carácter y las emociones inconscientes. Expresa el estado anímico, los sentimientos, la personalidad enviando continuos mensajes que pueden delatar, en algunos casos, una contradicción entre su intención real y la percepción que puede tener la persona o personas con las que están interactuando.

"La comunicación no verbal es altamente reveladora y podemos destacar cuatro factores clave. Las cualidades no verbales de la voz (vocalizaciones, risas, gruñidos, bostezos, silencios momentáneos o pausas repentinas,…); la forma en que las personas utilizan el espacio para hablar; el movimiento corporal y la fisiognomía del rostro en busca de claves que expliquen nuestra forma de comportarnos. Todos estos factores están fuertemente entrelazados, aunque es importante matizar que el contexto es fundamental para entender una situación correctamente." (Antoni Gutiérrez-Rubí, asesor de comunicación).

No cabe duda que el cuerpo habla en silencio. La mayoría de los expertos en comunicación no verbal afirman que las emociones se expresan mejor sin palabras. Se habla un lenguaje más sincero que los labios. Tanto psicólogos como sociólogos coinciden que es inútil que un individuo trate de ocultar sus intenciones. Con las miradas, posturas y gestos dice más de él mismo que con un discurso.

Todo el mundo puede entrenarse fácilmente en el análisis de los gestos de los demás. Sin embargo, el lenguaje del cuerpo no es un medio mágico para filtrarse en la mente de los otros.

Joaquín Rocha Psicólogo especialista en Educación para la Comunicación Revista On Line de la Editorial San Pablo